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Edad 30

April 3, 2005

Ernesto, muchas felicidades.

El año pasado, Luis se compró un Jetta azul metálico con los estímulos económicos de sendos premios nacionales de dramaturgia. Cuando lo conocí, hace cuatro años, nuestra primera conversación versó sobre la edad creativa. Entre otras cosas, lo oí decir que nunca le había creído a ningún artista mayor de 30.
Si Pitágoras no se equivoca, este año Luis tendrá que perder credibilidad para sí , suicidarse, cambiar de profesión o comerse sus palabras, una por una.
Luis no es ningún tonto. Cuando hablaba de ser menor de 30 pensaba en los compromisos que se adquieren cuando, al final de la adolescencia, hay que plantearse cómo diablos se le hará para comer, vestir y coger al menos otros 40 años, en caso de que el cuerpo aguante.
A los treinta, la propia muerte se empieza a ver menos lejana. El tiempo sufre un efecto elástico, se percibe a conveniencia.
Los cuarentones se ven jóvenes y uno mismo es un chiquillo.
El Jetta (y todas su tenencias, sus lavadas, sus pensiones) nos rondan irremediablemente por la cabeza. No por vanidad, pensamos, sino por “necesidad”.
Amor es una vieja palabra que entendemos acompañados, pero también solos.
El circo es un lugar al que ya no tenemos tiempo de ir; el cine y la música, lugares de los que no saldríamos a no ser por esa chamba que hay que terminar.
Es un estúpido cliché, pero sólo porque no conocemos los detalles.
A mi me encanta pensar que seré vieja como lo es David Bowie o como lo fue Bukowski. Pero eso también es un estúpido lugar común porque la fé en mis ídolos obstaculiza el deleite de mi propias arrugas, amasadas por lo que me toque vivir a mí y a nadie más.
Ahora, un año después de ese voluptuoso trago de realidad apantalladora que significa cumplir treinta, me dió por recobrar estos personajes:

-Charlie Brown, Lucy, Sally, Schroeder, Linus, Snoopy. Jugaban al béisbol, tocaban el piano, se aferraban a sus frazadas. Veían llover y llenaban sus platos de esa lluvia. Ellos sí que sabían ser atemporales.