
José José
December 19, 2005Es decir, su chamba la hacía yo.
Cuando hubo que organizar el concierto de fin de año en el Zócalo, mi consigna fue conectar al príncipe de la canción y asegurarme de que nada le faltara en el camerino. No recuerdo cuántas, pero le conseguimos una gran cantidad de botellas de alcohol de importación con puritito presupuesto federal. Oh si señor y qué. Algunas botellas se las agenciaron mi jefe y el jefe de mi jefe. Tal como se agenciaban partidas enteras para financiar sus coches, sus pedas, sus “secretarias” aviadoras que no se presentaban a trabajar pero que cumplían con prestar nalguita de vez en cuando.
Igual nadie se enteraba. La minuta del presupuesto decía “verbena popular navideña: abarrotes”. Eran tiempos de Oscar Espinoza Villarreal, uno de los regentes más corruptos que ocuparon ese puesto jamás. Tiempos de altos funcionarios, nada de instituto de transparencia, tiempos del régimen priísta, el mismo que inventó el año de Hidalgo: chingue-su-madre-el-que-deje-algo.
(A veces me pregunto en qué hemos cambiado. En nada, creo. Como nuestro preciso no es pedote sino mandilón, en lugar de botellas compra toallas, pero al final es la misma gata).
Decía que el mero día, José José tuvo que estacionar su auto blindado en Bellas Artes y como cualquier hijo de vecino llegar caminando por la calle Madero. Se hacía paso contra la mar de gente al resguardo de unos 10 guardaespaldas bien gordos y medio chaparros que repartían codazos a diestra y siniestra, mientras lanzaba besos y se abrazaba él mismo, como abrazando a todos. Su nariz de borracho bonachón resplandecía debajo de unos ojillos tristes. El pobre venía medio empanizado por los huevazos de harina. “Es él, es él”, decían las señoras y agregaban lo usual “¿A poco? Yo pensé que era más alto”, “Qué señorón” ta tat a guirirgú.
A mí me tocaba recibirlo con una toalla (no sé para qué) y darle la bienvenida a un restaurante debajo de los arcos que se había habilitado como camerino. Cuando el barullo se apagó, José José me pidió que me echara una con él. Y yo, pues, me la eché. Como buen alcohólico, el cabrón era encantador. Por unos minutos fuimos cuates, José José y yo. Platicamos de todo y de nada, pero sobre todo nos reímos muchísimo. Yo lo hice reír, creo, porque estaba nerviosa y es cuando me sale el payaso. Para la segunda “copa” (el cantante hizo que me abrieran el cognac más caro de la caja) ya éramos cuates cuates; carnalitos como sólo se puede ser en la peda. Luego lo llamaron y cantó y mandó besitos a su madre –todavía vivía su madre–. Igual dedicó canciones a señoras con delantal lleno de masa de nixtamal que a Oscar Espinoza y a su prole de minifuncionarios importantes.
Yo me quedé detrás del escenario y de vez en cuando le acercaba una toalla que nunca usó.
Doce años más tarde, me entero que este 24 de diciembre, José José brindará con agua mineral. Hay algo en mí –algo enfermo y oscuro– que lo lamenta.
Salud, Mr. José, m’anque sea con Peñafiel.