
de la serie NYC: Picasso
February 15, 2007Luego del estreno de ese huevo enorme de edificio en Manhattan, el MOMA pudo sacar de bodega casi toda su colección permanente.
Como toda buena poseedora de un portafolio Taschen comprado en Gandhi, eso fue lo primero que me lancé a ver.
Mis Hoppers, mis Jasper Johns, mis De Koonings.
Los Magrittes que ahora también los cuento como míos.
Está el banquito de Duchamp, la única obra maestra de Jackson Pollock (ok, ando de escéptica); Van Gogh, Braque, Renoir, Cézanne, Seurat, Freud, Kandinsky, Modigliani, Ernst, Brancussi, Mondrian, Gorky, Calder, Warhol, Beuys, de Chirico…
Sacié mi necesidad enciclopédica, me comí a todos a puños.
Y justo cuando pensé que ya nada podía conmoverme, oh tipa fría helada, lo ví.
Frente a las ya excepcionales Sritas. de Avignon estaba el cuadro que me llamó con la mano, frente al que dejé de ser persona. ME CONVERTÍ EN PAYASO.
Dios existió, pero tuvo una hija diseñadora de modas y murió el año en que yo nací.
No sé cuánto tiempo miré este cuadro –de hermandad, de obreros, de magos, de excesos, de sueño, de suspiros, de inconsciente, de desnutrición, de hastío, de inminencia, de adiós, de saludo, de mí, todas sus mallas de rombos hablando de mí–, seguro fue muy poco.
Velcro. Necesito ponerle velcro a mi alma.
Silly me, todavía creo en los museos.
(Lo único que siempre me causa cierto escozor, como a Woody Allen en Annie Hall, es el tipo hablando de Barthes y McLuhan; de lentes y barbita, ‘pontificando’ sus opiniones dizque al oído de la novia para que lo escuche toda la sala).
Bueno, también está la Frick Collection, que da para otro post pero si sigo hablando de museos en Manhattan voy a hacerle una muesca a mis horas de sueño.

Se te extrañaba, güera. Que bueno que aún andas acá. Besos…