Archive for May, 2007

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Sofá

May 31, 2007

Que ayer fue mi cumpleaños no importa tanto como que el martes, con toda la calma del mundo, llegué a mi sofá MI sofá después de un largo día de fingir que me gusta la oficina y que no pienso en sexo tantas veces al día como las estadísticas señalan que piensan los hombres metidos en la misma oficina; un largo día de semireírme de los chistes de todos sin reírme por dentro;  llegué a mi sofá blanco semiroído por los gatos que me alojó muy paciente durante tres horas ininterrumpidas, me alojó sin chistar, sin escupirme de sus entrañitas de borra hasta que terminé de leer un libro que debí haber leído hace tres años.

Debían darle un premio a los sofás donde puedes leer un libro sin levantarte ni una sola vez.

El libro, El Complot Mongol de Rafael Bernal, aunque necesario, divertido, todo un dulcecito para después de comer, no fue lo mejor de la experiencia. Lo mejor fue mi sofá.

***

El mismo sofá me hizo pensar en ese cuento mío que escribí cuando tenía como 20 años (no chingues, ¿por qué escribía cuentos a los 20 años?) en el que dios (bueno, nunca he podido escoger temas chiquitos) detiene el tiempo cinco segundos antes de que los niños desborden el patio de la escuela; cinco segundos se convierten en cinco minutos, cinco horas y cinco días en los que mi protagonista se entera de los planes de dios: ese día caerán bombas.

Ok, tenía veinte años.

La cosa es que mi sofá blanco fue el martes como el patio de la escuela y yo era dios, cinco segundos, cinco días antes de que en mi casa cayeran las bombas de la fiesta.

Si pudiera pedir un poder mágico me iría directo al poder de la anticipación: la capacidad para detener el tiempo unos segundos antes de la destrucción, tener el privilegio de oler el aire limpio antes de una guerra o una fiesta (que en mi libro son la misma cosa).

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Fauna

May 24, 2007

En una oficina se comparte el espacio con humanos diversos. Tan diversos que a veces se crea la ilusión de un microcosmos o, más modestamente, una cajita de Petri.
El bicho de enfrente a veces te cae mal; otras quieres aparearte con él de forma desesperada aunque no sabes qué harías después: al día siguiente volverás a verlo otras ocho horas. So much for raving desire.

(A ver quién se atreve a seguir deseando a alguien después de verlo cansado, jodido, explotado, mintiendo y esas acciones tan poco sexys que uno repite para mantener la chamba).

El mismo día concurre tu simpatía por la mujer rinoceronte que te limpia tu lugar, y la culpa de que alguien, quien sea, limpie tu lugar.

Hay una escuincla-mamá que prepara cafés en el carrito con donas de la cafetería. La escuinclita tiene un bebé enfermo de varicela y ayer se pasó ocho horas en la sala de espera del Seguro Social. Parece leve, pero sólo hay que imaginarlo en su total dimensión: un bebé de año y medio, inquieto por la comezón, con posible temperatura y una sala de espera llena de chamacos iguales.

Ocho horas ocho.

Luego me contó que no había comido. “Es que todo era muy caro…Unas donas ocho pesos ¡oye!”.

Ouch. Y yo gastándome 10.50 en un pinche capuchino. Le dejé propina. Cinco pesotes. Soy un asco.

Entré al edificio editorial con el capuchino en la mano y vi a dos personas en el chisme, mostrando sus zapatos nuevos de tacón corrido, de los que si no posees un par en esta editorial, bueno, pa que te cuento. Las dos chismosas casaderas básicamente habían bajado a ‘contonear el palmito’, diría mi mamá. (Mi mamá tenía unos dichos extraordinarios, sobre todo en lo que tocaba al imaginario femenino. Este es clásico cuando las chavas andan calientísimas y buscan mostrarse en todo su esplendor).

Entré al baño y una chava hablaba muy fuerte por teléfono. Decía ‘si güey’ ‘no güey’ ‘a poco güey’. Chillaba como zarigüeya. Del otro lado de la línea una mujer acababa de recibir EL anillo.

Me subí los pantalones pensando que en la vida de las mujeres, a pesar de los años de revolución sexual y todas esas patrañas, NO EXISTE otro anillo. Por eso no hay necesidad de preguntar ¿El anillo, cuál anillo?

Dejé el capuchino en una mesita y corrí a alcanzar la gelatina de cumpleaños de mi mejor amiga, que trabaja en ‘la revista de enfrente’. Le cantamos las mañanitas, la abrazamos. De toda la fauna de la caja de Petri de esta editorial, mi amiga es de una especie bien rara a la que yo aún no pertenezco: esa que es y deja ser.

***

ECOSFERAS

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Sé que el invento tiene 20 años , pero a mí me acaba de llegar la noticia de un “un huevo de cristal, herméticamente cerrado, donde viven unas algas, bacterias y cuatro camarones. Un mundo científicamente perfecto donde la luz ha permitido surgir la vida. Es una ecoesfera, un completo ecosistema que, tratado con ciudado, podré ver crecer durante los próximos cuatro o cinco años. Las ecoesferas son producto de una investigación desarrollada por el Laboratorio Aeroespacial de la NASA, que buscaba formas de transportar, en un futuro, ecosistemas a planetas lejanos como Marte. El objetivo final del proyecto de la agencia espacial es conseguir instalar sistemas cerrados que permitan cubrir las necesidades de agua, aire y alimentos de los astronautas que aterricen en un planeta, para que puedan vivir en una especie de ‘ecoesferas’ de tamaño gigante. Para la NASA, la ecosfera es como un planeta Tierra a pequeña escala, y los camarones, la especie humana.”

Mi novio me contó que Carl Sagan, el héroe de todos mis héroes, decía que sólo quería vivir un par de cientos de miles de años para ver salir a esos camarones de la esfera.

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Alguien dígale a Coria

May 17, 2007

Cursitos, cursitos. ¡Ay no jodan, pónganse a trabajar en algo menos farol!
Me va a disculpar la clase vampírica del D.F., pero díganle a Roberto Coria que deje de usar el talento de otros como pretexto para tener chamba.

Curso de apreciación de ____ (escriba aquí el nombre de algún creador bueno o malo pero de moda y que toque, aunque sea de refilón, temas “oscuros”)

Me acaba de llegar la propaganda de un módulo completísimo en el que Coria nos explica cómo escribe Guillermo del Toro.

¿Ya no?

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Freudiana

May 17, 2007

Si algo tiene de bueno envejecer es que cada vez se es menos objeto y más sujeto.
Cumplir años (ciertos años) y además haber nacido sin pene complica la ecuación.
Seguro que Freud se refería a esto cuando habló de la envidia del pene.
¡Por favor, envidia de esa cosilla yo!
En realidad sí.
Yo envidio tu cosilla y tú envidias la mía. Si estuviéramos completos ¿para qué molestarnos en hacernos pares?
La envidia no es más que una forma perversa del reconocimiento de tus propias limitaciones.
Ok. No tengo cosilla, ni modo. Me la busco.
Aquél que tiene cosilla (se llama pene Ira) tampoco tiene la capacidad de tener hijos. Un acto creativo como el que más.
O sea que os chingáis.
¿Y si no quiero tener hijos ni tener cosilla (pegada a mi cuerpo, pues)?
¿Y si lo que quiero es escribir?
Aunque haya trescientos mejores escritores que yo. No interesa.
O ¿alguien se pregunta si va a tener hijos o no, sólo porque hay trescientas mejores madres o padres?
No veo a nadie diciendo: yo no tengo hijos porque me van a salir más feos que los del vecino.

Ser mujer, cumplir años, ser cada vez más vieja. Cada vez menos objeto y más sujeto.

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Getting away with it

May 8, 2007

Hace poco más de un mes, mi jefe lanzó la pregunta. “Oigan, tenemos que hacer algo sobre Tijuana, ¿alguien sabe qué hay allá, aparte de sordidez?”
Yo salí al quite; juré, prometí que en Tijuana, más allá de gringos buscando niñitas para avergonzar a la raza humana, también había talento.
“Sí, si, ya salió Nortec, es un tema muy sobado”.
“No, no. Me refiero a que en Tijuana hay rebuenos escritores.”
“¿Ah sí?”
“Oooh sí siñor”.
Está el Yépez, el LH, el Rafa, la Mayra, el Omar, la Lore, y otros que yo no tenía idea, como el Pablo y el Juan Carlos.

Seguro hay muchos más, pero con eso de que el ser no es cognoscible, pues nomás no se puede ser enciclopédico. Y menos en una revista de viajes. (Cualquiera diría ‘viajes, viajes, hello? A quién le importa la escritura en una revista de v-i-a-j-e-s.

La onda es que mi jefe pidió una foto “vanitifairesca” (whatever that means these days) para aceptar este artículo, cosa que costó muchos mails de ida y vuelta; citar a mucha gente en un solo tiempo y lugar es un rollo, pero terminó por armarse.

Los Klintgerardo02.gif

tomaron unas fotos fantásticas (aqui una muestra de lo que puede hacer con la luz el buen Gerardo Montiel Klint. Desgraciadamente no puedo publicar las fotos de los escritores porque tienen copyright.)

El texto quedó bueno (or so I think) y sus respuestas, aunque no cupieron carajo, estaban re interesantes.

Casi todo ensaya en torno a incidencia de la ciudad de Tijuana en su obra.

Este mes que lo vi publicado, me di cuenta que habíamos conseguido de forma casi malévola “glamorizar” a personas cuyo trabajo, en lo práctico, es lo menos glamoroso del mundo.

(Sé que todos hemos querido ser escritores alguna vez en la vida, o cineastas, o artistas plástico,s pero lo que todos hemos querido ser en realidad es FAMOSOS. Lo otro, el trabajo de sentar nalguitas a leer o escribir desechando pinche mil ideas para que una sola sea parida dolorosamente y luego rechazada mil veces dolorosamente, ese trabajo no lo quieren muchos)

Y glamorizamos por una razón sencilla: cuando algo se ve bonito se antoja, pues’n.

Como en lo de periodista a uno le toca glamorizar muchas tarugadas, al menos hoy me da gusto glamorizar la lectura (cada uno tendrá sus preferidos, sin duda) como antídoto a mi glamorización del shopping.

Ok, ok. Aquí se acaba la pretensión.

Es posible que muchos pasajeros en los vuelos de Mexicana pasen sin pena ni gloria las páginas del artículo, pero si a 10 pelaos se les antoja leer (lo que sea, pero de preferencia a estos escritores tijuanenses) yo ya la hice.

I’m getting away with murder, como quien dice.
Ojalá puedan leerla (o pedirle a alguien que viaje por Mexicana que se las traiga, son gratis).

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Magia

May 7, 2007

De ida a la laguna más alta (4,500 mts. sobre el nivel del mar) de Atacama nos encontramos una camioneta tipo Scooby Doo -del mismo año- varada, con siete viajeros brasileños en la panza.

En el parabrisas decía “Capoeira”; un solo tenis, calcetines usados, así como pedazos de pan y otros residuos de un largo viaje en carretera yacían en la hendidura del tablero.

Eran las 4:30 de la mañana. Nos habíamos levantado tan temprano para alcanzar el amanecer en locación. La luz de los paisajes, me platica Suki el fotógrafo, sólo sirve a las 5 de la mañana o a las 5 de la tarde. Lo demás es para los turistas japoneses.

Calculo que harían, en pleno desierto (el más seco de todo el continente) 15 bajo cero. Dos suéteres, una camiseta térmica, una buena chamarra y una bufanda apenas daban batalla. Apenas. En realidad empezaba a cagarme de frío. Como solemos hacer los mexicanos cuando el clima se pone gacho, iba mentando madres.
Nos detuvimos a tratar de ayudar con el desperfecto.

“Llevamos aquí desde las 10 de la noche, pero sólo han pasado dos autos de largo”, nos confesaron los brasileños. “Se nos acabó la gasolina”.

Los siete brasileiros tenían menos de 20 años, la cara quemada del frío y los ojos saltones de el que ha temido por su vida. Era como encontrar un perrito perdido y no podérselo llevar a casa. Nosotros teníamos que seguir. Primero porque no cargábamos un bidón de gasolina y la gasolinera más cercana estaba a dos horas en auto en sentido contrario. Segundo porque la chamba es primero y teníamos que alcanzar el damn amanecer.

Llevaban toda la noche con un calentador de gas dentro de la caminoneta. Pucha. 15 bajo cero, 15, 15 bajo cero, ¿te puedes morir de hipotermia a 15 bajo cero? “Mucha gente sí”, me dijo el guía que conoce bien este camino. “No es la temperatura, es el tiempo que llevan allí”.

Pinche tiempo.

Así que nos fuimos. Yo con mi culpa y los demás con la suya.

La laguna era fantástica. 45 km de desierto a la derecha, 45 a la izquierda. Bordeando la Cordillera de los Andes; frente a nosotros un mini valle y en medio la laguna. Unos pinchis flamencos andinos hacían todo más rosa, más irreal.

El dios sol empezó a asomarse detrás de la cordillera. Con sus rayitos nimios nos iba perdonando la vida y el frío. Ahora nomás hacía 5 bajo cero.

Suki tomó muchas fotos. Nos echamos un refrigerio con guantes, gorritos y café caliente recargados en la lengueta abatible de la parte trasera de la 4×4.

Fui al baño detrás de un zacate medio crecidito. Allí pensé que dios ya no vivía en las ciudades, pero acá sí que tenía sus terrenitos. Luego pensé “caray, qué cursi, qué fome como dicen los chilenos; ves algo lindo y ¿no se te ocurre pensar nada más que en religión?”. Me subí los pantalones, medio encabronada.
Como era de esperarse, de regreso, allá como a las 9 de la mañana, nos volvimos a encontrar la Scooby-camioneta.

Los brasileiros, expansivos como son, habían sacado el tanque de gas y unos asientos para calentarse con el tibio solecito.

Ahora sí nos paramos de a devis, le dije al guía. Suki les preguntó si ya tenían gasolina.

Gasholinna, sí, ahora está congelaida la bachería“.

¿Los jalamos? El guía, medio mamón y de derecha (como por desgracia me tocó conocer a muchos chilenos) sacó a regañadientes una cuerda y amarró las camionetas.

Suki hizo lo suyo. Los llamó “hermanos brasileiros”, se bajó de la camioneta y se puso a jugar al salvador.

Yo seguía con frío pero supervisé desde atrás la velocidad que necesitaban para echar a andar el Scooby-móvil, que después de tres o cuatro kilómetros, por fin arrancó.

Cuando regresamos a donde habíamos dejado a Suki y los demás, allí sí que se apareció dios.

En pleno desierto, unos saltimbanquis medio congelados daban piruetas de gusto.

Al ver que su camioneta regresaba por su propio motor, los brasileños se pusieron a dar saltos y a tocar sus instrumentos. (Yo no había visto, pero además del tanque de gas, habían sacado también sus percusiones).

Me quedé callada mientras los brasileños me abrazaban. Su euforia tomó una forma sorprendente.

En lugar de llorar o dar las gracias (o invitarnos algo o tratarnos de pagar como habrían hecho gringos o mexicanos), los Scooby-capoeiros daban vueltas, tocaban los panderos, se subían al techo de la camioneta para luego tirarse desde allí en un doble mortal.

Eran bellísimos.

Atrás el cielo y las cordilleras lucían despiadadas, rosas y anaranjadas, como los flamencos.

Sus cuerpos corriosos y de músculos marcadísimos enseñaban la poca ropa con la que habían resistido toda una noche a 15 bajo cero en medio del desierto. Camisetitas, pantaloncitos.

Nunca volverían a ser tan jóvenes ni tan hermosos. Muy pronto iban a pelearse o a ennoviarse y su afán viajero capoeiro se terminaría.

Presenciar ese momento: la juventud, la energía, el desierto, las piruetas, la compasión.

Lo más interesante del viaje, sin duda.