Archive for February 6th, 2008

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Tlacotalpan

February 6, 2008

Nunca había ido. Es bien bonito el pueblo, pues’n.

La bamba callejera de 15 minutos con jaraneros de 15 a 80 años estuvo bien. Todo es espontáneo, nadie en Tlacotalpan está jodiendo con que ‘deberíamos respetar nuestras tradiciones’. Más bien las viven y ya.
Les da orgullo zapatear, les da orgullo lanzar décimas.

(José Emilio Pacheco debe estar muy contento por el fenómeno de poesía viva en esa parte de Veracruz. En su ensayo Ovidio en el iPod, demuestra por qué a él se le admira de forma cotidiana, sin grandes altares. Se le admira como se admira a un tío fantástico, no al padre omnipresente y amenazador. Se le admira porque nunca se ha declarado muerto en vida).

En fin. Aquí algunas fotos de mi reciente estancia en Tlaco, un pueblo excepcional (y excepcionalmente borracho, como yo) a orillas del Papaloapan.

Los perros callejeros, mi nueva obsesión:
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La barra del “Lobo Hombo, bar ambulante”.
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El joven hippie, un día después de su lobohombada.
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La muchacha de la jarana mágica zapateando.
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Quiobo

February 6, 2008

Tengo pegada la palabra quihubo, pero creo que suena mejor quiobo. Más guarra.
Igual me caga porque un colombiano que conozco siempre saluda así y me caga el colombiano.

Quihubo es más chilanguita, pero más, no sé, ‘pidiendo perdón’.

Queobo es de plano para la peda, para cuando llega el güey ese que hace años que no ves a la mesa.

Queeoobo, debí haberle dicho a Monsiváis ese día que salí a beber con Andrei. Fue una noche de puros encuentros.

Primero el buen Monsi en la Casa Refugio, me veía con cara de ‘esta me quiere pedir autógrafo, yo mejor me escondo’ o igual, en mi pinchi veleidad pensé que me veía con cara de ‘esta pinchi vieja me ha entrevistado, casi se me hinca cuando fue a mi casa y ahora ni me saluda. Chuma pues’.

Antes de Monsiváis, mientras esperaba al Atreyu, se me ocurrió pasar debajo del edificio de la revista Picnic. Gerardo Montiel Klint, otra indie-celebrity de la Ciudad, salió a mi paso. Queubasss. Me encantó tu libro, a mí el tuyo. Ah bueno. (Éste me confunde). Y el colmo de la mala suerte: yo traía puesto el mismo pinche saquito color fucccsia que no me pude quitar (parece mentira, pero depués de tanto viaje todavía se me cuatrapean las patas al hacer la maleta) cuando fui con los Klint a Tijuana.
Hasta salgo en una de las fotos publicadas en la revista, allá, en el fondo, con el saquito fiusha.

El Klint me comió viva. Me agarra de las mangas y me dice, ‘y este saquito, ¿es nuevo?’

Luego, con todo y saquito el Andrei, que se veía re bien, me dijo que me veía re bien con el saquito.

Quihobo.

***

Nomás faltó, para que la eterna noche fuera perfecta, que a su servilleta no se le pasaran las Montejo y no acabara espetando a Don Hector de Mauleón, cultísima figura ciudadana de la República de las Letras, director del suplemento cultural del Uni, en el que por cierto, siempre he querido colaborar.

Pinches Montejo sueltalenguas.

Que si yo soy aquél, que si el Uni es una porquería, que si tu cuento en el libro Todo sobre mi madre, ¿cuál cuento? ¡Claro que sabía cuál cuento! Casi me hace chillar el cabrón, pero con las Montejo se me hizo que era mejor fingir que no lo conocía.

Quioobo ¿malacopeando otra vez?