Doble moral: herencia indeleble

Desde que inventaron la palabra “adolescente”, la búsqueda de identidad se tornó extremadamente difícil.

En medio de la nada, los adultos exigen, los niños aturden y nuestras aficiones se arraigan como la permanente espinilla que al sacar deja marca.

Patinetos, darketos, ciberchateros, rockeros, neopunketos, no importa; todos tenemos que definirnos sexualmente. ¿O no?

Según Irvine Welsh, autor de la novela Trainspotting, en unos años ya no habrá diferencia de sexos, seremos personas que salen con otras, así de simple.

Pero el tiempo se nos adelanta siempre. ¿Quién iba a pensar que ser gay se pondría de moda?

Aquí una precisión. Salir del clóset, continúa siendo doloroso y complicado para aquellos que tienen una pulsión homosexual desde pequeños y que son criados bajo la lupa de casi cualquier credo.

Lo “gay” (que alguna vez tuvo la connotación de “feliz” ) está permitido siempre y cuando sea temporal.

Sucumbir a los deseos carnales con una persona del mismo sexo casualmente no está del todo “out”.

Historias de jóvenes que tuvieron una experiencia de ese tipo, circulan alegremente entre las fiestas como antes lo hacían los cuentos de borrachos abrazados a la taza del baño.

El andrógino en su máxima expresión; las mujeres sin caderas sin un solo trazo de grasa femenina y los hombres vestidos con pantalones que parecen faldas, lampiños, rasurados.

Parece que la doble moral ha llegado ya a los menos viejos.

Películas como “Y tu mamá también” (Cuarón 2000), son un vistazo al mundo del gay oportunista que experimenta sus deseos, al tiempo que hace chistes homofóbicos.

Aventuro una hipótesis: sin dinero, sin futuro ni certidumbre de una relación estable que por lo menos evite morir solos, los jóvenes deciden hacer realizar ensayos de lo que será su adultez: “sálvese quien pueda”.

Es el mundo en que todos podemos ser una rubia despampanante mientras chateamos en Internet, en el que la juventud se vuelve cruda para reparar los estragos de varios sexenios con errores decembrinos.

Subsanar a besos , sin importar el receptor.

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