Seleccionar personas

Todo lo que tu mamá te dijo que no hicieras cuando conoces a alguien, eso es un casting.

Antes de fijarse en su tono de voz o en la manera como pronuncia su apellido (que a mi particularmente me “pone” de la gente) hay que ver su estatura, su color de piel y si no tiene barros. Lueguito se nota quien está hambriento y de qué. No le ves a los ojos, estás mirando su “registro” (híjole, la palabrita), el rango de gestos y sensaciones que pueden aflorar en su cara bajo tus malévolas y siempre ilógicas órdenes .

No es que me las dé de profunda, a mi también me encanta verle las nalgas a cada ser humano que me cruza por la vida. La diferencia es que en el trabajo de casting se busca ante todo, una característica descalificadora, con la que se haga sencillo graznar “next”.

Estoy convencida de que los actores son una raza demasiado sensible que se vuelve loca de tanto rechazo. Los escritores cuando entran a un concurso por ejemplo,  tienen la bondad del anonimato. Presentarse a un casting es bajarse los calzones y expresar un deseo vivo. 

Tampoco puedo negar que mi Freud Bettelheimaniano se divirtió mucho.   

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