Sonic Youth, los asistentes

No tengo mucho que decir sobre este grupo. Sé que son la verdad. Sé que todos los que no alcanzamos boletos para The Cure nos la vamos a curar en este conciertazo. (Si es que no se nos ocurre, en un arranque de juventud, lanzarnos en último momento a pagar el triple).

Un concierto trasciende cualquier crónica. Así como nadie puede contarnos la guerra ni a qué sabe el primer trago de chela de la noche. Hay qu’ir.

La experiencia se hace todavía más entrañable cuando se pinta de momentos inesperados:

“Llovía, habíamos parqueado el coche bien lejos, yo traía agarrado de la mano a este güey porque ya íbamos tarde y tantito antes de entrar me agarró la nalga y me dio un beso, así empezamos a andar” o “No tenía ni un puto centavo y me fui a parar afuera del Palacio para ver si oía algo, en eso pasó este ñero de la oficina que le sobraba un boleto…”

No hace tanto tiempo que me gusta este grupo. La primera vez que oí el nombre fue cuando le pregunté a mi carnal el Rodro qué significaba esa lavadorcita estampada en su camiseta azul. “Eso, ah es del Sonic”. No dije nada porque a mí en ese tiempo me gustaba Peter Gabriel o algo así. Poco a poco me encariñé con el dueño de la camiseta hasta que un día decidió irse de mochilazo a las Uropas. Hizo una venta de garage antes de irse. Ahí estaba la lavadorcita, tendida en su patio. La apañé, por supuesto, y esa misma tarde fui a comprar el disco.

Mi amigo se fue, regresó y se volvió a ir, esta vez a Cuernavaca que luego resultó estar más lejos que Europa.

Mis gustos cambiaron y hace poco lloré cuando no me alcanzó para irme a ver a los Pixies a Coachella.

Luego empecé un blog.

Creo que la mayoría de los “bloggers” que leo van a ir a este concierto. No conozco físicamente a todos por lo que propongo que todos lleven un tag o por lo menos vayan vestidos de los colores de su blog. También podrían saludar de beso a cualquier mujer que pase junto a ustedes. Cuando les den un cachetadón pueden responder “Es que pensé qu’eras Ira, la del taza”.

Pensándolo bien no hace tan poco tiempo (que soy como soy). El otro día mi hermana me dijo que no mamara, que me comprara una pijama decente y dejara de usar esa pocilga de lavadorcita para dormir. “Ya’stas grande, chingá”.

Saturnino Celeste

Saturnino Celeste baja corriendo las escaleras. En los balcones hay tendidos perennes de calzones y medias que se detienen de ganchitos como lo hace el tiempo en aquella vecindad. Un estruendo ha provocado que todas las vecinas salgan de sus casas con las manos llenas de jabón o de grasa. “Está temblando”, gritan. El llanto de un niño estalla en la dulzura matutina. Las ollas se estremecen de vapor con los cocidos que esperan a la familia. Saturnino tiene un libro en una mano y un trozo de papel de baño lleno de chile chipotle en la otra. Se aferró a ellos como quien salva sus dos hijos de un incendio. Una nave, similar a un sombrero de copa, se ha posado en el patio central de la vecindad y los hombrecillos que salen de ella se enredan entre ropa mojada. Tienen los ojos violeta y lo que parecen faldas escocesas, son en realidad sus anchos muslos de textura tableada. Como un reflejo, Saturnino aprieta el papel higiénico contra sus labios para limpiar los restos de la quesadilla. “Saturnino”, le dicen los hombrecillos, y él se percata de que son todos y no uno sólo, los que pronuncian su nombre. “Hemos venido por ti…la nave tuvo un desperfecto y tardamos algunos quarks, pero estamos aquí.” La mujer del departamento cinco corre a abrazar a su perro, a quien Saturnino recuerda, nunca había oído ladrar. El perro logra escapar y ya lame las manos de los hombrecillos.

“Así que conservas a Titán, siempre fuiste apegado a las mascotas. Está bien, llevémoslo también.” Saturnino está tranquilo, su legendaria timidez no se hace presente. La solterona propietaria del Titán llora al comprender que su perro nunca le perteneció. Saturnino lo acaricia como si hubieran nacido juntos.

“Queremos que nos cuentes las historias a detalle ¿Cuántas vidas terrestres pasaron desde nuestro último encuentro? ¿Cuarenta, cincuenta?”, preguntan los hombrecillos.

Saturnino no contesta.

“Ya habrá tiempo, recordarás poco a poco. Ahora, debemos irnos”, ordenan al unísono.

Una de las mujeres en el segundo piso ha sacado una escopeta. “A ver cabrones, marcianitos o no, se van a chingar a su madre”. Los hombrecillos reculan, uno de ellos toma de la mano a Saturnino, quien se rinde a su destino, como siempre, sin comprenderlo. La nave arranca. Titán, lanza un ladrido de gozo desde dentro. Los motores se detienen de pronto. Saturnino sale del portal de la nave con urgencia. Toma a la solterona de la mano. Ella hace una pausa, mira a la mujer de la escopeta y sonríe mientras camina hacia el portal que la espera.