Saturnino Celeste

Saturnino Celeste baja corriendo las escaleras. En los balcones hay tendidos perennes de calzones y medias que se detienen de ganchitos como lo hace el tiempo en aquella vecindad. Un estruendo ha provocado que todas las vecinas salgan de sus casas con las manos llenas de jabón o de grasa. “Está temblando”, gritan. El llanto de un niño estalla en la dulzura matutina. Las ollas se estremecen de vapor con los cocidos que esperan a la familia. Saturnino tiene un libro en una mano y un trozo de papel de baño lleno de chile chipotle en la otra. Se aferró a ellos como quien salva sus dos hijos de un incendio. Una nave, similar a un sombrero de copa, se ha posado en el patio central de la vecindad y los hombrecillos que salen de ella se enredan entre ropa mojada. Tienen los ojos violeta y lo que parecen faldas escocesas, son en realidad sus anchos muslos de textura tableada. Como un reflejo, Saturnino aprieta el papel higiénico contra sus labios para limpiar los restos de la quesadilla. “Saturnino”, le dicen los hombrecillos, y él se percata de que son todos y no uno sólo, los que pronuncian su nombre. “Hemos venido por ti…la nave tuvo un desperfecto y tardamos algunos quarks, pero estamos aquí.” La mujer del departamento cinco corre a abrazar a su perro, a quien Saturnino recuerda, nunca había oído ladrar. El perro logra escapar y ya lame las manos de los hombrecillos.

“Así que conservas a Titán, siempre fuiste apegado a las mascotas. Está bien, llevémoslo también.” Saturnino está tranquilo, su legendaria timidez no se hace presente. La solterona propietaria del Titán llora al comprender que su perro nunca le perteneció. Saturnino lo acaricia como si hubieran nacido juntos.

“Queremos que nos cuentes las historias a detalle ¿Cuántas vidas terrestres pasaron desde nuestro último encuentro? ¿Cuarenta, cincuenta?”, preguntan los hombrecillos.

Saturnino no contesta.

“Ya habrá tiempo, recordarás poco a poco. Ahora, debemos irnos”, ordenan al unísono.

Una de las mujeres en el segundo piso ha sacado una escopeta. “A ver cabrones, marcianitos o no, se van a chingar a su madre”. Los hombrecillos reculan, uno de ellos toma de la mano a Saturnino, quien se rinde a su destino, como siempre, sin comprenderlo. La nave arranca. Titán, lanza un ladrido de gozo desde dentro. Los motores se detienen de pronto. Saturnino sale del portal de la nave con urgencia. Toma a la solterona de la mano. Ella hace una pausa, mira a la mujer de la escopeta y sonríe mientras camina hacia el portal que la espera.

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