Elena Garro

Casada con un pusilánime. Destinada al olvido y la perdición en aquel mundo de acomodarse los güevos y dejarse el bigote.
Octavio Paz, toda una nena, chingá. ¿Cómo te atreves, hijo plenipotenciario de un burócrata de la Revolución a reprender a tu estupenda güera-esposa-menor-de-edad porque tiene gustos burgueses?
¿Cómo te atreves a guardar prudencia frente a las brigadas internacionales arrasadas como mosquitos, la lucha fratricida, la esquizofrenia fascista, el avance stalinista, el robo del oro (robado a su vez de América) perpetrado por alemanes que probaban sus esbeltos aviones junkers sin los que Franco no habría podido ganar la guerra?
¿Sabías que ibas a ganar un Nobel? ¿Te imaginabas tu destino de vaca, qué digo vaca, tótem sagrado, dador de leche y luz para los que bautizaste con tan barata lucidez “hijos de la chingada”? ¿Era tan difícil ser de una pieza, cabrón?
Garro tuvo mucha razón cuando prefirió a sus gatos. Ninguno de ellos la hizo vivir un exilio cagado de frío en Paris. Ninguno hubiera dejado que la escritora inaugural del ahora tan sobado y menospreciado “realismo mágico” se fuera de este mundo en la miseria, agarrada de un triste tanque verde de oxígeno, caridad de Conaculta.
Lo chistoso es que murieron casi al mismo tiempo. Algo tendrían que arreglar en el afterlife.
Y no es feminismo, nomás me encabroné.
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