Historias de zapatos.

Nunca me siento a gusto calzando zapatos y eso que no tengo el pie plano ni el arco pronunciado ni las patas chuecas ni el pie de tamal.

En cambio, con tenis me siento sobrada. Mis piernas recuerdan libertad y se ponen a correr. Hay que detenerme, amarrarme a la pausa del caminar con un propósito. Tenemos tiempo, cuál es la prisa. La prisa no es mía, es que hoy me puse tenis.

Sin ellos soy un bastión de la prudencia, un ser humano digno de sentarse frente a un comedor de caoba. Pero ¿quién quiere dejar media vida frente a un pedazo de madera?

Confieso que cuando subo las escaleras los hago rechinar. No hay nada más molesto que un caminar chillón, pero no me importa. Yo estoy corriendo porque traigo tenis, aunque la gente solo me vea caminar.

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