La luz

Ayer se fue la luz por la noche. Para quitarnos lo aburridas mi hermana sacó un libro de Paul Bowles, un autor que ninguna de las dos conocía.
La práctica de lectura compartida ocurre más o menos seguido entre mi hermana y yo. Regularmente porque traigo una emoción atravesada por un autor que acabo de descubrir y no puedo esperar a que ella lo lea también.
Me quejo de su falta de pasión por la lectur hasta hartarla y sólo entonces me permite leer para ella. Algunas veces le gusta la historia, pero casi siempre tiene alguna amargura que espetar. “Ash, que rarito o que loquito”, me dice. Así pasó con Faulkner y con Melville. “Ash, mmmh, no sé, no es para tanto”, me dijo.
Esta vez la única referencia que teníamos del autor que le habían regalado (un tal Emilio que no conozco) era la contraportada. Que Bowles había vivido en Tánger, que había muerto en 1999. Que mucha gente lista había dicho que era buenísimo.
Empezamos a reir cuando el qauayi (algo así como un guía) magrebí le advierte al profesor que se enrede el albornoz en la cara porque el olor a excremento humano será insoportable. El cabrón de Bowles nos hizo interesarnos por la insolencia del qauayi para que, como el profesor, nos distrajéramos del peligro inminente.
No nos dimos cuenta, ni nosotros ni el profesor, de que esa vereda en busca de monederos de ubre de camella estaba llena de perros salvajes, ni de que sus dueños, los reguibat, nos harían prisioneros durante todo un año.
Puta madre, allí estábamos mi hermana y yo, a oscuras, junto al profesor que había perdido la razón después de que le cortaron la lengua. No sé qué pretendía Bowles al cortar la lengua de un personaje que era doctor en lingüística y que estaba allí precisamente para estudiar los dialectos locales. A nosotros nos pareció recalcitrante.
El profesor se convertía en un juguete de los reguibat hasta que escuchaba el francés, su lengua natal. Eso le devolvía el coraje para tratar de escapar.
Mi hermana estaba muda. Me veía con cara de angustia y el aire -peculiar de por sí cuando estamos ella y yo solas- se espesaba cada vez más.
“Ya voy a acabar”, le dije, como disculpándome por la presión en nuestros pechos.
Seguimos al profesor en su liberación que gritaba y agitaba los brazos presa del terror, sólo para recibir de frente la bala de un soldado francés, guardia de la muralla que separaba la ciudad del desierto.
Nueva York, 1945, terminé de leer.
Hubo un silencio, seguido de
-“Me dio miedo”
-“A mí también”
-“Estuvo feo”
-“Supongo que en 1945 no podían escribirse cuentos muy bonitos”.
-“Sí, supongo”
Y en eso, llegó la luz.

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