Detonantes

“En cuanto la vi supe que estaba enamorado, perdidamente enamorado”, me dijo ayer un amigo. Era una historia de amor con final amargo, como casi todas.
“¿Estaba muy buena?”, pregunté, tratando de saber el tamaño y forma de la piedra que le había pegado. “O tenía todo tu tipo, una sonrisa inolvidable, era muy lista o muy simpática, ¿qué fue?”, insistí.
“Se parecía mucho a mi ausencia”, me contestó.
No tuvo que explicar más.
Nos quedamos allí sin saber cómo añadir a la plática.
Coincidimos en que estar loco por alguien es algo fuera de este mundo. Algo profundo, sórdido y un poco enfermo.
Puedes ofrecer muchas explicaciones, pero el detonante -lo sabes cuando todo terminó- pudo ser un simple tronar de saliva cuando pronunció tu nombre, el movimiento de su cabello o que te olió al jabón de tu niñez.
Para mi fueron un par de zapatos.
Hace algunos años el hombre que estaba sentado junto a mi cruzó la pierna. Me hipnotizaron las suelas de sus botas salpicadas de pasto. Un par de calcetines azul marino con dos frajas anaranjadas en el borde y más arriba, el hueso de la pierna asomaba como una cuchilla debajo de los jeans azules.
Estábamos en la misma reunión pero yo no había visto su cara ni sabía quien era. Y no me hubiera importado jamás de no ser por aquellas botas.

Perdí mucho en esa relación. No sólo mientras duró sino de manera indeleble.

Pero ese momento, el de las cuchillas, no voy a olvidarlo nunca.

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