Las pelis

Hacer cine es mi gran suspiro, pero por lo pronto me contento con ser un buen par de ojos críticos.
Encuentro la lectura de las grandes superproducciones mucho más complicada que la revisión de aquellas películas etiquetadas para su consumo en breves círculos intelectualizados, de las que ya se sabe qué esperar. Metáforas de la corrosión en el alma humana, ensayos sobre el tiempo, sobredosis de aburrimiento y cotidianeidad. The usual. “Oooo, allí está la verdad, y lo demás son boludeces” (Es natural recurrir al dialecto “fresco” de los personajes extranjeros, suena fácil hacerlo cuando vas de regreso al auto y quieres lanzar un comentario acertado).
En cambio, “Batman begins” y “Madagascar”, esas si que me cuesta pensarlas de forma crítica. Supongo que declino la idea desde antes de asistir a la sala: mi expectativa es proporcional al despliegue publicitario, suelo apagar el lóbulo frontal cuando las luces hacen lo propio.
Lo curioso es que de entrar en la convención, el individuo — es decir yo mera– cae en un estado de complacencia pegosteosa y cursi, que hasta pena me da narrar.
Si te ríes del emperador nativo en Madagascar, te estás riendo de todo el tercer mundo. De los irakíes, los peruanos, los neozelandeses, todos. Incluso eres parte de los imbéciles que piensan que “la fiesta” es gay y que todo lo homosexual se reduce al baile y a la excentricidad.
Luego están los animales que prefieren estar encerrados en sus jaulas neoyorkinas de dos por dos, que prefieren la comida fácil y la seguridad a la vida allá afuera. El miedo gringo, chingá, debían patentarlo y venderlo en cajitas. ¡Qué miedo les da la vida! No vaya a ser que los pique un mosquito, les dé diarrea, los atrape una sensación nueva sin que puedan llamar a su siquiatra.
Y parece que me escuchan, que es lo pior. YA lo venden en cajitas. “Compre usté el dvd de Madagascar, enséñele lo que es el miedo a sus hijos, pa que luego aspiren a vivir en la gran manzana en un depto de tres centímetros y mil quinientos dólares al mes, como nosotros.”
Pero uno, con el lóbulo frontal apagado, se ríe. Los pinchis pingüinos son la mar de chistosos y las referencias a “El Planeta de los Simios” y los documentales del Discovery Channel, ampliamente disfrutables.
Quisiera reírme sin culpa, carajo. (Sobre este punto, ya habló de manera más incisiva el buen Ernesto).
Y justo la semana anterior, mi corazón de nerd no paraba de lamentarse .
Batman no vuela, chingá. Sí, guau qué bien los actores, guau éste Batman es un cuero, guau, a Gary Oldman ni se lo reconoce de lo bien que actúa, pero ¿cuál es la necesidad de regodearse en los pezones erectos de la novia de Tom Cruise o en la mega espalda del antes Psicópata Americano? ¿Así de fácil se va leyenda del Caballero Oscuro a segundo plano?
¿Por qué me tiene que dar lecciones de justicia un gringo millonario que no suelta ni una lagrimita cuando se incendia su mansión?
¿Por qué el público disfruta más (al menos en el cine, se ríen más) la venganza del empresario Bruce Wayne, capaz de formar empresas fantasma para comprar 10 mil orejas, que del vigilante partiéndose el hocico con una bola de loquitos en Ciudad Gótica?

Ah, las pelis.

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