Tiempo de alacranes, 2a. parte

Miércoles 9:10

Eso es, tárdate, tárdate más. Una frase tan sexual convertida en plegaria. Siempre sueño que se hace tarde. A veces es una pesadilla, otras un alivio.
Si no llegas, podré irme a mi casa y terminar mi libro y sentarme a tocarlo y…
Allí estás. Hecho una sopa, por cierto. Qué inclemente el cielo cayéndose a pedazos. Para los perros callejeros, para la ropa limpia y para ti. Qué dulce corre en cambio sobre mi ventana. Otra vez la lluvia negra.
Me doy cuenta de que he tenido el auto encendido todo este tiempo. No podría sino interpretarlo sino como un acto fallido. Nunca tuve intención de quedarme.
Meto reversa y empiezo a circular hacia la salida del estacionamiento de la Cineteca. Te veo en ese pedacito de tierra seca y la luz azul de tu celular te alumbra los pelillos ensopados. Se enciende la pantalla del mío. Decido no contestar y mientras paso junto a ti, veo cómo cierras los ojos, tratando de checar ¿las placas? de ese auto que tu inconsciente interpreta —a pesar del aguacero cegador— sospechosamente parecido al mío.
“Con todo respeto, Señor, qué pinche sentido del humor”, dice el libro de Bef.
Concuerdo por completo.

Miércoles 10:30

La televisión y la competencia ritual de estupidez nocturna entre mi hermana y yo me ha servido para serenarme. Los libros “urgentes” se deben comer como la venganza: fríos.
Espero a que todo esté apagado, me pongo la pijama (uno no puede acostarse siempre encuerada) y vuelvo a empezar:
“Tiempo de Alacranes. Maïakovski. Primera Caída. Al frente, la carretera serpenteaba…”
Chale, qué desalmada. Cómo pude dejar a una persona a la mitad de la lluvia. Puf.
Y el Güero que va a matar a alguien. El Güero del libro de Bef, al que no le dicen así por sus pelos de elote, sino por alacrán hijo de puta.“Una chucha cuerera bien mascada”. Y a mí, que todo mundo, tarde o temprano acaba nombrándome “güera”, ¿será por el cabello?
Hace poco, una mujer celosa me jaloneó el cabello en un bar. Como salida de la estación Pino Suárez, peleando su “asiento”. Llegó a mí de repente, como guerrero un mohicano, al grito de “¡Pinche Güera, qué te traes!”. Claro que fue una escena deplorable, claro que no tuve respuesta física posible (de haberlo deseado, me hubiera puesto una verdadera madriza), pero el resentimiento social estaba planteado.
Recuerdo y sonrío. O sea que uno puede inflingir dolor únicamente con su color de piel o de cabello. Maldita Güera, te jalo el cabello, soy más fuerte, más ágil, pero tú sigues siendo güera.
No puedo más que sonreír ante mi ventaja.
Soy horrible. Peor que el matón de Bef.

Miércoles 11:30

Pince Güero, qué bien me cae, sobre todo en ese magnífico capítulo titulado “Poesía para mecánicos”. Uno se rinde por completo ante un matón que reconoce la majestuosidad en ése auto: un Impala 70 de color negro.
Imposible no doblar las manitas y pensar “qué maestría para usar los clichés, dónde aprendió éste a escribir así, carajo”.
Otros dos matones, Tamés y el Gordo también perfilan como dos estupendos personajes, de esos que uno extraña cuando ya terminó el libro. Por un momento me recuerdan a un par de ángeles en una novela de Neil Gaiman, pero no estoy segura si es Good Omens o American Gods. Tendría que volver a leerlas. Lo cierto es que Gaiman tiene esta misma maña para dotar a los arquetipos de nuevos bríos. La tenía Dante, que pone a Virgilio a caminar entre un mar de muertos famosos, previendo la tradición romántica del siglo XIX.
Tamés y el Gordo son también Vincent Vega y Jules, Butch Cassidy y el Sundance Kid. Son necesarios, como un bote de leche en el refrigerador de un condenado a muerte, aunque se trate de uno intolerante a la lactosa.
“¿Qué no ha oído eso de acompáñalos con leche?”. Ay Bef, qué línea.

Miércoles 12:30

Ya ni me hablaste. Me quedé con la duda. ¿Habrás visto mi coche largándose de ti? Tal vez regresaste a tu casa sin cine, sin grasa de palomitas en los dedos, con el cabello más limpio que de costumbre. Pensaste “cómo odio a esa mujer” mientras te metías a la cama.
Si estuviera contigo en este momento me dirías “apaga esa luz, yaaaa”. Yo haría como que la virgen me habla, –como hago con pasmosa regularidad– para luego reírme como si se tratara de un partido de futbol a las las tres de la tarde. Siempre acabo despertándote con algún comentario trivial sobre mi lectura.
Es decir, habrías tardado al menos dos horas más para llegar a la misma conclusión: “cómo odio
a esa mujer”.
Es como Obrad, un latveriano que conoce al Santo y está enamorado de Lizzie. Ella también lo quiere, digo yo, pero Bef no la deja. Un desalmado ese autor. Le retuerce la herida al pobre extranjero cuando la pone a coger en el asiento trasero. Un retrovisor maldito aquel que te muestra al amor de tu vida follando con otro.
Tampoco que uno lo resienta mucho. Obrad(or) es un tipo medio mamila. Desde que su referencia sobre México es el Santo. El Santo, un lugar comunazo si te diste permiso de que te gustara hace menos de cinco años; tema de innumerables tesis de sociología; ídolo sobado; siquiatra de las mujeres vampiro.
Y en Latveria “una pequeña nación en los Balcanes, al lado de Croacia” hay un cabrón que se identifica con él. Mmmh. Sospecho.

Jueves 1:00 a.m.

No falta la referencia al joven tampiqueño. Un tal Sifuentes. Un personaje incidental que resulta el dueño primigenio del Impala 70. “Andaría huyendo el cabrón”, dice Bef de su amigo.

Aquí en mi casa, el tal Sifuentes es mejor conocido como el “papá” literario de La Kekis. Una adolescente simpatiquísima cuya reacción cuando va a dar a una fiesta de transplante clandestino de órganos se reduce a un “¡Ándale!”. Mataría por dirigir ese guión. Me gusta tanto que cuando puedo se lo cuento a mis amigos.
“¿Cuál Gerardo?” Me pregunta mi hermana cuando oye la referencia. El que tralalalalalalala. Mmmh, no lo conozco. Claro que sabes quién es, ese que estuvo en la cárcel, el que no se qué. Mmmh… no. ¡El papá de La Kekis! Ahhhh, ése, ¡haberlo dicho antes!

Jueves 2:30 a.m.


No lo quiero acabar. Lo dejo en la mesita como un chocolate culpígeno.
Para mañana o me empacho.
Yaaaa, no leas necia…
…¡cómo madres no!

Jueves 3:00 a.m.

Sólo me quedan veinte páginas. Estoy allí en donde un ex matón se vuelve varonil, deseable y galante. ¿Guau o wow? Guaaau.
Qué guapo se ve el Güero hablándole a su comadre. Tensión sexual desde que abre la puerta, en un gesto que el lector, o sea yo, adivina como una rebuscada metáfora de abrir las piernas. La Lola es una mujer “entrada en carnes” que gana la partida contra una niña flaca. Poco probable, pero para qué lee uno sino para sorprenderse.

Jueves 3:30 a.m.

Chale, traía el celular en silent y no escuché tus mensajitos.
“¿Onde andas?”, “Estoy en bululú”, “Te espero o me meto?”, “Ya llegué a mi casa”, “Contesta, cochina, ya me priocupastes”, “Ni modos”. El último llegó hace unas dos horas.
Mientras el Güero resuelve la nostalgia de su Colt perdida con unas pinzas de electricista, a mí se me ocurre llamarte. No contestas.
Te mando mensajito: “Ni modos”.
Así, a secas, sin explicaciones ni rumores de culpa.
Tanto matón arrepentido, me volvieron a dar ganas de ser una hija de puta.

3 thoughts on “Tiempo de alacranes, 2a. parte

  1. Irita,
    gusto en leerte. A ver si te das una vuelta mañana lunes al Non Solo. Hay que apañar espacios! (Soné a okupa del Ché, carajo!)

    besitos
    e

  2. Ernneeeessto. Últimamente he hablado mucho de ti. Como que andas en el “aire”.
    Gracias como siempre por tu generosa lectura. Nos vemos mañana sin falta.
    Besos aereos.
    Ira.

  3. http://www.jornada.unam.mx/2005/07/04/a10n2cul.php

    revisate ese link, esta chido… oye, buena onda ke leiste tiempo de alacranes, esta delujo no??? super frank milleresca.. ojala hagan la movie

    oye, tu tmb escribes chido… aver si luego nos mandamos mails… no? sobres, ah, tambien si te gusto esa consiguete la de “El miedo a los animales” de Enrique Serna… te va a gustar, es de un judicial chueco como todos, ja… esta muy chida tmb.. sobres, bye

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