Maestrosss

Fui maestra de inglés casi cinco añotes. Me enrolé sentimentalmente con varios alumnos, (el que haya sido maestro no me dejará mentir: es inevitable). Algunos de ellos todavía son mis amigos; otros se diluyeron casi de inmediato en mi memoria.
Todavía me ocurre de vez en cuando. Estoy en una fiesta, en una librería o comiéndome una garnacha y alguien llega a abrazarme. “Tu fuiste mi teacher”, me dicen. Pongo mi cara de a-güevo-si-me-acuerdo y el ex-alumno en cuestión me vuelve a besuquear o me presenta a su acompañante, hablando de mi como si yo no estuviera. “Esta es la maestra que te decía que estaba bien loca, usaba sus botas de casquillo con minifalda, bien darkie, te acuerdas”. Ajá, eh, bueno, cuídate. Más besos.
Una vez fui a la playa y me puse una de las borracheras más grandes de la historia. Había bebido cerveza todo el día y en la noche me empiné la mayor parte de una botella de tequila Casco Viejo. Al final de la peda, cuando ya todos se habían metido a sus casas de campaña, me dio por visitar a no sé qué escritor que según yo se encontraba en medio del mar. Me interné en las olas en la mitad de la noche. Cuando reaccioné, el agua literalmente me llegaba al cuello. Estaba hasta la madre, completamente sola, consciente a medias de que estaba a punto de ser tragada por la fuerza del océano. Repetía, arrastrando las eses, “si, carajo, así me voy yo también, como Hemingway”. Era obvio que mi mente había confundido al escritor con su historia “El viejo y el mar”. Hasta mi madre, enfundada en unos pants llenos de agua salada, me despedía con resignación de un mundo que para mí carecía de propósito: “Si, si, adiós a todos, me voy, me voy como Hemingway”.
Una brazo de mujer me tomó del cogote. Casi me ahoga. Me arrastró hasta la orilla y me empezó a regañar (¡ah las mujeres!) “¡Estás loca, te vas a matar, no mames, qué bueno que te escuché!”
“¿Eh?”, atiné a decir, después de toser aparatosamente.
“Tú eras mi teacher”, me rezongó. “Estabas a punto de ahogarte, ¿no te acuerdas de mí?.
Mm. Si, claro. Eh. Si. Desde luego. Cof cof cof.
“Tú eras mi teacher”, me dijo con los ojos llenos de compasión. “No te podía dejar morir”.