Que tu pena fuera solo por mi culpa

Yo, como José Emilio Pacheco: me cae re gorda mi patria, pero podría morir por algunas calles, algunas personas, algunos platillos.

De esta ciudad amo la noche, por ejemplo.

Las ráfagas de luz verde en Eje Central, el nombre que llevó ese mismo Eje durante décadas: “Niño Perdido”.

La barbacoa de Ciudad Jardín.

Ayer descubrí que los convoys militares pueden ser fantásticos. Hay algo de melancolía estúpida, algo de “adiós muchachos” en las miradas de los milicos. Y luego… ¿se han fijado cómo nunca van platicando? ¿Será una manda o una internalización de la ley marcial? ¿Será que tienen que dar buena impresión ante “los civiles”? Sólo algunas mujeres del cuerpo de enfermería echaban chisme. De siete camiones u ocho camiones que rebasé. Sólo ellas. Las otras traen el cabello corto a machetazos o alguna navaja igual de torpe. Corto triste, corto como para no estorbar. Los pantalones les quedan fatales, aún a las que se les nota un cuerpo de proporciones normales. Piensen ese mismo camión, esas mismas mujeres en trajes de rumbera. O en hot pants. O en vestidos de novia. Un convoy de hombres y mujeres vestidos para casarse. Todos cruzando la ciudad de sur a norte en esta vía supergaláctica en la que se ha convertido Periférico.

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Siento que se me haya ocurrido eso de Katrina and the Waves, me muero de vergüenza y luego lo leo en otros blogs. Ja. No cabe duda, semos de la misma pieza.

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Escribo desde una nueva compu. Está orientada hacia otro punto cardinal. Ojalá escriba diferente.

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