Los cuentos de hadas

Dime qué cuento te obsesionaba de niño y te diré por dónde anda tu perversión actual.

La influencia del fantástico libro de Bruno Bettelheim “Psicoanálisis de los cuentos de hadas” me pide replantear mis miedos infantiles. Recuperar ese estado casi hipnótico que significa tener cinco años, en el que no se cuenta con la razón o el lenguaje como grandes cobijas para tapar los verdaderos motivos del alma.

Hoy, sólo hoy, me quedo con la fascinación que alguna vez me produjeron las ranas, símbolo de la repugnancia infantil hacia las relaciones sexuales. Aquí un pequeño fragmento sobre el asunto, extraído del mismo libro:

“Preconscientemente, el niño conecta las sensaciones de viscosidad y humedad que la rana (o el sapo) evoca en él con las mismas que atribuye a los órganos sexuales. La capacidad que tiene la rana para hincharse cuando está excitada provoca asociaciones inconscientes con la erectibilidad del pene.
Anne Sexton, con la libertad y la sensibilidad propias del inconsciente del artista escribe en su poema El Principe rana–que es una repetición del cuento de los Hermanos Grimm–: “Al contacto con la rana/emergen los no-me-toques/ semejantes a descargas eléctricas”…
Por muy repulsiva que resulte la rana, tal como se la describe en “El rey rana”, la historia nos indica que incluso un animal tan repugnantemente viscoso puede convertirse en un ser hermoso, mientras todo suceda del modo preciso y en el momento adecuado”.

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