Los muertos y la memoria

Ayer fue un día feliz. En “El nacimiento del Placer”, Clarice Lispector dice que “el placer no es como para andar jungando con él. Él es nosotros.” Así que ayer era yo.
Ayer fueron cuarenta minutos de yo, puro yo, al lado de un señor que guarda un sorprendente parecido al Bilbo Baggins de Peter Jackson, aunque con una sonrisa menos macabra.
Cuando me besó en la mejilla para saludarme, unos de los bucles grises que le adornaban la cabeza se le rebeló y de cuando en cuando le picoteaba la cara. Durante la charla aguzaba sus ojitos argentinos para medirme, medir el tamaño de mis preguntas o, pensé después, para deshacerse de aquel rulo.

Temperamento de Miguelito tiene ese señor. Ganas de platicar de cosas que a nadie importan, como Miguelito el de Mafalda. Pero inteligente y calculador también, como Miguelito. “¿De qué estará hablando realmente esta güera?”

El señor que estaba con ‘yo’ (el placer vestido de morado) se llamaba –supongo que todavía se llama porque cambiarse el nombre de un día a otro es una práctica en desuso– Ricardo.
También se llama Emilio. Y sus apellidos, ay sus apellidos.

Piglia Renzi.

Ricardo Emilio Piglia Renzi.

(¿ya se va notando que soy fan?)

La entrevista la conseguí así:

Molesté a una malencarada de relaciones públicas con nulo sentido de la cordialidad durante un mes, hasta que conseguí un espacio.

“Veinte minutos te puedo dar, no más. Sólo tengo 31 de octubre 2 pm, ¿te queda o no? Si no, tendrá que ser en otra visita”
¿Por qué no mejor me invitas a verlo a través de un cristal, mamona? Ok, ok. Veinte minutos, 2 pm, donde quieras.

Ahora sólo tenía que pensar bien mis preguntas y no regarla ante uno de mis escritores favoritos. ¿Favorito desde siempre? No. Favorito nuevo, pero favorito por devolverme algo que para mí había perdido la literatura. Favorito por darle un aroma de novedad a este siglo-nacido-viejo. Un autor que cayó en mis manos de manera insospechada y me ayudó a doblar algunas directrices. Me gusta, chingá. Qué más.

Dos semanas pensando. ¿Qué chinches le pregunto?

¿Qué le preguntarías a Kafka, a Philip K. Dick, a Carver, a Genet, a Beckett?

¿Qué podrían decirte más de lo que ya publicaron? Allí está todo. Lo demás es el hombre y ¿a quién le importa el hombre, más que a los lectores de revistas culturales apologéticas que se comportan como diarios del corazón sin el menor pudor? ¿A quién le interesa lo que come, lo que ama, lo que caga Piglia, más que a uno que otro maestro trasnochado que habla de la vida de un escritor como si aquello fuera discutir la escencia de su obra?

Bueno, ahí va una pregunta para el señor Ricardo:

I: ¿No le parece que últimamente conocemos más de la vida privada del artista que de su obra?
RP: (argentineando) Yyyyyy, ¡si por eso yo no salgo de mi casa!

Momento paradoja: sigo preguntando o me quito de enfrente para liberar al escritor del yugo de la entrevista…

El hombre que se llama Ricardo Piglia que se parece a Bilbo que tiene un rulo desencajado que va a hablar conmigo durante veinte minutos.

Algo quiso que yo lo entrevistara ése día, a ésa hora con ése magnífico sol de octubre. Era ‘Samhein’, All saints day, víspera de día de muertos. Un día antes había colocado, en compañía de Bef y mi hermana, mi primer altar. Una primera ofrenda a la memoria de mis muertos. ¿Será que empiezo a olvidarlos?
I: ¿La memoria Sr., es uno de sus grandes temas? Como aquella frase de su libro “Formas breves” en la que creo que también conceptualiza la posmodernidad y cito (¡ay dios, el pobre habrá puesto una cara!):
La cultura de masas (o mejor sería decir la política de masas) ha sido vista con toda claridad por Borges como una máquina de producir recuerdos falsos y experiencias impersonales. Todos sienten lo mismo y lo que sienten y recuerdan no es lo que han vivido”…
¿La memoria Sr.?
RP: Yo tengo un diario. Son muchos cuadernos, a veces leo al azar, que sé yo, un año, y a veces encuentro cosas inesperadas que no recordaba y que eran muy importantes cuando yo las vivía por lo que se vé en el diario, pero yo no las recuerdo. Y cosas que para mí han dejado una marca importantísima no están en el diario. Así que cuando las viví no me di cuenta que eran importantes (suelta una carcajada).
Esta situación, qué es lo realmente uno vivió, sería la pregunta que me interesa a mí. ¿Qué es lo que realmente uno vivió de su propia vida…Pregunta kafkiana… (ríe).
También es hablar de lo que uno ya no es, de la muerte…
(Algo quiso que yo me retirara un poco de ese sitio, al menos en pensamiento y dedicara ese día a pensar en todas mis desmemorias. En mis muertecitas)
La charla duró casi cuarenta minutos. ‘Ya voy a terminar, disculpe, es que tengo muchas cosas y no sé cuándo lo volveré a ver’. Piglia decía cosas lindas, como ‘qué va, si nos la estamos pasando muy bien’ y ‘otra pregunta más’, después de haber cantado ‘ora sí, la última’ desde hace más de cinco minutos.
Hablamos de cómics, de guionistas (me llevo el gusto a la tumba de compartir guionista favorito,
David W. Peoples), de revistas independientes, de Macedonio Fernández, de José Emilio Pacheco, del cuento como género ortodoxo, de cómo publicar una primera novela, de la figura de la mujer-copista/musa, de la figura de la mujer escritora, de las lecturas de este siglo.
Phillip K. Dick, la ciencia ficción, los dibujantes de tiras cómicas, las microdecisiones políticas de las que trata la novela negra.
Cosas que le interesan al joven este que ya no tan joven but who’s counting nació en Androgué, Argentina en el año 40 del siglo pasado y que ayer habló conmigo con un rulo desencajado molestándole sobre la cara.
Me hubiera gustado despedirme, ‘Adiós, pelos de lechuga, me hiciste el mes’. En cambio salí de allí con un ‘hasta pronto’ borracha de placer.

3 thoughts on “Los muertos y la memoria

  1. Suertuda.

    No sé si te odio o te quiero o las dos cosas o todo lo contrario.

    Ojalá te suicides de tanto placer. Jejeje.

    Esas son las pocas buenas cosas de ser periodista. Aaah, a veces me entra la nostalgia.

    Enhorabuena.

    Guillermo

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