Pa’ su mecha

Qué oloricito tan cabrón el de la muerte. Ahí va la dueña de mi perro caminando por un paraje solitario sin fijarse en el camino porque viene leyendo a José Luis Zárate. Zárate viene platicando de Jack el destripador porque así es ese escritor, escoge los mejores temas. Y la que va caminando recibe oleadas dulzonas de animal muerto. Ni un alma. El sonido de la electricidad en los cables de alta tensión: peculiar música de la ciudad. Por ahí, sueltos los gritos de los niños o de los viejos, ya no sé. El perro levanta las orejas de vez en cuando. La grava suelta resbala. Leo:
“Un instante del cual nadie está a salvo. El encuentro con una muerte sin sentido ni piedad, una noche cualquiera que puede transformarse en la última. El encuentro incomprensiblemente íntimo con el asesino, es una pesadilla recurrente en nuestra sociedad. Después de todo, el gran atractivo de las ciudades son las posibilidades que encuerra. Siempre puede uno conocer a gente interesante.”

Sirenas que se apagan. Dos patrullas y cuatro polis uniformados me ven con recelo. Están fuera de su elemento, en un gran parque sin casas alrededor, un paraje olvidado del sur sur de la Ciudad de México. Qué chistosos se ven los polis en el pasto. Bajan apurados, como si estuvieran buscando algo.
Mi perro se pone nervioso.
“¿Cuánto tiempo se tarda en morir? ¿Qué frases, qué oración puede susurrar el asesino en esos instantes?”

¿Y si el olor dulzón no proviene de un animal?

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