Dead serious

Es presumido, arrongante y mañoso, pero hoy tengo que hablar del personaje que vive en mi. La morbidez es el fantasma que recorre mis obsesiones.

Pienso en muerte como se piensa en agua, como se piensa en amor. Pienso en muerte y hablo de sexo. El sexo revelado en mi fijación por el cuerpo masculino, las situaciones sexuales gráficas que describo a todo detalle para provocar. El sexo, las nalguitas de los hombres, un par de piernas peludas y poderosas son el único antídoto posible para una infancia mórbida, curiosamente previsora: yo era una niña que pensaba en la muerte antes de que ésta aplastara mi adolescencia con toda su liviandad.

Ayer, durante una reunión con amigas (y uno que otro amigo que sólo podía callar ante el poder comunicativo de las féminas) tuve un acercamiento con otro tipo de muerte: la muerte imaginada.

Una es la que te sucederá tarde o temprano, tu cuerpo putrefacto, el ser humano que fuiste dejará de existir. Ausencia, desecho. Objetos personales que dejan de ser útiles o entrañables para volverse ridículos. Un perro sin dueño y algunas deudas en el banco.

Otra muy distinta es la muerte fascinada, el misterio que nos ocupa las tardes desde que vivíamos en cuevas… ¿qué será de mí cuando esto llegue? los que ya se fueron, ¿podrán volver?

Una amiga dijo que “sentía” una presencia en mi casa “es un hombre fuerte, la presencia es buena y está en el cubo de las escaleras” Ah cabrón. Pues sí, ehhh, puta, qué le digo… pues sí, ha de ser mi papá.

“Baja a la sala jefetrónico, vente a departir con nosotros”, dije, como para calmar los miedos que ya veía en todas las caruchas presentes. Fue inútil. Al transcurrir de los minutos, el asunto se salió de proporción..

Nuestra “médium” fue pasando de un leve estado de ensimismamiento al llanto casi histérico. Decía “ya por favor, déjenme en paz” (mi espiritu juguetón pensó en Haley Joel Osment y hasta estuve a punto de lanzarla… she sees dead people) pero el ambiente ya estaba más allá del humor. Con los ojos medio cerrados y cortando las frases, mi amiga mencionaba elementos que “mi papá” le pedía que me recordara: un viaje, un gato, la música, una sopa.
¿Una sopa? Mmmh. Sopa sopa sopa sopa. Ah si, la sopa le gustaba a mi papá, pero no me acuerdo bien qué sopa.
Un gato, un viaje, un momento en el que estuvieron juntos, dice que te acuerdes, que está orgulloso de ti. Y lloraba la amiga.

Yo tengo un lugar –que por cierto le debo a él, a mi padre ingeniero– de completa incredulidad. Si quiero puedo dejar de creer. Si quiero, todo esto me puede parecer un truco de la psique. Si quiero invoco a Freud o a Lacan o a Kant.

Lo doloroso es que ayer no estaba segura de querer.

No sé si hubiera sido lindo o completamente cruel que el episodio de ayer fuera verdad.

Yo me quedo conmigo, con la única certeza de que en este mundo no hay certezas y que el episodio pudo significar cualquier cosa: una crisis colectiva, un nubarrón en nuestro juicio, una llamada de larga distancia.

Cuando se fueron todos estaba oscuro y al subir por las escaleras pensé que iba a sentir miedo, pero no fue así.

Ayer me di cuenta de que este personaje que vive en mi se siente completamente cómodo en su morbidez.

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