Fetiche

Para escribir necesito estar sola. Es mi único fetiche. Pero depende de lo que uno escriba.
El cuento por ejemplo es como un rapidín: basta con que te encierres en un cuarto, aunque algún familiar deambule por ahí.
Una colaboración periodística, en cambio, se parece más a una orgía. Puedes llamar a tus amigos, comer entre párrafos y hasta quedarte dormido. Como en el sexo grupal, hay que ser cuidadoso para no distraerse con la música o algún diseño de las sábanas porque se te va la inspiración y no te la regresa ni tu editor.
Casi no escribo poesía pero sé que hay que visitarla como a un amante experimentado. Se le respeta, se toma una copa antes de follar con ella.
Para escribir teatro debo sentir rabia.
El guión es como estar con tu novio de toda la vida. Sexito bonito, pues. Tienes confianza, pides lo que quieres, sabes cómo obtener tu orgasmo.

En Letras Libres edición española aparece una nota de Ricardo Bada con algunos fetiches:

“Una poeta entonces joven me decía, en Hamburgo, 1986, que para escribir ella necesitaba estar completamente desnuda. Luego se ha dedicado a la prosa, y con éxito al menos comercial, así es que supongo que entretanto escribe ya en bikini.

Recordé también que un poeta ya algo maduro, asimismo en Hamburgo, 1986, me contó que él tenía en su despacho tres mesas de trabajo, cada una de ellas junto a una pared distinta de las cuatro de la habitación: una para la poesía, otra para la prosa, la tercera para su trabajo como profesor universitario; y que nunca, pero nunca, nunca, se producían canjes entre las distintas personas que se sentaban a cada una de esas tres mesas.

Y me acordé finalmente de una narradora brasileña, en São Paulo, 1987, que a mi pregunta directa por el fetiche sine qua non me contestó que ella no podía escribir sin una cabeza de ajo algo pasado encima de su escritorio.

Resuelto, pues, a ampliar mis conocimientos sobre el tema, consulté con una docena de amigos escritores, nueve de los cuales se avinieron a revelarme su fetiche:

Ana Istarú (Costa Rica): Sólo puedo escribir de noche, las más de las veces a altas horas de la noche, ojalá completamente sola, y en forma peripatética: camino obsesivamente por el cuarto y el balcón, si es prosa o teatro. Si es poesía, me resulta sacrílego e imposible caminar. A menudo tomo algo de cognac, o amaretto.

Héctor Abad Faciolince (Colombia): Rituales o supersticiones o apoyos para poder escribir, yo también tengo uno: escribir siempre dos cosas al mismo tiempo. Si son cuentos, dos cuentos; si novelas, dos novelas; si poemas, dos poemas. Lo importante es que tengan un tono completamente distinto, incluso opuesto, en la medida de lo posible.

Helena Araújo (Colombia): Mi fetiche (te vas a morir de risa) es mi vieja máquina de escribir, descendiente, claro está, de otra vieja máquina de escribir (que descarté en 1986 cuando me gané suficiente dinero –enseñando en California un semestre– como para reemplazarla); descendiente, claro está, de una pequeña portátil que me regaló un devoto amigo en Bogotá;

Leonardo Padura (Cuba): Mis fetiches: una caja de Populares [cigarrillos cubanos], unos diccionarios al alcance de la mano, mis perros cerca y, sobre todo, el sitio: Cuba, La Habana, Mantilla, mi casa, el fetiche principal.

Carmen Boullosa (México): Fetiche: mi cama, fuera de la cama no puedo empezar a escribir. Un café decente. Las dos cosas juntas e intimidad.

3 thoughts on “Fetiche

  1. También existe siempre la opción de no escribir más y simplemente emprender el vuelo hacia la desaparición. Aunque entiendo (y aplaudo) las ganas de seguir pegándole al teclado.
    M

  2. una vez un amigo me dijo: “cómo puedes hacer eso?” yo nomás no puedo escribir sin música. rocanrol en mi iPod o compu.

  3. Qué curioso. Acabo de descubrir que se me facilita escribir si sudo. Por lo cual, en las noches calurosas, produzco un ochenta por ciento más que cuando hace frío. Y el porcentaje se acrecenta si tomo café, pongo una luz amarilla cerca, y uso dos playeras y una sudadera con gorro. La próxima semana, antes del cierre de las becas, iré por una chamarra y un pantalón de cuero.

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