Baad girl, baaad girl.

Recién hacíamos un capítulo de sitcom. Somos cuatro en el equipo y a todos nos dan risa cosas distintas. ¿Cómo escribes un chiste con alguien que casi no conoces?

El sentido del humor es de esas cosas de la personalidad por donde se te sale el monstruo.

Yo decía un diálogo y los otros tres volteaban asustados.
“¡Ira, qué crueeel!”.
Ooops.
Lo peor es que no pude detenerme.

Para la mitad del capítulo me empecé a reir de mis compañeros. Uno acababa de cortar con su novia y yo propuse que ese fuera también la tragedia del personaje. Nos divertimos de lo lindo haciendo que el pobre esperara una llamada, diera vueltas alrededor del teléfono, preguntara “discretamente” por su exnovia a sus amigos mutuos; todas esas cosas que duelen un chingo cuando te pasan.

Metimos a todo el clan: el tarado que pregunta sandeces, el neurótico, el gandalla, la gorda que pide de tragar, el urgido de sexo, el naco.

Ah qué bonito es reírse del otro.

Hay que ser un mula (diría mi mamá) para escribir comedia.

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