Sin poesía en la sangre

(Fotografía de Fernando Montiel, exhibiéndose en el Centro de la Imagen, Plaza de la Ciudadela 2, Centro Histórico, México D.F. )

Ayer lo ví. Era casi el mismo, con su nariz Priegosa y unos pantos cholescos que me sorprendieron porque le quedaban menos flojitos que de costumbre. Es el que está allí arriba en la foto enseñando el pecho y la recién encontrada pancilla. Aún con esa panza (y quizás por esa panza) cada vez me parece más entrañable.

La invitación por Gmail decía “Venga a ver al freak” y cuando apareció en la bandeja de entrada me propinó una veleidosa sonrisa en el alma. Casi me da rabia cómo se mete en mi ánimo. “Este no es un amigo, pensé, es un amor ventoso.”

Como cuates, hemos perdido lo que se llora en las graduaciones de preparatoria: el permiso.
Hay un halo de perversa intimidad entre dos amigos que no necesitan pedirse permiso para caer en la casa del otro a cualquier hora. Aquellos que no requieren una hoja sellada por triplicado para aventarse palomitas en una sala de cine o para hacerse reír hasta quedar enfermos del estómago.

No hablo de sexo, ni de pasión, ni de un pueril crush en la otra persona. Sucede entre machines con nulo deseo de calarse el uno al otro; y entre mujeres a las que les molesta ir al baño juntas. Sucede con dos o tres personas en tu vida. No más. Y la vida no se anda fijando si esta persona es hombre, mujer o quimera.

El caso es que fui a la exposición. Tomé unas cervezas con mi amigo y su novia. Platicamos. Mi novio me miraba con sus ojos de “te comprendo, tómate tu tiempo” y yo se lo agradecí como nunca. La noche hubiera sido perfecta de no habernos encontrado al pobre alcohólico con el que solía acostarme. En fin, el alcohólico se fue, pero mi recuerdo del Chucky –del binomio Chucky/Güerilla realizando un último viaje a Cuernavaca hace exactamente seis años– ese empezó a doler.

***

Era julio. Nunca recuerdo las fechas de los días con un sólo dígito. Para mi es casi lo mismo dos que cuatro que siete que nueve.

Pero era el mes de julio y era 2000. El año nuevo me había pasado encima (tenía el corazón apenas detenido por un par de clavitos y un poco de plastilina epóxica) y en esa época lo único que me hacía feliz era oír música y ver películas en una VHS vieja con la Rodriga. Un buen día me avisó que se iba a vivir a Cuerna y nos pusimos contentos porque ahora íbamos a ver pelis en un lugar caluroso y no húmedo como su cuarto.

Así de bobos éramos.

Hicimos dos o tres viajes de mudanza. El último lo hicimos el día en que Fox ganó las elecciones.

Un poco antes de dirigirnos hacia la carretera de cuota vía Insurgentes, pasamos por la casa de la que pronto pasaría al terreno de las exes. Era una menudita nalgona, con ojos como de borreguita de peluche. Estaba linda, pero era muy escandalosa y (como la mayoría de sus mujeres) ya empezaba a engorilarse por mi amistad con él. La borreguis tendrá ahora sus añitos y me intriga saber por quién votará a seis años de su primer hoyo en la credencial de elector, pero ese fin de semana, ella había votado por Fox. Argumentaba el voto útil, la capacidad de Fox para llevar una empresa –la gran Coca Cola–, su simpatía (sic) y su sinceridad (sic sic sickness).

Ay borreguis, cuántos conceptos habrás repensado en estos seis años.

La diferencia de edades (yo era la más añosa en ésa recámara) era desastroza para fines electorales. Borreguis era un bebé cuando el fraude del 88 y usaba pañales cuando esta ciudad se forjó cómo ciudad –en el terremoto del 85.

Yo también era una escuincla (ok no tanto), pero intuía lo que un gobierno de derecha podía amputarle al sector cultural, el único que me importaba en ese momento. (Y pensándolo bien, casi el único que me importa ahora).

Borreguis, amiga de borreguis, Rodro y yo discutimos sobre la utilidad del voto; sobre “la supuesta mejor forma de gobierno” (la rimbombante y mediocrona democracia); sobre nuestras opciones.

Hace seis años tampoco teníamos ninguna.

Después de dos o tres trifulcas dizque de adultos pensantes, nos hicimos a la mar o al camino curviento, pues. El Chucky decía “pase lo que pase, este día es histórico”. Yo asentía, aunque no sé si nos referíamos a la misma clase de historicismo.

Creo que allí empecé a ver la política de otra manera.

Pensé lo que a nuestras vidas había hecho ya el PRI y sus mañas: la Chucka se iba resultado de la mega huelga en la UNAM y la falta de opciones para seguir estudiando. O resultado del resultado del resultado de la falta de opciones para muchas cosas en su vida que se unían en el punto álgido de la mega estúpida huelga que duró casi diez meses en la Universidad pública más importante de Latinoamérica.

Me cayó el veinte de que ninguna decisión personal es completamente apolítica, por más alejado que te encuentres de esos terrenales temas.

El tipo de arte que realizas, los temas que escoges para tus tesis, las becas a las que aplicas, los títulos de los cómics que publicas, la luz que escoges para tus fotografías, las bandas que prefieres escuchar; hasta el color del Ipod que llevas en la mochila en la que metes tus vinyles (ok, el color no, pero no me digan que tener un IPod no es una decisión política).

Llovía. (De veras llovía, no le estoy haciendo al Snoopy). Íbamos por Tres Marías cuando escuchamos al locutor de AM: “Este es un momento histórico. Setenta años de régimen príista han terminado por fin”.
Fox estaba muy contento porque además era, creo, su cumpleaños.

No mames, no mames, no mames, no mames.

“Se terminó el PRI, Ira”, me dijo.

“Se terminaron muchas cosas, Chuck. Qué lástima que mis papás no vivieron para ver cómo se terminaba todo”.

Me tomó de la mano que estaba en la palanca de velocidades y nos quedamos muy callados hasta llegar a nuestro destino.

***
Ayer que nos despedíamos mi adorado amigo me dijo:
“Tengo miedo, otra vez tengo miedo de lo que pase el domingo”.
“Yo también, Chuck. Yo también”.

3 thoughts on “Sin poesía en la sangre

  1. que buen post manis. Me reí, volví a reirme, me acordé del terror de hace 6 años y la cantidad de amigos lobotimizados que alegaban lo mismo que la borreguis, me senté como polizón en ese coche a cuernavaca y algo se me iluminó con esas silenciosas manos sobre la palanca (sin albur).
    A ver cómo nos va el domingo.

  2. ¿Qué te digo Ira? si en el ánimo de querer decirte algo se me atraganta el coraje de ver que no muchas cosas han cambiado desde tu 2 de julio del dos mil. A saber cuántas personas, como la borreguis, se dejaron borreguear ahora, a saber si vamos a tener los huevos de defender lo que todavía, ahora, parece defendible.
    Pienso en todas las cosas que se le pueden atribuir al miedo, a la jodida condición del conquistado, pero ninguna me aterra más como el montón de utopías aplazadas que se ciernen sobre nosotros.
    Yo, idealista y pendeja como siempre, sigo creyendo en los imposibles, son un hábito añejo, ves? pero si, seamos realistas, pidamos lo imposible.
    Un abrazo.

  3. Polé, mi adorada Polish. Gracias por tus hermosas polizonteadas en mis recuerdos. Eras bienvenida de todas formas.

    Michelle, pasé por tu blog, leí, respeté. Respeté mucho.

    Agradezco profundamente las luces que derramas en el mío; sobre todo se agradece tu rabia. Ah cómo es rico saber que no se enoja uno sola.

    Yo también soy idealista y creo que lo imposible nomás es más tardado que lo difícil, pero acaba por llegar.

    Un abrazo a las dos. (Tal vez no sea coincidencia que en este post melancólico rabioso las que hayan comentado sean mujeres).

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