Comentarios

Luego me sorprendo contando anécdotas en los comentarios de otros blogs virtualmente desconocidos; cosas que no le he contado ni a mi propio blog.

Cosas como ésta:

“Justo en el Bar Milán unos minutos antes de que nos corrieran (ya sonaba la de Topo Gigio) un tipo se metió por arriba de la puerta del compartimento del baño de mujeres para sorprenderme meando.
Lo saqué a madrazos, lo tomé del cuello y lo tire al piso. (No sin antes mojar mis chones, por cierto) Le dí de patadas en el piso hasta que pudo pararse y salir corriendo.
Los de seguridad no se metieron porque pensaron que era mi novio.
Ja.
No sé porqué me puse tan violenta, creo que me cayó mal que no respetara la sequedad de mis calzones.”

En serio lo hice, me salió el Johnny Rotten que todos traemos dentro, pero me daba pena confesarlo acá. Pienso que es una visión extraña siendo yo una mujercilla de 1.58, con cara de chiste melancólico y mal desarrollados músculos. Yo, pateando a un hombre de 1.80 en el piso.

Odio la violencia, pero el blog Diálogos Bizarros me recordó que cuando me provocan io sonno una bitch.

Tenía que entregar ayer

A veces me piden que escriba algo y secretamente digo que “no” pero abiertamente digo que “si” y hasta pongo fecha.

Me pongo enfrente de la compu y me deprimo. Son tarugadas, hasta el editor sabe que son tarugadas, pero no se le ocurre algo mejor para encargarme.

Otras veces no le puedo ordenar a mis dedos que empiecen a teclear por razones estúpidamente freudianas. Eso es aún peor y mucho más paralizante:

“No tengo resuelto ese tema, me angustia, me pierde, me duele. ¿Cómo pretenden que escriba de eso? ¡Páguenme un terapeuta!”. (Je je).

Se supone que un buen periodista se puede echar cualquier trompo a la uña. A lo mejor no soy tan buena periodista.

Me importa más hacer lo que me da la gana. Ojalá pagaran por eso.