Robert Fisk

Hasta en los perros hay razas. Si algún día decidiera ser periodista, (and I mean if) intentaría parecerme a éste señor.

Lo haría a pesar de su lista de detractores famosos (incluyendo al actor John Malkovich); a pesar de que tiende a radicalizar sus posturas y de que no cree en el ‘poder’ de la world wide web como fuente confiable de información. A él le gusta estar “allí” mero, como se puede apreciar en la foto.

A pesar de ello, esa es la raza a la que me gustaría pertenecer.

(Creo que por eso no escogí esa profesión. Ja. )

Ok, no más bromas.

Lo que sigue es una crónica algo larga para un blog, (en Word son seis cuartillas), pero gracias a la acertada traducción de Jorge Anaya y sobre todo al permiso que se da Fisk de hacer poesía en algunos párrafos, se va como capuchino en primera cita.

La crónica apareció hace unos días en el diario británico The Independent.

A la fecha no he leído nada tan claro (y hermoso) sobre los ataques a Beirut. Fisk es un experto en sazonar sus crónicas con detalles históricos, seguramente convencido de que la luz del presente proviene siempre del pasado.

Que lo disfruten.


Beirut, condenada a morir una y otra vez

Queda claro que el objetivo de la venganza israelí es acabar con la ciudad

ROBERT FISK THE INDEPENDENT

Beirut, 18 de julio. El año 551, la esplendorosa y rica ciudad de
Bertius, cuartel de la flota imperial romana en el oriente del
Mediterráneo, fue sacudida por un tremendo terremoto. El mar se
replegó varios kilómetros y los sobrevivientes, antepasados de los
libaneses actuales, caminaron sobre la arena para saquear barcos
mercantes hundidos desde hacía tiempo, que ahora se revelaban a sus
ojos. Y entonces, un muro acuático más alto que un tsunami regresó
para sepultar la ciudad y matar a casi todos. Tan terrible daño sufrió
la antigua Beirut, que el emperador Justiniano envió oro de
Constantinopla en compensación para cada familia que quedó.

Algunas ciudades parecen sufrir una condena eterna. Cuando los
cruzados llegaron a Beirut de camino a Jerusalén, en el siglo XI,
dieron muerte a todo hombre, mujer y niño en la ciudad. En la Primera
Guerra Mundial, la Beirut otomana padeció una hambruna terrible; el
ejército turco había decomisado todo el grano y las potencias aliadas
tenían bloqueada la costa. Aún poseo algunas viejas postales que
compré aquí hace 30 años, de niños flacos como varas, parados frente a
un orfanato, desnudos y abandonados.

Una estadunidense que vivía aquí en 1916 describió cómo “pasaba al
lado de mujeres y niños que yacían a la vera del camino con los ojos
cerrados y rostros de palidez fantasmal. Era común encontrar gente
rebuscando en la basura cáscaras de naranja, viejos huesos y otros
desperdicios que devoraba con fruición al encontrarlos. Por todos
lados se veían mujeres buscando hierbas comestibles entre el pasto de
los campos…”

¿Cómo le pasa esto a Beirut? Durante 30 años he observado a este lugar
perecer, levantarse de la tumba y volver a morir, con sus edificios de
departamentos tan salpicados de agujeros de bala que parecen de
encaje, y sus moradores matándose entre sí.

Viví aquí 15 años de una guerra civil que cobró 150 mil vidas, así
como dos invasiones y años de bombardeos por parte de Israel que
costaron la vida a otros 20 mil de sus habitantes. Los he visto sin
brazos, sin piernas, acuchillados, bombardeados y salpicados sobre los
muros de las casas. Y sin embargo son personas excelentes, educadas,
cuya generosidad asombra a todo extranjero, cuya gentileza avergüenza
a cualquier occidental, y cuyo sufrimiento casi siempre hemos
olvidado.

Los pobladores de Beirut son parecidos a nosotros los europeos. Tienen
la piel clara y hablan bellamente el inglés y el francés. Viajan por
el mundo; sus mujeres son glamorosas, y su comida, exquisita. Pero,
¿qué decimos de su destino este día, cuando los israelíes -en algunos
de sus ataques más crueles a esta ciudad y al campo circundante- los
arrancan de sus hogares, les lanzan bombas cuando van cruzando puentes
sobre ríos, les cortan el suministro de comida y electricidad? Decimos
que ellos comenzaron esta guerra, y comparamos sus espantosas bajas
-en total 240 en todo Líbano hasta la noche de este martes- con los 24
muertos en Israel, como si las cifras fueran iguales.

Y luego, lo más vergonzoso: los abandonamos a su destino como si
fueran un pueblo infectado y empleamos el tiempo en desalojar a
nuestros preciosos extranjeros mientras fruncimos un poquito el ceño
ante la “desproporcionada” respuesta de Israel a la captura de sus
soldados por Hezbollah.

Este martes caminé por el desierto centro de Beirut y me recordó más
que nunca un gran estudio cinematográfico, un lugar de sueños
demasiado hermosos para durar, un fénix resurgido de las cenizas de
una guerra civil con plumaje tan refulgente que cegó a su propio
pueblo. Esta parte de la ciudad -alguna vez una Dresde en ruinas- fue
reconstruida por Rafiq Hariri, el primer ministro asesinado apenas a
kilómetro y medio de allí, el 14 de febrero del año pasado.

La devastación de aquel estallido de bomba -terrible precursor de la
guerra actual, en la cual el legado de Hariri es objeto del vandalismo
israelí- aún se ve al lado del Mediterráneo, en espera de que el
último investigador de la ONU busque pistas del asesinato… un
investigador que hace mucho abandonó esta ciudad sitiada para
refugiarse en Chipre.

En el vacío restaurante Etoile -los mejores mariscos y el mejor
capuchino de Beirut, donde Hariri alguna vez invitó a comer a Jacques
Chirac-, me senté en la banqueta y observé a la guardia parlamentaria
patrullando aún la fachada del emporio de construcción francesa que
alberga lo que queda de la democracia en Líbano. Muchas de estas
calles fueron construidas por parisienses en tiempos del mandato
francés y han sido restauradas con gusto exquisito, engalanando sus
umbrales de imitación árabe con columnas romanas cavadas de la antigua
Vía Máxima, que se yergue a unos metros.

Hariri amaba este lugar y cierto día, al invitarle una cerveza a
Chirac, vio que estaba yo sentado a una mesa. “¡Ah, Robert, ven acá!”
rugió, y luego se volvió hacia Chirac como un gato a punto de
engullirse un canario. “Quiero presentarte, Jacques, al reportero que
dijo que yo no podría reconstruir Beirut.”

Y ahora están volviendo a destruirla. El Aeropuerto Internacional
Mártir Rafiq Hariri ha sido atacado tres veces por los israelíes; sus
relucientes pasillos y tiendas de lujo vibran cuando los misiles se
estrellan en las pistas y las estaciones de recarga de combustible. El
espléndido viaducto trasnacional de Hariri ha sido derruido por los
bombarderos. La mayoría de los puentes de su autopista han sido
arrasados. El faro de estilo romano fue derribado por un misil lanzado
desde un helicóptero Apache. Sólo esta pequeña gema de restaurante en
el centro de la ciudad se ha salvado. Hasta ahora.

Son los barrios pobres de Haret Hreik, Gobeiri y Shiya los que han
sido reducidos a escombros, enviando a un cuarto de millón de
musulmanes chiítas a buscar refugio en escuelas y parques abandonados
en toda la ciudad. Allí, cierto, estaba el cuartel de Hezbollah, otro
de esos “centros del terror mundial” que Occidente sigue descubriendo
en tierras musulmanas. Allí vivían Sayed Hassan Nasrallah, líder del
Partido de Dios, hombre despiadado, cáustico y calculador, y Sayad
Mohamed Fadlallah, uno de los clérigos más sabios y elocuentes, así
como muchos de los principales planeadores militares de Hezbollah,
entre ellos, sin duda, los que prepararon durante muchos meses la
captura de los dos soldados israelíes el miércoles pasado.

Pero ¿acaso las decenas de miles de pobres que viven aquí merecían
este castigo en masa? Tratándose de un país que presume de su
precisión milimétrica -noción dudosa en cualquier caso, pero no se
trata de eso ahora-, ¿qué nos dice de Israel este acto de destrucción?
¿O de nosotros mismos? En un edificio moderno de la zona hasta hoy
indemne de Beirut, me topo por casualidad con una prominente figura de
Hezbollah, de camisa blanca sin corbata, traje oscuro y zapatos
impecables. “Si es necesario continuaremos durante días, semanas,
meses o…”, y lleva esas espantosas estadísticas con los dedos de la
mano izquierda. “Créame, tenemos sorpresas aún más grandes para los
israelíes, mucho más grandes, ya lo verá. Luego nos darán a nuestros
prisioneros y sólo harán falta unas cuantas pequeñas concesiones.”

Al salir, siento como si me hubieran golpeado en la cabeza. En el muro
de enfrente hay una buganvillia morada, un jazmín blanco y un mazo de
gardenias. Los libaneses aman las flores, su color y aroma, y Beirut
está tapizada de árboles y arbustos que huelen a paraíso.

En cuanto a las masas apretujadas que han huido de los escombros de
los barrios pobres de Haret Hreik, en el sur, este martes encontré
cientos de personas sentadas bajo los árboles o tendidas en la hierba
rala detrás de una antigua fuente donada a la ciudad por el sultán
otomano Abdul-Hamid. Cómo caen los imperios.

Muy lejos, sobre el Mediterráneo, se pueden ver dos helicópteros
estadunidenses salidos del barco de combate Iwo Jima, que cruzan entre
la bruma y el humo hacia el complejo fortificado de su embajada en
Akwar, para evacuar más ciudadanos del Imperio estadunidense. Un
imperio del que no salió una sola palabra para ayudar a los pobladores
acostados en el parque, para ofrecerles comida o auxilio médico.

Y sobre todos ellos se extiende un humo gris oscuro que va cubriendo
la ciudad entera, a medida que los incendios de las terminales
petroleras y los edificios se transforman en un coctel de aire
sulfuroso que se infiltra bajo nuestras puertas y a través de nuestras
ventanas. Lo huelo al despertar por las mañanas. La mitad de la gente
de Beirut tose en esta suciedad, respirando su propia destrucción
mientras contempla a sus muertos.

La rabia que cualquier alma humana debe sentir ante tal sufrimiento y
privación fue bien expresada por el más grande poeta libanés, el
místico Jalil Gibrán, al escribir sobre el medio millón de sus
compatriotas que perecieron en la hambruna de 1916, la mayoría
residentes de Beirut:

Mi pueblo murió de hambre,
y quien no murió de hambre
fue asesinado con la espada.

Murieron de hambre
En una tierra rica en leche y miel.

Murieron porque las víboras
Y los hijos de las víboras
escupieron veneno en el espacio
donde los Cedros Sagrados y las rosas
y los jazmines rezuman su fragancia.

Y la espada sigue abriéndose paso a través de Beirut. Cuando parte de
un avión -tal vez la punta del ala de un F-16 alcanzado por un misil,
aunque los israelíes lo niegan- descendió como rayo sobre los
suburbios del este, el fin de semana, corrí al lugar del impacto y
encontré un conductor parcialmente decapitado en su auto y tres
soldados de una unidad de logística del ejército libanés. Estos son
los curtidos y valientes soldados no combatientes de Kfar Chim, que en
estos seis días han estado reparando ductos de agua potable y
electricidad para mantener a Beirut con vida.

Uno de ellos me reconoció. “¡Hola, Robert! Apúrese porque creo que los
israelíes van a volver a bombardear, pero le enseñaremos todo lo que
podamos.” Y me hicieron cruzar las llamas para mostrarme lo que podían
de la devastación, rodeándome para protegerme.

Y unas horas después, en efecto, los israelíes volvieron, cuando los
hombres de la pequeña unidad logística se habían ido a dormir.
Bombardearon el cuartel y mataron a 11 soldados, entre ellos aquellos
tres hombres nobles que me cuidaron entre las llamas en Kfar Chim.

¿Y por qué? No lo duden: los israelíes sabían lo que atacaban. Por eso
mataron a nueve soldados cerca de Trípoli cuando bombardearon las
antenas de la radio militar. Pero, ¿una unidad de logística? ¿Hombres
cuyo único trabajo era reparar ductos de electricidad?

Y de pronto me doy cuenta. Beirut debe morir. Debe ser privada de
electricidad ahora que la estación de energía en Jiyeh está en llamas.
A nadie se le permitirá mantener con vida esta ciudad. Por eso había
que liquidar a esos pobres hombres.

Los beirutíes son gente correosa, que no huye con facilidad. Pero al
final de la semana pasada muchos quedaron agobiados al ver en sus
periódicos la foto de una niña, descartada como una flor marchita, en
un campo cercano a Ter Harfa, con los pies apoyados en los talones, la
mano exangüe sobre el roto piyama azul, y los ojos -bajo el largo
cabello- cerrados, vueltos hacia el lado opuesto de la cámara. Había
sido otro blanco “terrorista” de Israel, y varias personas, yo entre
ellas, vimos una aterradora similitud entre esa imagen y la fotografía
de una niña polaca que yacía muerta en un campo junto a su hermana,
que lloraba, en 1939.

Me dirijo a casa y hurgo en mis archivos, en busca de fotos de la
invasión israelí de 1982. Hay más imágenes de niños muertos, de
puentes destrozados. “Los israelíes amenazan con invadir Beirut”,
proclama un titular. “Represalia israelí.” “Líbano en guerra.”
“Beirut, bajo sitio.” “Masacre en Sabra y Chatila.”

Sí, con qué facilidad olvidamos aquellas matanzas. Hasta mil 700
palestinos fueron masacrados en Sabra y Chatila por milicianos
cristianos aliados de Tel Aviv mientras soldados israelíes -según
atestiguaron ellos mismos ante un tribunal inquisidor de su país-
observaban la matanza. Dejé de contar los cadáveres cuando llegaron a
100. Muchas de las mujeres habían sido violadas antes de pasarlas a
cuchillo o rematarlas a tiros.

Sin embargo, la semana pasada, cuando me alejaba del sitio del
bombardeo en Ghobeiri con mi chofer, Abed, pasamos por la entrada de
ese campamento, en el preciso lugar donde vi a los primeros palestinos
asesinados. Y no pensamos en ellos. No nos acordamos de ellos. Había
muertos en Beirut y tratábamos de conservarnos con vida en la ciudad,
como lo he hecho durante 30 años.

Cuando vuelvo a la costa suena mi teléfono celular. Es una mujer
israelí que llama desde Estados Unidos, autora de una excelente novela
sobre los palestinos. “Robert, por favor cuídate”, dice. “Me siento
terrible por lo que les hacen a los libaneses. Es imperdonable. Ruego
a Dios por los libaneses, y por los palestinos, y por los israelíes.”

Le agradezco su consideración y la forma graciosa y generosa en que
condena esta matanza. Luego, en mi balcón -una mirada para verificar
la ubicación de la lancha de guerra israelí, muy lejos entre el esmog
marino-, encuentro recortes más antiguos. Este es de un periódico
inglés de 1840, cuando Beirut era una gran ciudad otomana: “Beyrouth
-dice-. La anarquía está hoy a la orden del día, nuestra seguridad
personal y nuestros bienes están en peligro, no se puede obtener
satisfacción, y se cometen crímenes con impunidad. Varios europeos han
abandonado sus casas y suspendido sus asuntos, con el fin de encontrar
protección en países más pacíficos”.

Recuerdo que en la pared del comedor tengo una litografía pintada a
mano de soldados franceses a su llegada a Beirut, en 1842, para
proteger a los cristianos maronitas de los drusos. Acampan en el
Jardin des Pins, que más tarde albergó la embajada francesa, donde
hace apenas unas horas vi a hombres y mujeres franceses registrándose
para la evacuación. Y, fuera de la ventana, escucho de nuevo el
susurro de los jets israelíes, ocultos bajo el humo que ya se adentra
30 kilómetros en el mar.

Fairouz, la más popular de las cantantes libanesas, iba a presentarse
este año en el festival Baalbek, hoy cancelado como todos los
festivales de música, danza, teatro y pintura en la capital. Una de
sus canciones más populares está dedicada a su ciudad natal:

A Beirut, paz a Beirut con todo mi corazón.
Y besos, al mar y a las nubes,
a esta roca de ciudad que parece la cara de un viejo marinero.
Del alma de su pueblo hace vino;
con su sudor elabora pan y jazmín.
Y entonces, ¿por qué hoy sabe a humo y fuego?

(c) The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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