Te vamos a extrañar, Plutón

Nos lo mandaron al diablo por mísero y errático.

A mí me caía bien Plutón. Era uno de esos planetas helados en los que imaginaba mis historias de ciencia ficción en la adolescencia. Estaba lejos y era casi una piedra fría; la humanidad de los personajes en un ambiente tan hostil salía más fácil. De más pequeña, en la primaria, pensaba que alguien había formulado una broma al ponerle ese nombre al último planeta.
¿Cómo Plutón? Parece un adjetivo. Me hacía gracia la palabra, pues.

La influencia de Plutón en astrología tiene que ver con las transformaciones. Sobre todo con la muerte:

“Plutón significa transformación. Es decir, la eliminación de lo no necesario para posibilitar un cambio fundamental (pasar de una forma a otra); la fuerza motivadora que busca y produce este cambio.

De todos los planetas, Plutón es quizá el más difícil de entender, lo que no debe sorprender, ya que el paso desde un planeta cercano a la tierra a otro más lejano siempre insinua una elevación de nivel; Plutón (junto con Neptuno) es el más lejano del centro del sistema solar. En un nivel humano, Plutón suele representar lo “esencial” de nuestra vida: o sea, ¿en qué tenemos que concentrarnos si queremos efectuar un verdadero “salto” desde un nivel a otro en la vida?

Así que ya no más transformaciones. Es casi un augurio: la segunda época victoriana del “aquí no pasa nada” ha comenzado para la humanidad.

Por otro lado, me cae un poco mal que los científicos hayan llegado a la conclusión de que sólo hay ocho planetas “clásicos”. Me recuerda peligrosamente al mamoncísimo ‘grupo de los ocho’.

Me recuerda que según la organización mundial que nos rige ahora, sólo hay ocho países de a devis, los demás somos naciones enanas, segundonas, de segundo uso.

Pensándolo bien, los científicos pueden irse al carajo: para mí Plutón seguirá siendo un hermoso helado planeta y Caronte su satélite.

Lupita

Lleva realizando el quehacer doméstico en mi casa unos 10 años. Tal vez más. Aunque sólo viene una vez a la semana, lo de “entrada por salida” ya le queda corto.

Tiene cinco hijos, dos de los cuales ya la hicieron abuela. Lupita tiene 42.

42 y ya es abuela de un bebé y un peque de tres. El último marido era un tablajero y creo que no existe, o existe para otra Lupita que no es la que viene a trabajar acá.

Nuestra Guadalupe educó, sola –qué más– a todos sus hijos. Un chamaco le salió bien movido y entró al Conalep a estudiar auxiliar de contador. El otro es ayudante de mairo en una construcción. Otros dos nunca vienen pero todos trabajan y le ayudan a su madre, que en honor a la verdad es bastante mal hecha pero no falta y se pone unas chingas que ya quisiera uno de nosotros en el gimnasio.

Su hijo más chico, Giovanni, está en la secundaria y quiere ser cantante.

Cuando lo conocimos era un mocoso que no alcanzaba ni el primer nivel del librero. Rompía las cosas, jugaba con mis juguetes (por supuesto que tengo juguetes, qué se creen que soy, ¿un adulto?) y una que otra vez lo sorprendí hojeando mis cómics.

Nunca le dije nada, pero le daba pena y dejó de hacerlo.

Hoy la Lupilla estaba muy platicadora.

Me dijo que le había prohibido a Giovanni inscribirse en La Academia o Cantar por un sueño o alguna mamarrachada de concurso televisivo.

“Siempre ha querido cantar”, me dijo, “pero allí no lo voy a dejar entrar”.

Recordé al mocosito, llenando de caramelo las páginas de mis cómics, cantando a todo lo que daba.

Lo conozco de toda su vida y nunca me había dado cuenta, se la pasa tarareando, silbando o de plano desentonando a grito pelón sin ningún pudor. Además, se nota a leguas que es el preferido de su madre. Es el único que la hace pegar carcajadas.

(Ése el delicioso puesto que nos toca jugar a los más jóvenes de la familia, muéranse de envidia).

Qué buena aspiración, caray. No acaba de sorprenderme. Cantar. Estudiar música. Su mamá hace el aseo, su hermano es cargador de bultos, el otro es ayudante de albañil. Él quiere cantar y aprender a tocar un instrumento.

Y qué dolor si no lo logra.

Ya les contaré.