Biología


El primer libro que leí completo fue “El origen de las especies” de C. Darwin. Tenía cerca de 10 años.

Lo tomé del estante de mi padre porque tenía la firme convicción de que un día me convertiría en una renombrada bióloga.

La razón de mi deseo: mi papá me estaba enseñando etimologías, o lo que después me enteré que se llamaba así. Me contaba del origen de las palabras, griego o latín, de cómo se unían para formar nuevos signifcados.

Mi padre era exiliado de un seminario católico y usaba su preparación eclesiástica como juguetito lingüístico para matar horas con su escuincla (moi); mientras su mujer (mi sacrosanta) hacía las compras en el Aurrerá de la colonia Plateros. Hablo, por supuesto, de la era pre-Walmart.

La cosa es que salió la palabra “Biología” y mi padre preguntó:
-“¿bios?”
– “mmmhhh, mmmhhsss, no sé, mmhh, bios bios bios, mmmh me doy”
-“vida. ¿Logos?”
-“esa sí la sé, logos estudio o tratado”
-“entonces ¿bioo logía?”
-“biología, el estudio de la vida”

Y mis ojos se entornaron.

Toda mi adolescencia, hasta que cumplí 17 años, quise ser bióloga. A mi padre le hubiera encantado tener una hija científica.

Yo me convertí en… pues en lo que soy.

Pero hoy pensé que no ando tan lejos. Ahora me doy cuenta de que por eso me gusta la literatura. ¿Qué otra disciplina estudia tan a fondo la vida como la literatura?

¡Qué bien!

Después de todo, no me traicioné.

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