escabrosito


Un tema escabros por el que me voy a ganar dos o tres enemigos.

¿Por qué ahora que se destapan los caños del abuso a niños y niñas no se pone a discusión la, cómo decirlo, hipersexualización (si se me permite el terminajo) que este país calca del vecino?

Como nunca antes, nosotros también le entramos a la venta de chamacos. Se cotizan por montones en los anuncios espectaculares. Las pequeñas de tres o cuatro se comen unas sendas salchichotas, están claramente maquilladas (nomás vean el del queso Lala) y se presentan seductoras al vender ropita; los niños por su parte (hay que ver el comercial de una SUV Nissan que pasan en todos los Cinemexes), más que ser bomberos, exploradores o científicos, desean tener mujeres adultas como compañeras de juego. Quieren ir “en el asiento de adelante”, jugar golf, pasar por la alfombra roja con una tetona. Follar pues.

Así que los publicistas las usan de carnada… y nosotros lo permitimos.

El caso de Jon Bennet (aquella gringuita que violaron y mataron hace un par de años) es muy revelador: los papás llevaban años comercializándola en anuncios y concursos de belleza para niñas hasta que el lobo se la tragó. Digo, ya nomás que se permitan este tipo de concursos es una hijoeputé.

¿Con que conciencia tranquila, no?

Cuando la bomba explota—los casos de Kamel Nacif, Succar Kuri, el gober, los sacerdotes católicos–, todo mundo se hace el que no supo cómo pasó. Son unos cerdos, eso, como digo yo, no se los quita ni dios, pero estamos fallando al discutir el meollo del asunto.

Claro que hay otros factores: el reinado de la juventud, la dificultad para ser adulto en esta tierra de eternos púberes. La corrupción, el narco, el estúpido sistema tripartita hecho de puras cortinas de humo. Los asesinatos a los (pocos) periodistas de investigación que existen en el mundo. Como la rusa Politkovskaya, quien ilustra este post de autoflagelación periodística.

Y por supuesto, last but not least, la mugrosa naturaleza humana. Esa también tiene la culpa.

Por eso me cayó tan gorda Hard Candy. Pura denuncia moral, nada de reflexión. Para eso están las mamás, no los cineastas. ¿O qué?

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