Air

Hay cosas de las que no puedo escribir en la oficina.

La casa de los clips, el bar de donde las engrapadoras se emborrachan con las hojas sueltas.

Si la llamada interrumpe dejo de estar allí.

Tras la tercera junta del día casi olvido la amarga sorpresa del aroma a pelo y grasa chamuscada en la sala crematoria. La cara aplastada, el rostro a-la-muerto-viejo de la abuela-madre de mi amiga Trini.

Esa señora quería que yo me casara con su nieto. “Los niños saldrían güeritos”. Chin.

El teléfono, otra, otra y otra vez.

La nueva iMac es más bonita…Blanca. Recuérdenme dejar por escrito que está prohibido latiguearse el alma en una pinchurrienta sala crematoria. He cambiado de opinión: a mí que me entierren. Bien debajo de cuatro metros de tierra, cinco si es posible.

Diles que te entierren porque enterrado está Oscar Wilde y Keats y Yeats (que están de mi lado). Diles que el mármol, incluso el pinche concreto viejo se llena de moho. El metal nomás se oxida.

Hay algo tranquilizador en un cementerio. Tan alejado de la casa; los vivos te pueden desatender sin remordimientos.

¿Ya fuiste por el tarjetón de parking lot? La muerta se me desliza por las ranuras del cerebro, se hizo líquida, se gasificó.

Mi amiga, en cambio, se quedó sin aire. Jalaba y jalaba, nomás no podía respirar. No tears.

Decir adios deja sin oxígeno. Eso aprendí ayer.