De la serie NYC: ser punk

A ver si nos ponemos de acuerdo.
Según lo que logré concluir después semana y media en NY y toda la vida observándolo, el punk nació muerto.

Un movimiento gestado dentro de una tienda de diseño (McLaren) tiende a apegarse a las reglas del mercado y éste siempre supo por dónde iba el bisne.

Mis pobres entrevistados, de forma igualmente patética que tierna, sostenían una amarga sonrisa mientras contestaban mi pregunta.

-Where’s punk rock in NY?
-Punk’s dead as a rats ass.
-But did punk really exist?
-Oh yeah.
-But how? In what form? What was it you called punk and how is it dead?

Bebían y posaban. Cantaban y POSABAN para la cámara de Ilán.

Posaban, como siempre han.. ejem, hemos posado cuando nos ponemos la máscara de punks o de freaks o de geeks o de listos o de cualquier etiquetita en la que quepan nuestras pasiones.

Los deditos en cuerno, la lengua de fuera, la actitud de perdonavidas.

-I suppose you still call yourself a true punk, don’t ya?
-You’re damn right I do. I’m the only one left here. Probably one of the last ones in Manhattan.

Je. Me daban ganas de decirle, ‘ayyy peque’.

Está visto que todos entendemos el punk de forma distinta. Unos, incluyendo a un tal Burroughs, decían que la palabra no significaba nada; si acaso cierto desdén a la autoridad.

(Luego lo nombraron el ‘padre’, o el abuelo del movimiento, así que hubo que apechugar, pero eso decía antes de entender de qué carajos le preguntaban).

El punk se asocia a veces con una actitud, otras con una postura política y otras con el uso de pantalones rotos y pegados a los tobillos.

Metimos PUNK en una cajita y como la cajita se rompió decimos que ya no existe.

¿Pero no era justo esa la idea? ¿Salirnos de una vez por todas de todas las putas cajitas?

Entonces yo entendí mal.

Si trabajo de 8 a 5 no soy punk.

Si blogueo de 9 a 6 no soy punk.

Si me cae medio mal el Sid Vicious por taradito no soy punk.

Si soy vegetariana no soy punk. (Ok, yo como carne, but still).

Si oigo a Celso Piña no soy punk.

Pos yo digo que sí soy. Y al que no le guste que se largue a un blog más flower power.

Monsiváis 2a. parte

En eso, dejó su monótono discurrir sobre el Museo del Estanquillo y alzó los ojos.

M- Usted lo había ocultado, a usted le gustan los cómics, es más, ¡usted hace cómics!

Su dedito de setenta años me señaló como un niño prueba merengue.

I- Ehh, si, bueno, qué le puedo decir, me encantan, pero no dibujo nada.

M-Pero escribe, ¿no?

Sonreí. Es cómo cuando uno empieza a hacer ejercicio. Es la neta cuando alguien lo nota.

Entonces empezó el namedropping.

Eisner, Eisner, Eisner. El sr. es fan. (o fanette, vamos).

Hablamos de ciencia ficción, de cine, de animación.

De cómo el manga nomás no le entra y cómo no ha leído a Gaiman.

I- ¿Cómo cree?

M-No, en serio no lo conozco.

1-0 favor moi.

I-¿Alan Moore?

M-Muy poco. Sólo leí su V for Vendetta. El que me fascina, es un genio, es Frank Miller, Sin City es un portento. El cómic y la película, más de Miller que de Rodríguez.

M-Mi última tarea literaria es acabar de leer todo de Philip K. Dick. Pero hay tanto que leer.

I-Caray, coincido señor, coincido.

M-Me gustaba Tales from the crypt.

I-Yo no sabía, va a decir que soy tonta, pero no sabía que Dawn of the Dead está basado en ‘Soy Leyenda’ de Richard Matheson.

M-No hay que saberlo.

I-No, pero qué pena.

M-Bueno, en realidad te refieres (allí empezó a tutearme) a Night of the Living Dead.

I-¿Es la del 68?

M-En blanco y negro.

I-¿Esa no es Dawn?

M-No. Chécalo en internet.

I-Le creo más a usted.

M-No, en serio chécalo porque ya me hiciste dudar.

Seguimos hablando otros 20 minutos; me di el lujo de darle dos o tres golpes bajos y hasta de ofrecer el préstamo de un par de títulos. Aunque por supuesto, acabó asestándome un 6-5 favor Monsiváis.

Estuve cerca.

***

Un par de días antes el Bef y yo hacíamos lo mismo en una esquinita de la Col. Roma. Exiliados de un pitero restaurantillo venido a más, nos quedamos platicando ‘de rápido’ de autores y chismes literarios. De rápido duró casi una hora.

Que si este tiene una casa en Los Hamptons, Long Island, que si este solía contar historias de adolescentes punketos en Brooklyn.

Bef se río mucho cuando le conté que mi novio equiparaba nuestra justa “namedroppera” con una de albures.

La literatura y lo de ‘a albures me la ganas pero al…’ son dos tópicos totalmente distintos, pero para nosotros los geekazos funciona de forma similar.

El Bef, por ejemplo, con su memoria de 180 terabytes en disco duro (y déjate lo que tiene de RAM el mugroso) siempre ‘pasa a perjudicarme’.

Me chingó, me chingó. Siempre salgo pensando luego de una plática con él. Ni modo, hay que ponerse más pilas. Leer más. Saber más.

Qué rico.

Must

Hoy me escribió una tal ira.driggers, su mail entró al spam, pero junto con Tim Parks, Tanjia Maribeth y la gran Delorse Johnnette me recomendaban aumentar el tamaño de mi pene.
Creo que tienen razón.
Desde esta mañana estoy trabajando en ello.
Delorse añadió, como solía añadir mi mamá: YOU MUST WIN.

Los cuates que se hace uno por la red.

Monsiváis

¿Qué tan punk sería robarse un libro de la casa de Carlos Monsiváis? Me interesaban los del estante de hasta arriba, mucho título en inglés, con un aire de edición semi-pulp, vieja.
¿Lo notará? ¿Sabrá que fui yo? ¿Me hablaría para reclamarme? ¿Se enterará el día que se muera?

Los objetos suelen tener una relación causal que alcanza futuros improbables. Casi siempre esa relación es trágica.

Los láserdiscs apilados en la silla también me hacían ojitos, pero me iban a cachar. Con gusto habría echado a mi mochila el de My Own Private Idaho, nomás pa’ decir que yo tengo esa peli y que se la robé a Monsi.

Colgó el teléfono y salió del cuarto. Chin. Ya no me pude robar nada.

Los 7 u 8 platitos de comida para gato de color magenta Whiskas hacían las veces de minas serbias por todo el suelo. En la zotehuelita cuatro cajas de arena apestaban todo lo impregnable, mi blusa, el aire, al ‘sobrino’ en turno (su ayudante a la computadora en el otro cuarto).

Le echó una mirada de sorpresa al fotógrafo, que había dejado su parafernalia en el suelo (a pesar de las mencionadas minas, es el único espacio habitable en la casa de este escritor).
¡Qué barbaridad!, dijo, refiriéndose al tamaño del costal de los tripiés.
¡Si!, dije yo, pensando en el desmadre y la peste. Si lo viera mi papa lo mata.
Silencio.
Es que… mientras yo le hago la entrevista él va a acomodar sus luces…
Silencio.
¿Y cuál es el problema?, pregunta.
No, no, no, ninguno, apuramos a responder.

Éjele, ya lo ví al fotógrafo que también está nerviosito.

Bueno, por acá, pásele.

Si, si, gracias señor, digo, maestro, digo, ay dios, no quiero decir tarugadas. Este es un escritor que sólo aquellos que nunca han leído pueden considerar un tarado.

Es un pobre escritor (por aquello del político pobre), pero sólo porque la mitad de la gente que lo conoce jamás ha abierto uno de sus libros. Ni los de crítica, ni los de crónica, ni sus biografías, ni sus ensayos. ¿Cómo es posible no haberlo leído?

Que si salió en un calendario, que si es chile de todos los moles, que si opina demasiado, que si se llevaba bien con la Trevi. Sus razones habrá tenido. Yo jamás me atrevería a juzgar a un erudito.

Sinceramente creo que es un enorme privilegio tenerlo vivo, sobre todo en este país de hipócritas.

Este país de escritores que no escriben, de intelectuales que no leen, de maestros cuyo único sustento teórico es la autocomplacencia y la alabanza, de podrida y olorosa Alta Cultura estéril. Infantilizada.

Ah, y qué decir de la puerilidad de nuestros críticos. (¿Cómo se les ocurre empezar a decir algo de Apocalypto si su mejor argumento es: ay no manis, este no sabe nada de Historia de México. ¡Eso que, so bestias! ¿Y la crítica pura sobre la esencia estética y narrativa? ¿Y lo demás que no les enseñaron en primaria? ¿Qué tal que algún criticaran algo que no tuviera que ver con el himno nacional, que además escribió un catalán?)

En fin. Monsiváis me invitó a sentarme en su sofá destripado para hacerle una entrevista.

Y mañana les cuento lo demás porque ya me tengo que ir.
Jeje.

de la serie NYC: Picasso

Luego del estreno de ese huevo enorme de edificio en Manhattan, el MOMA pudo sacar de bodega casi toda su colección permanente.

Como toda buena poseedora de un portafolio Taschen comprado en Gandhi, eso fue lo primero que me lancé a ver.

Mis Hoppers, mis Jasper Johns, mis De Koonings.

Los Magrittes que ahora también los cuento como míos.

Está el banquito de Duchamp, la única obra maestra de Jackson Pollock (ok, ando de escéptica); Van Gogh, Braque, Renoir, Cézanne, Seurat, Freud, Kandinsky, Modigliani, Ernst, Brancussi, Mondrian, Gorky, Calder, Warhol, Beuys, de Chirico…

Sacié mi necesidad enciclopédica, me comí a todos a puños.

Y justo cuando pensé que ya nada podía conmoverme, oh tipa fría helada, lo ví.

Frente a las ya excepcionales Sritas. de Avignon estaba el cuadro que me llamó con la mano, frente al que dejé de ser persona. ME CONVERTÍ EN PAYASO.

Dos Acróbatas con perro

Dios existió, pero tuvo una hija diseñadora de modas y murió el año en que yo nací.

No sé cuánto tiempo miré este cuadro –de hermandad, de obreros, de magos, de excesos, de sueño, de suspiros, de inconsciente, de desnutrición, de hastío, de inminencia, de adiós, de saludo, de mí, todas sus mallas de rombos hablando de mí–, seguro fue muy poco.

Velcro. Necesito ponerle velcro a mi alma.

Silly me, todavía creo en los museos.

(Lo único que siempre me causa cierto escozor, como a Woody Allen en Annie Hall, es el tipo hablando de Barthes y McLuhan; de lentes y barbita, ‘pontificando’ sus opiniones dizque al oído de la novia para que lo escuche toda la sala).

Bueno, también está la Frick Collection, que da para otro post pero si sigo hablando de museos en Manhattan voy a hacerle una muesca a mis horas de sueño.

de la serie NYC: Hotel Chelsea

A Manhattan todavía le quedan dos vueltas. Se le acaba el aire, eso se sabe, pero nosotros no lo veremos caer. Es una ciudad monstruosa y vieja, pero todavía usa Chanel y anda de puta que ya quisieran varias.

Fuimos a hacer un reportaje sobre el punk. El Ilán, un fotógrafo judío de la chamba y su servi. Era una propuesta que seguramente me iban a rechazar y que no me rechazaron dios (si me lo permiten los escépticos y los anarcos) sabe por qué.

En serio. Nomás ese bato sabe porque últimamente no me rechazan esas propuestas de reportaje.

Además conseguí que nos dejaran hospedarnos durante nueve noches en el Chelsea Hotel, un sitio que inventó la leyenda urbana. Si nuestra tarea rondaba juguetonamente el tema de los excesos, natural era rondarlos también físicamente.chienbizzarre.jpg

El Chelsea era el marco perfecto. Casi todo el que anda por los 30 lo conoce por la rola de Leonard Cohen o por el documental de Syd Vicious y Nancy Spungen. Otros saben que Dylan Thomas escribió allí su último poema o que Arthur Miller le puso el punto final a La muerte de un viajante.

Unos cuantos iniciados han visto la peli The Chelsea Girls de Warhol; otros se sorprenderían al saber que este lugar–cutre como un motel de 2hrs con jacuzzi infectado– fue el universo donde Kubrick editó la historia de Arthur C. Clarke al son de Also Sprach Zarathustra de Strauss.

Estar allí nueve noches fue extraño, aleccionador, brillante, incómodo.

Mi alma casi no sale, pues.

Me costó mucho trabajo regresar a México.

Tal vez fueron las sirvientas jamaiquinas contándome sobre los fantasmas que cantan por el cubo de la escalera.

O el dueño, Mr. Stanley Bard, –un judío más niuyorka que comer pastrami– que hablaba igualito a Woody Allen: “Teeeell me ‘bout it” “I’m teeeelling ya, it’s just goooorgeous, goooorgeous”.

O el pinchi egipcio naco prendado de mis pelos despeinados por el gorro; un alma caliente pero bondadosa que me confortaba tocando una rola armenia a todo volumen en la compu cada vez que iba a checar mis mails.

O lo cerdo de los andenes, contraste chocante con las botas de tacón de las chicas del upper-east side.

O los negros de dos metros con cara de caballeros oscuros persiguiéndome por todo Tierra Media.

O las miles de Deaths, los cientos de personajes narizones de Robert Crumb, los back alleys de Will Eisner.

O el cuarto 118 que reformaron después de que Syd apuñal (e) ara a Nancy. (Apuñalear suena más adecuado en este caso, don’t know don’t know); el mismo cuarto  que diez años después presenció otro asesinato de pareja mucho menos publicitado. (Las morenas y mal habladas maids que entrevisté aseguran que ni entran, dicen que Syd mató a Nancy porque allí hay un ‘alguien’ que lo obligó).

No sé.

La onda es que ahora que mis cuentas de comida se pagan viajando , voy a tener que ponerle velcro a mi alma de manera que sea posible desprenderla de un solo tajo.

Es una contradicción porque me moría de ganas de subirme a ese avión hacia la poluta Cd. de México. Aquí por lo menos tengo nombre y apellido,  mi novio me abraza, el frío no muerde y la comida no aburre.

En fin, solo quería decir que algo dejamos de nosotros al mirar los abismos desde abajo.

Nombres y fechas

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Bienvenido señor señora señorita.

Me pasé dos semanas pensando en un nuevo nombre para dejarlo igual.

Hice otro blog que se llamaba “esto no es un blog”, pero luego me caí mal; Magritte es la neta y fue de los highlights de mi reciente viaje a NYC, pero yo no soy Magritte y esto, irremediablemente, será un blog hasta que algún lector decida convertirlo en otra cosa.

(Recetario de cocina, rincón de odio, diario para café, quitatiempos)

Así que este nuevo cuaderno también se llama El Taza.

Cuando algo funciona no hay por qué repararlo, decía mi papá.

En eso de las fechas hoy se cumplen 18 años. Mi papá, ustedes no lo conocieron, era un gran tipo.

Que se los digo yo, que sí lo conocí.