de la serie NYC: Hotel Chelsea

A Manhattan todavía le quedan dos vueltas. Se le acaba el aire, eso se sabe, pero nosotros no lo veremos caer. Es una ciudad monstruosa y vieja, pero todavía usa Chanel y anda de puta que ya quisieran varias.

Fuimos a hacer un reportaje sobre el punk. El Ilán, un fotógrafo judío de la chamba y su servi. Era una propuesta que seguramente me iban a rechazar y que no me rechazaron dios (si me lo permiten los escépticos y los anarcos) sabe por qué.

En serio. Nomás ese bato sabe porque últimamente no me rechazan esas propuestas de reportaje.

Además conseguí que nos dejaran hospedarnos durante nueve noches en el Chelsea Hotel, un sitio que inventó la leyenda urbana. Si nuestra tarea rondaba juguetonamente el tema de los excesos, natural era rondarlos también físicamente.chienbizzarre.jpg

El Chelsea era el marco perfecto. Casi todo el que anda por los 30 lo conoce por la rola de Leonard Cohen o por el documental de Syd Vicious y Nancy Spungen. Otros saben que Dylan Thomas escribió allí su último poema o que Arthur Miller le puso el punto final a La muerte de un viajante.

Unos cuantos iniciados han visto la peli The Chelsea Girls de Warhol; otros se sorprenderían al saber que este lugar–cutre como un motel de 2hrs con jacuzzi infectado– fue el universo donde Kubrick editó la historia de Arthur C. Clarke al son de Also Sprach Zarathustra de Strauss.

Estar allí nueve noches fue extraño, aleccionador, brillante, incómodo.

Mi alma casi no sale, pues.

Me costó mucho trabajo regresar a México.

Tal vez fueron las sirvientas jamaiquinas contándome sobre los fantasmas que cantan por el cubo de la escalera.

O el dueño, Mr. Stanley Bard, –un judío más niuyorka que comer pastrami– que hablaba igualito a Woody Allen: “Teeeell me ‘bout it” “I’m teeeelling ya, it’s just goooorgeous, goooorgeous”.

O el pinchi egipcio naco prendado de mis pelos despeinados por el gorro; un alma caliente pero bondadosa que me confortaba tocando una rola armenia a todo volumen en la compu cada vez que iba a checar mis mails.

O lo cerdo de los andenes, contraste chocante con las botas de tacón de las chicas del upper-east side.

O los negros de dos metros con cara de caballeros oscuros persiguiéndome por todo Tierra Media.

O las miles de Deaths, los cientos de personajes narizones de Robert Crumb, los back alleys de Will Eisner.

O el cuarto 118 que reformaron después de que Syd apuñal (e) ara a Nancy. (Apuñalear suena más adecuado en este caso, don’t know don’t know); el mismo cuarto  que diez años después presenció otro asesinato de pareja mucho menos publicitado. (Las morenas y mal habladas maids que entrevisté aseguran que ni entran, dicen que Syd mató a Nancy porque allí hay un ‘alguien’ que lo obligó).

No sé.

La onda es que ahora que mis cuentas de comida se pagan viajando , voy a tener que ponerle velcro a mi alma de manera que sea posible desprenderla de un solo tajo.

Es una contradicción porque me moría de ganas de subirme a ese avión hacia la poluta Cd. de México. Aquí por lo menos tengo nombre y apellido,  mi novio me abraza, el frío no muerde y la comida no aburre.

En fin, solo quería decir que algo dejamos de nosotros al mirar los abismos desde abajo.

4 thoughts on “de la serie NYC: Hotel Chelsea

  1. Estaba escribiendo un post sobre el Chelsea y hubiera jurado que era la habitacion 100 donde Sid se hospedaba, pero veo que me equivoqué. La próxima vez que vaya a NY espero poder alojarme alli, debe ser toda una experiencia. Saludos!

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