Monsiváis

¿Qué tan punk sería robarse un libro de la casa de Carlos Monsiváis? Me interesaban los del estante de hasta arriba, mucho título en inglés, con un aire de edición semi-pulp, vieja.
¿Lo notará? ¿Sabrá que fui yo? ¿Me hablaría para reclamarme? ¿Se enterará el día que se muera?

Los objetos suelen tener una relación causal que alcanza futuros improbables. Casi siempre esa relación es trágica.

Los láserdiscs apilados en la silla también me hacían ojitos, pero me iban a cachar. Con gusto habría echado a mi mochila el de My Own Private Idaho, nomás pa’ decir que yo tengo esa peli y que se la robé a Monsi.

Colgó el teléfono y salió del cuarto. Chin. Ya no me pude robar nada.

Los 7 u 8 platitos de comida para gato de color magenta Whiskas hacían las veces de minas serbias por todo el suelo. En la zotehuelita cuatro cajas de arena apestaban todo lo impregnable, mi blusa, el aire, al ‘sobrino’ en turno (su ayudante a la computadora en el otro cuarto).

Le echó una mirada de sorpresa al fotógrafo, que había dejado su parafernalia en el suelo (a pesar de las mencionadas minas, es el único espacio habitable en la casa de este escritor).
¡Qué barbaridad!, dijo, refiriéndose al tamaño del costal de los tripiés.
¡Si!, dije yo, pensando en el desmadre y la peste. Si lo viera mi papa lo mata.
Silencio.
Es que… mientras yo le hago la entrevista él va a acomodar sus luces…
Silencio.
¿Y cuál es el problema?, pregunta.
No, no, no, ninguno, apuramos a responder.

Éjele, ya lo ví al fotógrafo que también está nerviosito.

Bueno, por acá, pásele.

Si, si, gracias señor, digo, maestro, digo, ay dios, no quiero decir tarugadas. Este es un escritor que sólo aquellos que nunca han leído pueden considerar un tarado.

Es un pobre escritor (por aquello del político pobre), pero sólo porque la mitad de la gente que lo conoce jamás ha abierto uno de sus libros. Ni los de crítica, ni los de crónica, ni sus biografías, ni sus ensayos. ¿Cómo es posible no haberlo leído?

Que si salió en un calendario, que si es chile de todos los moles, que si opina demasiado, que si se llevaba bien con la Trevi. Sus razones habrá tenido. Yo jamás me atrevería a juzgar a un erudito.

Sinceramente creo que es un enorme privilegio tenerlo vivo, sobre todo en este país de hipócritas.

Este país de escritores que no escriben, de intelectuales que no leen, de maestros cuyo único sustento teórico es la autocomplacencia y la alabanza, de podrida y olorosa Alta Cultura estéril. Infantilizada.

Ah, y qué decir de la puerilidad de nuestros críticos. (¿Cómo se les ocurre empezar a decir algo de Apocalypto si su mejor argumento es: ay no manis, este no sabe nada de Historia de México. ¡Eso que, so bestias! ¿Y la crítica pura sobre la esencia estética y narrativa? ¿Y lo demás que no les enseñaron en primaria? ¿Qué tal que algún criticaran algo que no tuviera que ver con el himno nacional, que además escribió un catalán?)

En fin. Monsiváis me invitó a sentarme en su sofá destripado para hacerle una entrevista.

Y mañana les cuento lo demás porque ya me tengo que ir.
Jeje.

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