Gallista

Hace poco estuve en San Antonio, Texas, donde se conserva un tipo de chicano parecido al de las películas de los 60, 70, 80 (Zoot suit, Luis Valdez anyone?). La trama social se compone de menos ghettos que la de Los Ángeles o la de Chicago;  ghettos, cómo decirlo, más localizables (es un pueblote, pues’n). También es un lugar menos violento, aunque persiste, como  lluviecita jodona, el racismo gringo.

(Enteramente distinto  al racismo mexicano, a mi parecer en eso nos los chingamos. Somos mucho más ojetes. Ya tendré tiempo para hablar de eso a mi regreso de la Comicon).

Ya lo sabemos: conversar con un chicano es conversar con un outsider. No los quieren en México, no los quieren en Texas ni en el resto de los Esteits.

Su espíritu es de mexicano güaraguero: llenan sus casas, sus cocinas, de tarugadas ‘por si acaso’, como ratones de fonda; se rigen por la ley del aquí y ahora; no ahorran ni se aguantan las ganas de tener casa chica, amante, otros hijos, otras vidas.

Lo extraño es que su cuerpo, escindido de lo otro, se rige bajo las republicanas/anglicanas leyes de Texas.  Ups.

Son criaturas extrañas, de verdad interesantes. No creo que se les haya hecho justicia aún en literatura o en cine. Corríjame usté si sabe de algo.
Segunda o tercera generación de inmigrados mexicanos, en su mayoría campesinos desesperados. Muchos ya ni hablan español. Tienen la manía de disculparse por su andar bilingüe, pocho, incomprensible de donde los oigan. Defienden a ultranza lo que consideran ‘mexicano’, aunque los que vivimos en otro México (que quién sabe si seamos más mexicanos que ellos) ya no consideramos propio.

“Los mexicanos no nos rajamos”, me dice el pintor Joe López.

¿No nos rajamos? ¿Disculpe Joe, hace cuánto que no va México?

Y me cuenta una historia de hace 15 años, cuando empezó a vender camisetas que decían PURO GALLO y la empresa de vinos Gallo Wines le puso la demanda de su vida.

‘Gallo’ era, para los vineros, una palabra italiana, marca registrada.

Je.

Así que ‘por merito y me lo enjaulan’ al Joe.

“Nomás que nos pusimos bien cabrones acá. Yo dije, yo vengo del barrio, a mi nadie me espanta y se me unieron y nos pusimos cabrones. Hold still, me dijeron y aguantamos y hasta salimos en el New York Times porque esos otros cabrones se culearon y droppearon la demanda.”

Ándele puto.

“Mientras andábamos en la lucha yo le decía a los partners que nosotros, como nuestros antepasados no éramos ni villistas ni zapatistas, nosotros éramos GALLISTAS. Los mexicanos no nos rajamos. Los gallistas no se rajan”.
Pinchi Joe, me partió el corazón.

Sé que es una historia mil veces contada, pero no creo que por eso menos interesante.

***

Es extraño. Uno pensaría que en E.U. hay ciudades más interesantes, más cosmopolitas como NY, Seattle, D.C., Boston… donde la tela para el blogueo es interminable. San Antonio, sin embargo, me resultó más dulce.

A lo mejor soy una romántica.

Más de San Antonio a mi regreso de San Diego. Ahora a hacer la maleta.

One thought on “Gallista

  1. Yo también fui a San Antonio hace poquito, por poco y me quedo a uno quinciaños, pero no se pudo.

    Sospecho que hace un chingo de siglos ahí había mar, porque en el patio de la casa donde nos invitaron a desayunar, uno de seis acres, había arena finita. O al menos, hubo un lago choncho.

    Yo te podría contar otra historia acerca de un mexicanito, de 10 años, que me encontré por allá pero es muy triste. Si me animo la pongo en mi blog.

    Gusto en leerte

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