Pardo Van Dyke

(Sin acentos y/o tildes hasta que le encuentre el idioma a esta laptop)

Puedo dividir al mundo entre quienes veiamos horas el programa de Bob Ross y quienes se doblegaban en un segundo ante el control remoto argumentando bestial e insoportable ridiculez.

(Ni quien los culpe).

La cosa es que yo pertenezco al primer (me gusta pensar ‘selecto’) grupo que lo disfrutaba en silencio. Lo veia con mi mama y mi hermana. Nos encantaba reirnos del shhhiiiinnnoo pintor, sobre todo de su majestuosa transmision con doblaje diferido.

En fin. La melancolica reflexion viene al caso porque Paris, (si, si, la famosa ciudad luz), es color Pardo Van Dyke.

De hecho, la ciudad esta toda incluida en la paleta de Bob Ross.

Los dedos de la mujeres fumando en el frio son blanco titanio: largos, marmoreos, solidos. Blanco titanio.

El Rio Sena es verde bandera, pero al final esta mezclado con Pardo Van Dyke, como lo estan el azul del cielo, el gris de los adoquines, el negro de las patrullas (de las que por cierto, siempre pienso que va a salir el Inspector).

Paris = Pardo Van Dyke.

La gente tambien es parda Van Dyke. Es el primer lugar del mundo donde entro a una libreria, tiro una pila de libros de metro y medio (je) y nadie se inmuta (ni me ayuda a recogerlos por cierto).

Va a sonar triste, pero Paris es de otro siglo. Un siglo bastante menos interesante que este. Son pardos y no hay para donde hacerse.

Genéricas intercambiables

Es una de mis obsesiones y lo discuto conmigo cada vez que puedo: ¿realmente es productivo hacer análisis de género?

Hoy encontré que no estoy afiliada a ningún sitio oficial o amistoso que tenga que ver sólo con mujeres.

Mañoso que es uno, pensé que debería, pues suelen ser organizaciones que te aceptan por default, nomás presenta uno las tetas como credencial. De hecho, me acaban de hacer una invitación.

Podría incluso publicar un libro con ellas. Se llaman de mil maneras y aunque son más listas que otras; de entrada lo que necesitas para caerles bien me puede cagar. La última parte de ética que me queda me detiene: el día que haya Instituto de los Hombres, ése día estaremos hablando de la misma sin razón y entonces me sentiré menos idiota apegándome por filiación tetavaginomística.

Un puntito

La semana que viene me voy a un viaje laaaaargo y previsiblemente intrincado comisionada por este mi bendito trabajo. Un tour por más de diez ciudades que inicia en París y termina en Barcelona. Cuánto por abarcar. Cuántas cosas que ver y cuántas por, eventualmente, olvidar.

Hace rato, la chava de la oficina de turismo española me señaló algunos puntos en el mapa. Mientras ella circulaba la palabra ‘Oviedo’ yo me acordé de algunas cosas que he aprendido este último año viajero.

-En cualquier lugar que no conoces, eres un mosquito queriendo salir por el vidrio equivocado. Ahí está la ventanota abierta, pero como estás muy chiquito no la ves.

-El síndrome ‘soy un mosquito, qué desesperación’ echa a andar una extraña necesidad de desconfiar, echa a andar los prejuicios pero también los amores repentinos. Uno se enamora de una silla en un café internet, de cómo sabía la primera sopa que te tomaste bajando del avión. Hasta del primer precio en la primera tienda que, obvio mosquito tonto, era el mejor.

-Ni la primera tienda, ni la primera sopa son “cognoscibles” (como el ser). Mucho menos “revisitables”. Son como tus primeros amores. Estás condenado a tomarlos como mediducha de todo, como una reglucha de madera. ¿Así serán de aleatorios todos nuestros parámetros?

-Una ciudad es muchas cosas, tantas, que tú mosquito güey sólo tienes chance de conocer una calle, un café internet, un rinconcito, una puerta, un taxista y un dependiente de abarrotes.
De eso hablas cuando todos te preguntan cómo te fue. Hablas del dependiente y del taxista y de la puerta. Cuando mucho de la calle.

Cuando la chava de turismo señaló ‘Oviedo’ pensé: “¿Qué conoceré esta vez de Oviedo? ¿Qué calle, qué taxista, qué pasto, qué café internet?

Luego cerró el mapa y yo me sentí, como siempre un puntito.

Política

Mi maestro de historia del cine dijo: “Se conoce el carácter de una persona cuando debes elegir entre dos cosas: una mala y otra pésima.”

Es rarísima su máxima, pero ocurre que hoy sirvió de ancla porque escogí a un político príista.

¿Quién es tu presidente de México preferido? Preguntó mi roomy de la oficina.

Traté de zafarme, pero al final me acorralaron. “Zedillo, chingá”, contesté. “Al menos”, dije, “su esposa tenía una enfermedad mental declarada pero él se quedó con ella; creo que todavía se gustaban, un presidente que cogía (¡y con su esposa pues!), no en balde cinco hijos. Además renunció a su pensión vitalicia de presidente.”

Si, bueno… también está el error de diciembre y los chistes de ‘no cash’ y las leyendas del bolerito y todo eso.

Ahora entiendo al maestro de cine: cuando no hay para dónde hacerse, como sucede en México, las elecciones de los habitantes son aún más interesantes.

Dicho lo cual…

Yo paso a regresar.

Hoy que le daba al ‘step’ undosundoundos regresé a mí.

Ese tibio chorro en sordina que me hace escribir empezó a dar borbotones.

Me puse detrás de la más nerd de la clase de aerobics, una mujer que, lo juro, llega bañada y maquillada a clase de siete. Cuarentona de cuerpazo. Flaquita si se la ve sin deseo; con nalgas objetivamente redondas y cara de viejo dolor.

A veces, cuando la hacemos de hermanas franCoen, mi sisterna y yo, la imaginamos medio encuerada en un table dance. Suda igual que suda en la clase, pero aquél sudor de sus noches tiene dueño y comprador. Tampoco es que sea puta. Soft porn, no más. No es feliz pero tampoco le falta dinero. Tiene un hermano borracho al que ya no le abre la puerta, aunque sigue dedicándole algunos padresnuestros y chingatumadremarías.

Otras veces yo sola, como triste francoPrimusLevis le invento finales suicidas. Hoy es la capillita de un industrial de Monterrey que la viene a ver los últimos días de cada mes. Mañana será la hija de una madre golpeadora a quien el pinche Alzheimer salvó de la vergüenza. Pasado mañana será, no sé, la novia inconfesable de mi jefe.

Uy el chorro tibio.

Los feisbuks

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(Corbata de 8 bits tomada de Boingboing.net)

En esta editorial de élite, la gente lleva un mes que se comunica vía Facebook.

No está mal, tampoco es como si tuvieran cosas muy interesantes que decirse. Cuando mucho es preguntar qué antro está bueno, dónde te compraste esa chamarra, ya viste que este güey disfruta su fama impunemente, hagámosle la malhora

Mi generación ¿disfruta? de una variedad sorprendente de relaciones:

-Los carnales del blog: coblogueros, blogstars y uno que otro que todavía conoció en lo que ahora llamo “El desierto de lo real”. Puedes pensar que el blog con 30 comentarios es el más popular, pero esto no es necesariamente cierto. En la red hay harto voyeur. 25 comentarios pueden llegarle más fácilmente a una chava cuyo discurso esté claramente sellado con el ligue o a un ‘extra’ (esa gente que blande su conozco-gente-famosa-y-puedo-ayudarte-a-trepar).

-los contactos del Hi5: amigos de amigos, compañeros de la prepa, gente que no haz visto en 10 años y no tienes la menor intención de ver. En realidad sólo lo conservas para ver ‘en qué anda’ esa ex novia que te sigue gustando y cuya foto vieja es síntoma de tu propia vejez.

-los ‘vampiros’ en el Facebook: mucho güey ¡con ondiiiita gooey! En esta etapa aún experimental entre el alto pedorraje capitalino, todavía hay mucho exxcritor, mucho güero, mucho artista. En un par de meses el Facebook pasará de moda y la Condesa virtual encontrará un mejor time-waster. (Y si, ya tuve que abrir el mío porque el bombardeo estaba cabrón).

-los fans del MySpace: básico si eres creattiiivo goeey. Músico, pintor, cineasta, diseñador, fotógrafo, locutor, periodista, escritor. Si no tienes un buen fan base en el Maiespeis no rifas.

-los compañeros de banca del Messenger: lo que una vez sirvió para comunicarse con tus familiares en el exilio, hoy funciona para hacer la cita de “a qui hora comemos gooeey?” con el tipo que se sienta justo a tu lado. También nos relacionamos en un intercambio medio idiota de “holas como estáses” sin sustancia con personas a quienes no dedicaríamos ni 10 minutos por teléfono.

-los amigos telefónicos: con los que “putaa, a ver cuándo te dejas ver” es un eufemismo para decir “te guardo cierto cariño pero tengo cientocincuenta cosas mejores que hacer que oír tus tarugadas, incluyendo rascarme mis partes, así que ahí cuando me case igual hasta te invito”.

Y estas son nuestras relaciones sencillas.

Difícil hablar de la que tienes con tu pareja, con tu mamá, con tu terapeuta, con tu gato, con tus cds, con tus libros, con tus escritores favoritos o con aquellos a los que extrañas y quieres pero también te joden y ya no puedes volver a ver.

***

No quería hablar de lo que hace con nosotros la tecnología. Me acompleja la idea de que me oiga algún ‘dueño’ del cyberpunk, a saber, Naeif Yehya y sus carnales.

(Lo bueno es que Yehya, a pesar de los sueños húmedos que todavía albergo de mi postadolescencia oscura, no lee El Taza. Yehya entraría en mis relaciones imposibles de explicar, por ejemplo.)

Un “Ira”

Voy dando la vuelta. Retorno a 10 metros de la editorial donde trabajo. El auto frente a mí se detiene cuando debía avanzar. Le toco el cláxon. La conductora no reacciona y nos quedamos a esperar la siguiente luz verde. La prisa me desborda. Me llevo las manos a la cara y articulo, con toda la maestría mímica de la que soy capaz, un “¡ayyy pero qué pendeeeeja!”. La mujer del auto mira por el retrovisor y me saluda. Oh boy.

Es, why not, la que podría llegar a ser mi jefa en las próximas semanas.

Uno de los más estrepitosos “Iras” que he perpetrado a la fecha.

La dictadura de la juventud

“…no vamos a detenernos a cada frase, pues si el mundo existe desde hace mucho tiempo, ningún hombre puede estar seguro de que acabará la lectura de este libro antes de la destrucción inevitable de la Tierra.”

 (Extracto de un texto de Jean-Claude Carriere que amablemente señaló este amable señor en un reciente post. Aquí el texto).

No quiero espantar a nadie, pero ser joven, duuh, no es lo mejor que te ha pasado.

-¿Que teníamos menos responsabilidades? Eso está por verse. Las que teníamos no eran ni siquiera NUESTRAS. La jefa nunca dejó de recordarnos que “nuestra úuuuunica obligación era ___ (llene aquí el lugar común que usara la suyita)” pero por alguna razón nunca la cumplíamos. ¿Por qué? Pos porque no sabíamos para que servía limpiar nuestro cuarto, estudiar, lavar el trasto, tratar bien a las visitas, etc.

No cumplíamos nuestras “únicas” obligaciones porque carecían de sentido. Ahora, al menos, sé exactamente para qué me paro temprano.

-¿Que nos divertíamos más? Ja. ¿A divertirte le llamas nunca tener un pinche clavo en el bolsillo para entrar a una librería/comiquería/tienda de discos y comprarte lo que te da la gana? ¿A divertirte le llamas tener miedo de hablarle a una mujer/hombre que te gusta; a paniquearte cuando alguno te mandaba al diablo; a tener que aguantar las tarugadas de tus so-called friends porque te daba miedo no encajar en ningún otro lado?

-¿Que éramos más hermosos? Ja. Por supuesto que éramos más hermosos, pero no lo sabíamos. ¿De qué diablos servía? Pensábamos que un barro en la nariz era terrible, la panza, los brazos flacos, los pelos parados…

Desde el reino de la juventud no se contempla lo que sí te da la edad: poder sobre ti mismo, el único poder que vale.

Cualquiera con dos dedos de frente se opone tarde o temprano a la dictadura de la juventud.

Dirán que no nos queda de otra, sobre todo los lectores de menos de treinta. Pero ya cambiarán de opinión.

Ok 1.: Es lindo tener 23 (sobre todo cuando te mantienen. Sé de mucho que no tuvieron tanta suerte) pero no es para tanto. Dejen de latiguearse cuando cumplen 30. Juro que luego vienen cosas más interesantes.
Ok 2. Acepto que extraño echarme una chelas en el auto destartalado un amigo dando vueltas por la colonia, pero creo que todavía podría hacerlo, si quisiera, la semana próxima. Nomás que… no quiero y como dice un amigo, (a quien la adultez me trajo y también me quitó) ¡qué bueno!