Un puntito

La semana que viene me voy a un viaje laaaaargo y previsiblemente intrincado comisionada por este mi bendito trabajo. Un tour por más de diez ciudades que inicia en París y termina en Barcelona. Cuánto por abarcar. Cuántas cosas que ver y cuántas por, eventualmente, olvidar.

Hace rato, la chava de la oficina de turismo española me señaló algunos puntos en el mapa. Mientras ella circulaba la palabra ‘Oviedo’ yo me acordé de algunas cosas que he aprendido este último año viajero.

-En cualquier lugar que no conoces, eres un mosquito queriendo salir por el vidrio equivocado. Ahí está la ventanota abierta, pero como estás muy chiquito no la ves.

-El síndrome ‘soy un mosquito, qué desesperación’ echa a andar una extraña necesidad de desconfiar, echa a andar los prejuicios pero también los amores repentinos. Uno se enamora de una silla en un café internet, de cómo sabía la primera sopa que te tomaste bajando del avión. Hasta del primer precio en la primera tienda que, obvio mosquito tonto, era el mejor.

-Ni la primera tienda, ni la primera sopa son “cognoscibles” (como el ser). Mucho menos “revisitables”. Son como tus primeros amores. Estás condenado a tomarlos como mediducha de todo, como una reglucha de madera. ¿Así serán de aleatorios todos nuestros parámetros?

-Una ciudad es muchas cosas, tantas, que tú mosquito güey sólo tienes chance de conocer una calle, un café internet, un rinconcito, una puerta, un taxista y un dependiente de abarrotes.
De eso hablas cuando todos te preguntan cómo te fue. Hablas del dependiente y del taxista y de la puerta. Cuando mucho de la calle.

Cuando la chava de turismo señaló ‘Oviedo’ pensé: “¿Qué conoceré esta vez de Oviedo? ¿Qué calle, qué taxista, qué pasto, qué café internet?

Luego cerró el mapa y yo me sentí, como siempre un puntito.

Advertisements