Sé exactamente por qué…

…extraño mi casa cuando viajo.

Al principio pensé que se trataba de un jodido apego republicano al terruño o  añoranza por los habitantes vivos de mi trajín diario (a los muertos es más fácil llevárselos en la maleta); pero acabo de descubrir la razón: extraño el silencio.

Lo único que no hay en un viaje es silencio.

Dirán que lo puedes fabricar, como quien se lleva una bolsita de cosméticos miniatura, o como quien saluda al cielo, como si lo conociera, en cualquier punto del planeta. Pero no es así. El silencio no es una glorieta en un camino, desde donde puedes pararte a disfrutar del momento.

Se parece más a un río de corrientes violentas, encontradas y con rocas mal puestas.

Para eso escribo (también) : cierro los ojos y siento que soy un madero al que moja el silencio; el agua me lleva hacia donde nadie ha ido (¿será cierto, como reza el dicho, que ‘you can never see the same river twice?’). Como sea, sólo me queda dejarme ir.

Se siente tan bien dejarse ir.

Chau, mis calzones

Spoiler: el que ya pagó su boleto para Soda Stereo ni se acerque.

Es la primera vez que me salgo de un concierto.

Qué manera de timarnos. No sólo eligieron con las patas el playlist, tocaron con güeva, condescendientes, con el varo por delante y todavía se le ocurrió a Ceratti aventarse la de la noche: ‘Por Tabasco’. ¿Eehh? ¿Por Tabasco? Put your money where your mouth is fucking rock star!

Lo único bueno de ir al concierto más aburrido de la historia concertística en esta ciudad fue lo que me dijo Dante mientras caminábamos de regreso al coche: “¿Nostalgia ochentera? ¿Pero cómo puedes tener nostalgia de algo que oyes todos los fines de semana en toooodos los antros del D.F.?”

Prometo escribir unas cuantas planas:

“No debo asistir a los reencuentros de bandas ochenteras” “No debo asistir a los reencuentros de bandas ochenteras””No debo asistir a los reencuentros de bandas ochenteras””No debo asistir a los reencuentros de bandas ochenteras””No debo asistir a los reencuentros de bandas ochenteras”

De regreso

De regreso.

Ujúu.

Extrañaba mi cama, tus brazos y la nariz húmeda de mi gata.

***

Vivir de viaje es muy cansado. En lugar de ojos cargas pequeños obturadores con la obligación de cerrarse y guardar todo lo visto. Pequeñas fotografías de esto y de aquello, todas listas para mostrarse a quien quiera escuchar.

Lo malo es que, después de un rato, casi nadie quiere escuchar. Es como contar un sueño del que despertaste sudando: ves cómo el otro se aburre del cuarto oscuro que tanto te impactó; cómo esa vaca que iba a arrollarte en una sala de espera más bien suena cómica, cuando para tí fue como si te arrancaran una pierna.

El tiempo transcurre, discurre de tantas formas en un viaje.

Allá pensaste que lo realmente quieres hacer de tu vida es ser carpintero, que el trabajo manual dignifica, que la vida en tu colonia pasa muy rápido y estás harto de senitr como que se te va. Piensas, mientras vas en la carretera o en el avión y te sirven yet another preposterous airplane sandwich, que ser carpintero te va a regresar un sentido de utilidad, de comunión con el entorno…

Corte a: toma general de tu oficina, de tu casa, de tu novio, de tus gatos. Close up de los ojos de tu gato tomando el sol. Toma en picado de tu cama desocupada.

Jump cuts a todos tus conocidos. Desayunan con prisa una quesadilla, viven una o dos horas de tráfico, van al cine, se masturban, se mandan mensajitos de texto. La aplastante normalidad.

Para ti todo es nuevo, así que tienes la obligación de asombrarte en cada punto. No tienes derecho a ponerte de malas. No hay tiempo de recluirse. Te mata la culpa si prendes el televisor o te seduce una novela. Allá afuera, se yergue, yo qué sé, la Sagrada Familia, el Mar Mediterráneo, el Museo Pompidou.

Quedarte en tu cuarto es poco menos que una falta capital.

Hay tanto que ver.

Tantas fotos mentales que sacar.

Y tantas fotos te hacen otra persona.

Es cansado viajar. Uno regresa, al menos los primeros días, convertido en ‘el otro’, ese que un día quiso ser carpintero.

Adios al Citroen

Ayer maneje la carretera que une San Feliu con Tossa de Mar, en la Costa Brava espaniola.

Son 20 kilometros de curvas pronunciadas y tarde mas de una hora en salvarlas todas. Como aqui en Europa nada es gratis, pense que cobrarian peaje y me sorprendio comprobar que iria, for a change, sobre una carretera libre, sin casetas. Iba feliz, pensando que me habia jodido al estado espanol hasta que me percate del precio: contemplar los estupendos despenaderos besados por el azul del Mediterraneo cuesta nada menos que una refrescadita de tu fragilidad.

No eres eterno. Un viraje estupido y adios. Costa Brava, Muerte Brava, como dijo un cuate.

Iba pensando que los autos y las carreteras, a pesar de que han matado a mis seres queridos, nunca me han dado miedo.

Iba pensando que yo aprendi a manejar oyendo las indicaciones que mi papa daba a mi hermana, cuando esta era adolescente y yo todavia una mocosa en el asiento trasero. Cada vez que la necesito oigo la voz clara y tranquila de mi jefe subrayando “en las curvas no se frena”, “sigue la linea de la izquierda”, “el miedo es tu peor enemigo en las carreteras”, “si le vas a pegar a algo, que sea de frente, hay que centrar a los perros y a las vacas”.

Esas lecciones robadas retumban todavia en esta viajera que en 15 dias ha recorrido un tramo nada despreciable de peninsula iberica. Todo en un Citroen C2 nuevecito, una chatarrita de esas que parecen banos Sanirent, chiquitilla, pero alta y con dizque clase, de esos autos apantalladores pero completamente urbanos, con la estabilidad de un gobierno africano.

Hoy dejo el auto en la agencia. Mi papa tendra que aprender conmigo a viajar en metro. Le dire, como si estuviera en el asiento contiguo: “El miedo es tu peor enemigo en los vagones”, “en los andenes no se frena”, “si le vas a pegar a alguien que sea de frente, hay que centrar a estos hijos de puta xenofobos de mierda“.

Como cuando se vive, el problema en los viajes no es la distancia al punto de llegada, sino el sutil abismo que opera en un viraje estupido. Creo.

Asturies

Como me diverti en el road trip por Asturias.

Aca hablan bable casi como que no quiere la cosa, como hace casi todo el asturiano. Como que no quiere la cosa son amables y bromistas, pero como que no quiere tambien son nacionalistas recalcitrantes. ‘Asturias es Ehsspania y lo demahs ehs tierra conquistaa’, gritan a la menor provocacion.

Los finales con ‘o’ los terminas con ‘u’ y los plurales con ‘es’.

Asi, las camisetas (en serio) son ‘les camisetes’, las peliculas son ‘les pelicules’ y los amigos son ‘les amigues’. No estoy inventando. Es tan cagado que enternecen.

Un pequenio poblado cerca de Oviedo se llama El Pito, pero la gente le llama ‘eeeel Pituuuu’.

Asi o mas baturros.

Ciao Asturias, que bien me trataste. Yo me encargo de decirle a todos que esta es la parte mas virgen y mas interesante de toda la peninsula. Que la comida asturiana, disculpen aquellos mexicanistas recalcitrantes, es (que se los digo yo, tragona profesional) de las mejores del mundo y que aca todavia piden las cosas por favor. Puf, Oviedo.

Oviedo, dice Woody Allen, es el lugar donde la magia todavia existe. Ahi nomas.

‘Muchisimes gracies, Asturies’

Ahora voy a la Costa Brava: Girona, Figueres, Barcelona. A ver si los catalanes roncan como duermen.

Magnetic words

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(Sin acentos y solo para iniciados en esto de Feisbuk que apenas entiende nadie todavia)

Hasta ahora el Facebook me parecia un quita tiempo bastante regular. Pero ayer descubri las magnetic words.

No hay nada mas divertido que regresar a tu casa y que alguien haya movido las palabras de tu refri virtual.

Es extranio. Lo grandioso del jueguito es que te limitan: hay un cierto numero de palabras, muy pocas, y con ellas debes ser capaz de decir algo.

A veces hay que reconocerlo: los corrales, los barrotes, las fronteras te hacen mas libre.