Sé exactamente por qué…

…extraño mi casa cuando viajo.

Al principio pensé que se trataba de un jodido apego republicano al terruño o  añoranza por los habitantes vivos de mi trajín diario (a los muertos es más fácil llevárselos en la maleta); pero acabo de descubrir la razón: extraño el silencio.

Lo único que no hay en un viaje es silencio.

Dirán que lo puedes fabricar, como quien se lleva una bolsita de cosméticos miniatura, o como quien saluda al cielo, como si lo conociera, en cualquier punto del planeta. Pero no es así. El silencio no es una glorieta en un camino, desde donde puedes pararte a disfrutar del momento.

Se parece más a un río de corrientes violentas, encontradas y con rocas mal puestas.

Para eso escribo (también) : cierro los ojos y siento que soy un madero al que moja el silencio; el agua me lleva hacia donde nadie ha ido (¿será cierto, como reza el dicho, que ‘you can never see the same river twice?’). Como sea, sólo me queda dejarme ir.

Se siente tan bien dejarse ir.

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