Regalo 1. Para mi hermana Kita

Nunca he tenido un cuerpo espectacular pero albañiles, periodiqueros, trappers y anexas (y algunos fotógrafos, thank god) parecen opinar distinto.¡Tengo un pegue en la calle! Ahora ando bastante más destapada; es más, ahora he hecho del escote uno de esos sanos rituales de autocomplacencia.

Pero esto es febrero de 1993. Para taparme los complejos delanteros uso chamarrotas, blusones. Mucha falda larga y mucho pantalón pre-cargo (el cargo llegaría a México unos años más tarde). Es una de esas veces que bajé de peso. Seguramente estoy feliz o muuuy ocupada o las dos.

Tengo un trabajo de recepcionista del que luego me correrían porque (y cito) “estás sobre capacitada para el trabajo. Necesitamos a alguien que tenga menos aspiraciones”. Bueeee. Ahora hasta cuenta como un highlight curricular, pero en ese tiempo, que me corrieran me dejó con una mano adelante y otra atrás.

En fin. Tengo ese trabajo de recepcionista y traigo unos pantalones pre-cargo y he bajado de peso y no tengo para comprarme calzones, así que los viejos (muuuuuuuy viejos) están llenos de graciosos hoyuelos por donde se me sale la castidad y lo que es peor: tienen un resorte que vio tiempos mejores. Es decir, un resorte que aprieta para afuera…(Hombres, mirarse los calcetines…¿ya? Así mero)

Tengo ese trabajo y camino por la calle de Tlaxcala, cuando la Roma era todavía para oficinistas de medio pelo y no para exiliados mexicanos de la Condesa argentina, y camino por Tlaxcala cuando en la Roma no hay ni un alma y pienso “estos pinchis calzones se me vienen cayendo” y pienso “pinches calzones, que mal timing, tengo que cruzar la calle” y pienso “no hay ni un alma y aquí hay un arbolito y como que no quiere la cosa ya traigo las orejas de los chones en las rodillas y pucha, mejor ni me hubiera puesto”, así que volteo para todos lados y archi segura de que es la calle de Tlaxcala y no hay ni un alma meto los antebrazos enteros por dentro del pantalón hasta llegar a las rodillas y como no tengo las manos libres estoy a punto de caerme aunque por fin con un dedito siento la orejita del calzón y empiezo a dar saltitos para subirmelos y hacer una especie de nudo para que no se me caigan mientras cruzo la calle y allí estoy yo peléandome a muerte con mis antebrazos dentro de la pretina del pantalón, las orejas de los calzones, haciendo equilibrio, dando saltitos cuando…

“DÉJALOS QUE SE CAIGAN, MI REINA”.

Me grita un cabrón que ha visto todo el numerito desde su escondite en el asiento de una pick-up a medio metro de mi.

“O QUÉ, TE AYUDO?”

Ay imbécil, dije. Y seguí caminando con media orejita de calzón en la mano izquierda y mi bolsa en la otra.

Después se lo conté a mi hermana y se murió de risa. Me encanta hacer reír a mi hermana.

Por otro lado, este fue el día en que yo me dejé de pelear con lo que me gritaban en la calle y empecé a agradecerlo. Que me dicen ‘mamacita’, ‘nalgotas’, ‘preeesta’ (O ‘güera no te cierres la chamarra, si a leguas se ve que tienes unas chichotas’, por ejemplo), casi siempre respondo con una sonrisa.

Creo que es una gran cosa que digan cosas por la calle. Creo que es un forma limitada pero inofensiva de sublimar el pinche mundo hostil e hipersexuado en el que vivimos.

Y luego gritan verdaderos poemas. (Mi favorito es aquél clásico de “en esa cola si me formo”, pero en gustos se rompen géneros.

En fin.

All my Love, sis.

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