Regalo 4. Para Ernesto, con quien me sumergí (parte 1)

Circa 1993. De Efe… me tomó 14 años contar esta historia. La prueba del irremediable paso del tiempo es que, mientras escribo, en mis manos hay un tazón con sopa de verduras y no una chela.

Hace muchas muchas borracheras, en un universo muy lejano que en ese entonces no tenía un gobierno de elección popular sino un Jefe de Departamento, las fiestas eran memorables, públicas y se crasheaba en ellas a partir del flyer (impreso, no electrónico) o la invitación del cuate que a su vez habías encontrado en una fiesta más temprano esa misma noche.

En este universo, pocos habíamos oído la palabra Diyei –la ahora popular pincha-discos pegaría casi diez años después– y la excepcionalmente cerrada banda rockera a la que había que pertenecer porque mmmh, había que pertenecer y que, huelga decir, no ha cambiado mucho, tenía sus máximas:

1. los djs era unos snobs que se creían británicos y que andaban de farsantes porque ‘nadie en su sano juicio se pone a oír música electrónica en su casa’.

2. Los Tigres del Norte y cualquier otra rola que no oliera a clase media bilingüe era inmediatamente y por consenso descartada como música. Punto.

3 . Los Pixies eran una banda muy rarita, casi oculta, cuya inminente separación en el lejano 1993 solo lloraron, que yo recuerde, dos personas: David Bowie y Ernesto Priego.

He de confesar que a mis 20 años yo admiraba a ambos, pero el segundo además, me daba un poco de miedo.

Ernesto era un hombre alto, de envidiable melena negra hasta la cintura y ojos de serial killer-neuras aunque con visos de ternura en la sonrisa (una combinación que yo no podía interpretar más que de escalofríante).

Él era, en ese tiempo, el hermano de mi amigo. Poco importaba para una zonza como yo que trabajáramos juntos, que nos viéramos seguido por amigos mutuos. Él era el hermano mayor y tenía esos ojitos…

Su casa era un lugar donde yo ‘morondeaba’ (aaah el arte de morondear) por las tardes, donde veía películas de extraterrestres y comía palomitas.

Su cuarto estaba prohibido: “mi hermano se enoja”, decía el Chucky, aunque una vez desobedecimos mientras el hermano estaba de viaje y fuimos a buscar, no sé, una camiseta traspapelada. Ahí pude envidiar a todo lo que daba: el hermano tenía no sólo una fantástica tornamesa y álbums ¡nuevos!, sino una colección de cómics sobre la que yo hubiera podido babear eternamente.

Algunas películas de extraterrestres y muchas bolsas de palomitas después, el hermano llegó de su viaje (guaau,¿cómo le hace tu hermano para viajar tanto? pregunté) y vivimos un par de días de morondeo despreocupado, un morondeo como el que sólo se puede tener antes de cierta edad ¿los 25, los 30? –cuando no urge casi nada, excepto coger y ser cogido–.

Un morondeo llevó al otro y de pronto ya estábamos listos para ir a una fiesta donde uno de los amigos del hermano iban a ‘tocar’. Esto es, pincharían y cobrarían por ello. Nomás había que pasar a la ‘ventanita’ (en este universo, la franquicia Oxxo todavía no atropellaba la clandestinidad de la caguama a la luz de un tímido foco) por chelas.

Se treparon en mi coche unos compatriotas que me hicieron reír todo el camino y me llevaron por todas las calles excepto por la que teníamos que ir, hasta que un grupito de zonzos pasó gritando y supimos que la fiesta era por allá. Síganlos, pues.

Estacioné el coche y pensé que era una tonta pues acababa de sacar del banco 400 pesos (¡un dineral!) y la probabilidad de perderlos en una fiesta era muy alta, tomando en cuenta sobre todo la cantidad de alcohol que habíamos adquirido en la ventanita.

Quiso el destino entonces que mi ropa hablara por mí.

Fue en esa fiesta cuando Ernesto se fijó en lo que yo traía puesto y profirió un inspirado: “qué buenas Docs”.

Se refería nada menos al par de preciosidades que ‘pendían’ de mis pies y que me hacían sentir única, hermosa, contracultural, malcomprendida, punk, triste, especial, segura… poderosa.

Mis botas Dr. Martens de casquillo.

Claro que tenían el hilo amarillo en la orilla; claro que eran originales; claro que habían costado una fortuna; claro que no cualquiera tenía un par; claro que sólo los dizque iniciados sabíamos por qué era tan importante tener esas botas y no unas Furor.

(Dios, qué snobs).

Y sin embargo, era, como debe serlo ahora con referentes que ya no me  son tan familiares, como traer una cinta en el brazo, una credencial, una flor en la solapa: nosotros, los de las docs.

El hermano del Chucky, Ernesto, también traía unas Martens.

El Chucky en cambio, traía sus tenis de patineto y yo que todavía lo adoro, pienso que tal vez ahí estaba ya la semilla de nuestro repentino desapego.

Por más que nos hagamos, los tenis y las botas no son lo mismo. No señor.

2 thoughts on “Regalo 4. Para Ernesto, con quien me sumergí (parte 1)

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