El pinche público

Si no lo digo reviento: el público mexicano apesta.

No apesta más que el gringo, por ejemplo, que en las películas de acción de plano aplaude con cada muerto, ni apesta más que el francés mamila para quien la alegría de vivir se ha terminado: durante mi recorrido en El Prado a un niño francés de cinco años se le pedía ‘reflexionar en silencio’ sobre lo que quería decir el cuadro y luego, saliendo, ‘discutirlo con el padre’.

No mamen. Qué lanón en psicoanálisis del pobre escuincle.

Ok, todos apestamos. Pero el mexicano, puta… me hiere.

Nada pior que asistir a una película en el FICCO. ¿Quién puta madres les dijo que para demostrar inteligencia había que reír como en la feria?

Ahí está por ejemplo, el idiota que tocó la batería en sus piernas todo el concierto de los Tiger Lillies o el pendejo en The Police que, en plena “Every little thing she does is magic” se le acercó a su cuate, le dio una palmadita en el hombro y le dijo: “Y cuéntame carnal, ¿cómo has estado?

Aaaagh.

Ahora voy a hablar de algo que no conozco y no he escuchado con detenimiento, pero justo creo que tiene valor porque aún no me seduce: Amy Winehouse.

Muy buena voz, muy buen marketing de la ‘neomala’-neoscura-neopunk-neowasted. Pero no es para tanto, creo. Ahora resulta que es la nueva no sé qué.

Supongamos que efectivamente, es el nuevo pan caído de cielo. ¿Es necesario hincarse de esa forma ante nadie? Chaaaaale.

Es chamba del artista ser encantador de serpientes.

Es chamba del público detenerse a disfrutar sin tomarse todo tan en serio.