Free range

Hace casi un año que no como pollo.

No el pollo anaranjado que venden en el supermercado, en todo caso.

Lo último que comí fue un pollo criado en un ranchito michoacano. Un pollo que, me aseguraron, corrió alguna vez y picoteo una lombriz viva.

La fina dureza y palidez de su carne me lo confirmaron: este bato hizo un poco de ejercicio cuando estaba vivo. (Luego pensé que yo sería un gran manjar. Suavecita suavecita. Pero esa es otra historia).

No dejé de comer pollitos porque me duela que los maten o algo así.

La muerte es lo de menos…

Todos moriremos más temprano que tarde y formaremos parte de alguna cadena de reaprovechamiento. Más temprano que tarde.

La muerte además, duele. No hay para donde hacerse.

Salvo raras excepciones de muertes aburridas de contar, la agonía nos estará esperando en el vestíbulo –toda de blanco, como Alex en La Naranja Mecánica, quizás con una sinfonía del divino-divino Ludwig de fondo y un bat en la mano–, lista para nosotros, un poco antes de la inevitable cita con la putrefacción.

La razón por la que dejé de comer pollo es muy simple: siento que me estoy comiendo un animal torturado en vida. Está cabrón nacer en prisión y nunca salir de ella.

De plano no me puedo sacar eso de la cabeza.

Y me gusta el pollo, de veras. O solía gustarme antes de que ver una chicken patita (una chicken tri-patita) me produjera una tristeza inexplicable.

Parece que no soy la única además. Por eso me encantó este texto de L.E. Leone, una peculiar granjera urbana.

Como muchos, yo también he pensado tener mis animalitos en el patio trasero de mi casa. Plantar algunas verduras. De perdida hierbas de olor. Tal vez hasta hacer negocio.

Mi día consistiría en: levantarme al alba con el kikirikeo, tirar unos cuantos granos de maíz en el piso para mis amigas, tomar los huevos de los nidos, desayunarlos con tortillas y de noche, degollarlas.

Caldo, sopa, mole. Quizás meterle un ‘segundo piso’ al gallinero y empezar el negocio familiar. Venderle mis ‘productos orgánicos’ a la gente mamerta o a la gente no mamerta que pueda pagarlo.

Free range chicken, putos. Carísimo.

Y talvez, agarrarle gusto a la sangre. Acechar a mi presa. Devolverme la humanidad y el instinto. Ver las gallinas vivas y solo pensar en caldo. Saboréarmelas mientras me ven con sus ojitos estúpidos.

Ahh, soñar.

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