Entre otras cosas

La imagen de hoy es Beckett. El famoso muro en el barrio de Notting Hill en Londres, foto de celular tomada por su servillet.

(No, la imagen anterior no era “un bebé cayéndose por un precipicio” como lo imaginó alguien superchistoso que usó este header como prueba de Rorschach privada. Se trataba ni más ni menos que de un ‘crop’ de la boca del finado Heath Ledger en su fantástico y brutal retrato del Joker).

Una vez oí a un maestro de teatro decir que para representar a Beckett uno tenía que haber cumplido los 40. “A Beckett hay que respetarlo”.

Yo digo que a un autor debes respetarlo cuando toca la puerta de tu casa, cuando tomas un café con él, cuando te cuenta su vida privada.

Hay que respetar al autor pero hay que morder sus textos como mi perra muerde el correo publicitario que arrojan a la casa.

Respeto, pienso yo, está muy bien.

Pero ¿qué sería del psicoanálisis si uno respetara demasiado a todo el mundo, sobre todo a la propia madre?

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Hey, hey, acepto los premios, ¡cómo diablos no! Muchas gracias, muchas gracias. Es halagador que haya venido de la gente de la que vino, además.

Lo que no sabía era a quién nominar. No es falta de compromiso, ni miedo a herir suceptibilidades, es un pequeño voto de silencio que este blog tomó después de algunas cosas que ocurrieron allá afuera, en donde transcurre la vida.

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Aquí una postal mental/teatral de Londres:

Escenario: La Tate Modern.

Hora: 15 minutos antes del cierre, 9:45 de la noche.

Actores:un niño de dos años que apenas camina, su papá cansado después de una dura jornada de papá.

Punto de vista: una mujer entrada en los treinta observa a pocos metros de distancia. Claro que la mueve el instinto y las ganas de ser mamá, pero la mueven también otras cosas. Acaba de ver unos cuadros de Rothko que la sensibilizaron al color y las formas y un par de días antes vio un tríptico de Francis Bacon y algo de William Blake que la cegó por completo a la fealdad. Ahora mismo percibe la dolorosa belleza en todos lados.

Escena: el niño tarda exáctamente 2 minutos 26 segundos en empujar cuesta arriba su propia carriola. Llega a la cima de esa gran rampa de bajada (o de subida) que es la entrada de la Tate Modern.

Llegado a la cima, el niño deja caer su carriola, que al principio rueda como en cámara lenta. La carriola toma importancia, el punto de vista se ciñe sobre ella, la carriola se convierte en un objeto que corre sólo y sin ninguna función específica.

El niño corre tras de su carriola. Sus piernas cortas, como de hipopótamito no le dan para alcanzar a la carreola y cae.

Se levanta divertidísimo, corre y cae otra vez. Así lo hace otras dos veces más. Cada vez más enloquecido y feliz.

Punto de vista (contrapicado): el padre (y la mujer entrada en los treinta) están preocupados. Cada caída del niño les duele también a ellos. El padre resiste su instinto castrante y deja que su hijo aprenda a pararse solito. A la tercera caída está a punto de recoger las piezas de su desbaratado chamaco, pero se muerde los labios y lo deja levantarse otra vez. La mujer entrada en los treinta también se muerde la boca.

El huerquito, como si estuviera realizando un trabajo muy serio (tal vez así sea) recoge la carriola desde el punto más bajo de la rampa y vuelve a tardar dos minutos 26 segundos para llevarla a la cima.

La operación (con todo y caídas y risas locas de niño de dos años) se repite.

Éste debería ser un loop eterno en la Tate Modern. Así debería recibirte el museo: con las risas locas de un niño de dos años.

Uy premios

En realidad me da un poco de vergüenza.

La gente duda de mi timidez. (Aquél que me conoce está pensando: esta bitchyry bitch ¿a quién cree que engaña?) Pero el que me conoce hardly knows me.

La mitad de mi vida me he sentido fuera del lugar y la otra mitad he estado fuera del lugar.

Los premios me recuerdan ese fuera-del-lugar-ness.

En fin.

Es un alivio que alguien tenga tiempo (aún) de leer cualquier cosa. Es un honor que alguien pase un ratito aquí, acompañando mi pensamiento público. Es un verdadero privilegio escribir y que alguien te preste sus ojos en cómplice desacuerdo (así imagino que leen éste blog, en cómplice desacuerdo).

Algunos generosos bloggers (my favourite londoner, la mujer con futuro prometedor y mi teacher Vega) le otorgaron el “Premio al Esfuerzo Personal” a este su blog con una sola oreja.

Mucha muchas gracias. bow bow bow.

Se supone que yo haga lo mismo con otros siete, pero no sé. El Taza está pasando por un periodo de guardar (como pueden ver por el cambio en la imagen de arriba) y ahora mismo no podría decir quién le mete más galleta a su blog.

Sé que escribir un blog es una actividad mucho más exigente que escribir un libro, al menos en lo inmediato. En la red el abandono se castiga pronto y claro con un montón de indiferencia.

No hablo de “callar” o dejar de postear. (Hay blogs inactivos ‘flotando’ por ahí, que no se sienten abandonados).

Hablo de otros tipos de abandono… a) el que alguna vez tuvo un blog pulsante, vivo y se ha vuelto demasiado flojo para pensar y nomás pone links de autopromoción y fotos de anuncios cagaditos de un pueblo recóndito de la República con faltas de ortografía b) el que se ha vuelto demasiado famoso y tiene tantos callos que pisar que ya no puede postear a gusto, así que recurre a links, fotos y autopromociones c) el que nunca entendió que a los blogs les corre sangre (es decir, se enferman, se asustan, se bloquean, cogen y contemplan atardeceres) y huyeron despavoridos al tercer intento.

Sé que los blogs que leo no están abandonados.

Sé por ejemplo que hoy me pasé tres horas de mi tarde noche (esta vez no exagero) leyendo puros blogs, mis blogs favoritos y fui muy feliz.

Ustedes me hacen muy feliz.