Óyeme jija

Suena mi celular. Del otro lado, un amigo que en lugar de decirme “Hola”, o “bueno” se descose como hilo de media y se enfrasca solito en una airada (amo esta palabra) airada airadísima perorata que comienza con la frase de todos conocida: “¡Òyem’hijadela…!”. Me dejó muda. Que por qué no le había hablado, que soy la más informal, que soy un asco con dos patas, que no me vuelve a creer, que si dejo a todos como novia de pueblo, que si me creo que así es la vida y nunca nadie me la va a cobrar. En fin, un par de minutos bajo el agua tratando de salir a tomar aire a la superficie y contestarle “oye oye, espera tantito, es que yo…”

Me quedé callada. Por fin dejó de reclamarme. “A ver, ¿qué tienes que decir en tu defensa?” Mmmh. Pues es que, según yo, tú habías quedado de llamarme a mí. No sé si fue mi tono o qué pero de inmediato rectificó. “¿En serio? ¿Yo quedé de hablarte? Ah caray. Entonces deja cuelgo y te vuelvo a llamar”.

Y me colgó.

Y me volvió a llamar. Esta vez con un lindísimo “Hooola ¿cómo estás? Disculpa que no te había llamado peroo…”

Amo a mis amigos.

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