Encierro

Otra de domingo: tratar de imaginar un encierro prolongado sin material de lectura.

Por eso me propongo aprenderme un texto de memoria. Como si viviera en Farenheit 451, donde un libro pudiera salvarme de la inopia. Cuando paso algún tiempo sin leer puedo empezar a ver cualidades literarias en las cajas de cereal. No quiero estar tan sola el día que me quede encerrada. Quiero saberme algo.

Trato de pensar en un texto no tan largo, benevolente a mi cerebro de queso maduro y poroso. Algo que me regresara la fé (quizás, uno nunca sabe) perdida en el otro. L’autre. Algo en español, pueque.

Me gustaría saberme Piedra de Sol pero “un sauce de cristal, un chopo de agua, un alto surtidor que’l viento arquea” es lo único que puedo recordar o Muerte sin Fin, del que sólo recuerdo que “¡sí, es azul! ¡tiene que ser azul! Un coagulado azul de lontananza” y eso porque hasta leer ese poema yo no sabía que lontananza era una sola palabra.

Quiero citar sin sentirme perdida El Laberinto de la ya saben qué.

De Esperando a Godot ni se diga, todos los diálogos se me hacen unas bolas horribles hasta que lo vuelvo a leer.

Pienso en otro texto, chiquito, autocontenido que pudiera salvarme la vida durante mi hipotético y apocalíptico encierro.

Un beso, ya que soy tan cursi. Un beso escrito sounds like a plan.

Así que voy a Rayuela y empiezo a leer como quien recalca tres veces sobre la misma palabra, hasta que me lo aprendo.

De “Rayuela”

Capítulo 7

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua.

Ujú. Ya me sé algo de memoria.

(Por si la mnemotecnia funciona más así, acá dejo la lectura del mismo texto con la voz del propio Cortázar).

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