His love is real, but he is not

Llevo varios días queriendo escribir este post, pero de plano no me sale.

He decidido describir, sin orden o jerarquía, la escena en la que me encontraba cuando el video que pegaré a continuación, me cayó en la cabeza:

Domingo. 4 pm.

Estoy pegada a mi computadora (as usual). Busco algo que parpadée fuerte y claro, lo suficiente como para que mi span de atención de mosca de la fruta se mantenga ahí por más de dos minutos. Pienso que tendría que estar leyendo en papel pero no puedo: la promesa infinita de la red es demasiado tentadora.

Pienso estúpidamente que Internet se hizo para nosotros los Géminis: la red es todo y nada al mismo pinche tiempo. Es una complicada metáfora del polvo y peor para mí que a veces muto en Delirium; para mí que las burbujas de las palabras se convierten en peces flotantes, animalitos a los que sigo en una línea interrumpida de indecisión y benevolente locura.

(Del, dibujada por Marc Hempel)
(su servilleta en domingo)

Llámenme cursi pero tanta información, tantas cosas por aprehender me acaban poniendo melancólica. ¿Cómo le hace todo el mundo para apasionarse rabiosamente de una sola cosa? Yo necesito un googleo diario. A mí la memoria me falla siempre. No podría hacer ni una méndiga lista de 10 temas que me atraigan más que otros, ni recordar quiénes son mis directores favoritos así al vuelo o mis canciones de amor indispensables. Soy taaan del momento, chingado.  ¿Cómo le hace todo el mundo para profundizar en las cosas?

En eso estoy pensando cuando entro a saludar al Harmodio que ha saludado al Hombre que comía diccionarios que ha saludado a los de Kitsune Noir que han posteado un video sobre las cajas de Stanley Kubrick.

Ah, ya me acordé. Él es uno de mis directores favoritos (no es exactamente que esté descubriendo el hilo negro, yo, verdad). Ah, ya me acordé cuando se murió. Era 1999 y yo estaba con un novio al que, dios sabe por qué, recuerdo haber querido mucho. Éramos fans juntos. Creo que se murió Kubrick y se nos terminó el amor. Pudo haber sido esa la razón, tan urgente y válida como cualquier otra.

Así que era 1999 y si ahora vivo en el cine, en ese tiempo dormía, comía y soñaba en el cine. Su muerte, recuerdo, la lloré en una sala llena de gente que abría los ojos redondos redondos con la primera entrega (la única) de The Matrix.

En realidad no sabía por qué lloraba.

El dolor de la pérdida es una especie de precognición, quizás.

El domingo que vi este documental supe lo que lloraba en esa sala de cine.

Lloraba esas cajas llenas de basura insólita que uno deja a su paso, la importancia de los objetos, objetos que sólo Kubrick pudo convertir en sinfonía visual.

Este es un documental extraordinario sobre lo que no cupo en sus sinfonías. Notas separadas del resto, piezas solitarias que me hicieron pensar en Beethoven todo el fin de semana.

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