Siete pecados capitales

Entre ellos la gula. Yo no puedo leer un solo libro a la vez, por más extraordinario que me parezca. Más, más, siempre quiero más.

Como traigo a Pavic entre ceja y oreja, ahora leo tres libros simultáneos de él. Se me están haciendo bolas, pero no importa. Los empiezo a confundir agradablemente.

¿Cuál era en el que retaba al lector a dejarlo de leer?

No sé.

Sé que yo no fui uno de esos lectores que cayeron en la trampa y seguí leyendo. ¿O era esa la trampa? Psicología inversa, el muy cabrón.

Con Pavic hasta el engaño sabe bien…aquí hay algunas líneas que espero recordar muchos años:

—¿Quién es ese Vlada? —le preguntaste.
—¿Cómo que quién? Usted es Vlada. Le dije bien que escribía la carta de amor para usted. Cualquiera a quien se le escribe una carta de amor se llama Vlada.
—Y tú, ¿cómo te llamas?
—Podría llamarme María.
—Pues, María, quiero preguntarte algo. Noté que te peinas cada mañana en este espejo con agujero. ¿No es así?
—Así es.
—Eso quiere decir que tú te puedes ver muy bien en este espejo.
—Por supuesto que me veo en el espejo, ¿por qué no habría de verme?
—Pero a mí no me ves en el espejo con agujero. No sabes ni cómo soy, ¿verdad?
—Correcto, no lo veo. Sólo puedo escucharlo a través del agujero.
—¿Cómo escribes una carta de amor a alguien a quien no ves?
—Porque las cartas de amor se escriben a quien no está y a quien no puedes ver. ¿Qué hay de extraño en eso?

Milorad Pavic, Siete pecados capitales, Ed. Sexto Piso.

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