Washingtonians

Ciudad negra, de jazz, de drogas, de hip-hop y de go-go (un ritmo que, según me cuentan, resulta en un baile violento con decenas de descalabrados cada noche), donde la historia empieza a devolver una  microparte de dignidad (aunque diluida, dirán, como el tono de la piel de Obama).

Sí, diluida su negritud, pero negritud que tiene a todos en estado de esperanza, en equilibrio precario, como la primera vez que va uno al cine con alguien que te gusta mucho, un estado hermoso para admirar desde fuera. Los taxistas y los mendigos hablan de Obama con un entusiasmo que contagia: es el brotha, el héroe que hoy dará su discurso de arranque. Sacan sus radios de pilas, se ponen frente a televisores públicos. Se quitan el frío (2 putos grados que se sienten como menos 2) a puro roce de negritud con negritud. Carajo, están felices.

Obama no para de hacerles guiños. Por ejemplo, está por adoptar el primer cachorro presidencial de un refugio para perros solos. All the lonely doggies, where do they all come from…

Cuando le avisaron que era el primer presidente negro (y liberal, que dicho sea de paso no es poca cosa, nomás imagínense qué revoltura hubiera sido que llegara un negro de derecha, que los hay)  de la historia, Obama no tardó en ir a echarse un chili dog al corazón del ghetto. Al barrio le dicen el “Black Broadway”  y por ahí todavía pasan los crack addicts con su zangoloteo particular y su conversación hacia la nada. Extrañamente, se mezclan ya con el  renacimiento ‘chic’ de la zona (ya saben, galerías de arte contemporáneo, restaurantes de comida fusión, that kind of shit).

Obama pudo elegir celebrar en cualquier restaurante, (o irse a la cama sin cenar, en todo caso) pero consideró importante apersonarse con los negros de a devis, paying his respects to history, a una cuadra donde Duke Ellington solía aporrear el piano para aquellos que, hasta ya bien entrados los años 60, no podían sentarse junto a un blanco en el camión.

No es menor lo de comerse un chili dog en ese local. Se trata del Ben’s Chili Bowl, fundado en 1958: el único lugar que respetaron los activistas en 1968, cuando el asesinato de Martin Luther King encendió, literalmente, toda esa calle, la U street.

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Por eso, en un papelito, escrito con plumón, se lee:  “Aquí sólo comen gratis Bill Cosby y Barack Obama” y añade un listillo refiriéndose al presidente (“but he payed!”).

***

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5 thoughts on “Washingtonians

  1. Síi! El que yo comí era de soya y estaba bueno aunque lo repetí todo el santo día.
    Luego me preguntó un entrevistado que dónde habíamos comido y al enterarse de lo del chili me dijo: “That shit can’t be good for you!”.
    Ay no mame, si yo comía tacos del metro Portales oiga.

  2. No mames los tacos de Portales. Había unos en pleno Tlalpan, de tripa, que seguro le pusieron el nombre de Mortales a esa colonia. Pero yo los sobreviví. Mi amigo el Fox, que me llevaba a cenar ahí en su Phantom negro, murió hace poco… de una infección estomacal. Neta.

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