Recomendar es responsabilizarse

El otro día recomendé la peli de Ripstein, El Carnaval de Sodoma, a dos personas que tengo en alta consideración.

Cuando los volví a ver me dijeron que no les había gustado nada. Lo sentí mucho, de verdad, pues parece que fueron a verla (dedicaron su tiempo) específicamente por mis palabras. Me dio una pena gigantesca.

En este caso no podría decir, aún con la pena, que me arrepiento de haberla recomendado. Creo que es una peli ultra pretenciosa y enfatizo la palabra. Ripstein siempre quiere, pretende, desea, aspira. Que yo recuerde, Ripstein tiene muchas películas MALAS, pero ninguna PELICULITA.

A diferencia de muchos críticos de café, yo siento que a los artistas mexicanos les falta eso, pretensión. Ojalá pretendiéramos ser Godard y no Tarantino, Hitchcock y no Fincher, Pessoa y no Benedetti. A ver de allí a dónde llegábamos.

Peeero, qué pena que un par de amigos se hayan pasado un mal rato por mi culpa. Ni modo, a responsabilizarse de todo lo que sale de la boca de uno.

No se omite, se promueve su desaparición

En el país de los eufemismos y los sablazos de facto, a la educación se le acaba de dar uno: la Filosofía ya no es para la SEP una materia básica en el bachillerato.

Es decir, si usté no elige estudiar Filosofía (esa carrera de hippies que no hacen más que morirse de hambre), jamás se enterará por qué usté, Pascalianamente, no puede quedarse en su cuarto, o por qué usté es un dialéctico de lo peor, o por qué usté es un ojete antilevinasiano.

Cuando tenga unos treinta -de pronto, de puras oídas-, se enterará que hay gente en el mundo que se dedica a explicar los mecanismos del poder, del pensamiento, de la crítica.

“Ah chingá”, dirá usté.

“¿Nomás eso hacen? ¿No construyen puentes, no pasan leyes estúpidas, no hablan en la tele, no cosen pantalones de mezclilla…no producen nada?  Uy, pos qué bueno que quitaron esa materia, nomás era una fórmula para la güeva”.