Reprise

No siempre me dan a escoger de qué hablar en la colugna de cine Chilango. Tratan de que sea una peli a estrenarse próximamente o de un tema presente.

Si pudiera, este mes hablaría de la película sueca noruega Reprise, escrita y dirigida por Joachim Trier (nada que ver sobrino de Lars, gracias Piter!) que se estrena en algunos cines como la Cineteca (aquí una entrevista con el realizador) y en salas comerciales donde caben (nomás por hacernos el favorcito) cosas que no son Transformers y esta niña, cómo se llama, ah sí, las estilizadas nalguitas de doña Megan Fox.

Qué bonitas, dirán todos los hombres y yo digo, ejem, intenten que Megan Fox ponga una cara la mitad de invitante, con la mitad de significado:

90-D

(En sus gustos como en todo lo demás: señor señora señorito, búsquele, búsquele, ¡le tiene que buscar!)

Está bien, sé que no convencí a nadie.

En fin…

Decía yo que me gustaría hablar de Reprise porque es una película que no termina. Es la amistad entre dos hombres, la competencia creativa entre dos amigos, la puta condición del cuerpo atado al destino (nunca sabemos si el protagonista dejó de escribir por aquél accidente o porque simplemente ya no pudo con la carga), el paso a la adultez, el espejo, el amor en sus mejores caídas.

Amigo uno tiene: el genio (o lo tuvo), tiene a la novia, no tiene el futuro.

Two out of three.

Amigo dos tiene lo suyo: el futuro, la cadencia con que se conquista todo, pero no tiene la certeza.

Por donde se le vea, creo que es un filme interesante. El soundtrack es fenomenal, con algunas muy bien acomodadas apariciones de Joy Division y New Order.

Uno que escribe, además, sale con el ego henchido. Es una sensación elemental, como cuando fuimos a ver Rambo de niños y secretamente quisimos matar a todos.

(Bueno igual nomás me pasaba a mí que quise matar dos o tres).

Las cinco de la mañana

En el curso de guión que estoy tomando (¿estuve? quién sabe si lo podré pagar chingaos) hablamos de conflicto dramático:

una fuerza vs otra fuerza + algo vital en juego = drama

En los primeros ejemplos, algunos compañeros ponían sus obsesiones todas crudas y vestidas de rosita:

“Un hombre quiere escribir pero no puede, se enfrenta a la página en blanco y lo vital es su necesidad de escribir”.

Argh.

Peor fue éste:

“Un hombre busca la verdad, el mundo se le opone”.

Los anteriores enunciados no solo son cursis, sino que están lejos de esbozar un conflicto dramático.

Me dio mucha risa cómo argumentaron en clase. No porque fueran ridículos, sino porque sus oraciones parecen ciertas:

“¡Pero claro que es vital buscar la verdad!”

“¡Qué es más vital que escribir!”

¿Es vital escribir? Depende. Hoy que me paré a las 5 de la mañana a escribir mis dos mil palabras diarias, para mi fue vital (siempre lo es). Pero el conflicto dramático no tuvo que ver con el acto de teclear: nada se me opone, excepto yo misma y a menos que estemos pensando en un aburrido desdoblamiento de personalidad, a nadie le importa cuántos cafés necesito para ganarle al pinche diablo que me dice, ‘no mames, qué frío y qué güeva, regrésate a la cama”. Un esbozo de conflicto, maybe, recae en el pasado de nuestra heroína, en  todas aquellas veces en que no he podido levantarme o no he podido  escribir más que diez palabras. Aunque eso, todavía no es un conflicto.

(Por si alguien se lo preguntaba, así abrieron mis dosmilpalabrasdiarias de lunes a las 5 de la mañana:

“Dos mil aunque me muera. Aunque tenga que resucitar en palabra, ahora mismo soy un adjetivo mal puesto, un pinche adverbio odioso, innecesario.”

De ahí salieron otras 2379 palabras que para las 6.30 ya me había dejado una pequeña victoria).

¿Es vital escribir? No en realidad. Lo que es vital son los resultados y lo que cada quien se enfrenta con ellos en mano. Uno se enfrenta a la vejez, a la indiferencia, a perder o a ganar el vínculo con sus hermanos o con sus padres o con sus amigos (vivos o muertos).

Si algo le enseña a uno las horas de terapia es que lo único vital son los vínculos.

Cómo le hagas para llegar a donde llegaste, tristemente, a nadie le importa.

Importan los resultados.

No digo que el famoso viaje iniciático no sea un gran tópico cinematográfico ni mucho menos. A ver si me explico y para hablar clarito: el miedo a SER es cuando mucho un tema de conversación, no un conflicto.

La famosa lucha con la página en blanco no existe, nunca existió, se llama pavor al vacío, a no tener nada que decir, a no tener nada que decirTE, sobre todo.

En muchos cachitos

Al principio no, pero cuando dejó de estar de moda me empezó a gustar mucho la banda neuyorka Interpol. (Paul Banks, el vocalista, no me encanta pero me da una especie de curiosidad malsana saber cómo se ve encuerado).

Nunca menciono a estos tipos entre mis grupos favoritos, pero tienen partecitas de canciones que me obsesionan. Momentitos, cachitos a los que regreso y regreso y regreso.

Como si se tratara de un viejo cassette, le detengo a la grabación y regreso nada más en la parte que me gusta. Ahora que escuché el disco completo de Julian Plenti (Banks disfrazado de sí mismo, desnombrado) sentí cosas, pero en general dejé pasar las canciones sin más…hasta la coda final de No Chance Survival.

Ya no puedo dejar de oirla.

Amo estas frases chingao, así idiotas y simples, las amo.

We are the golden, we are the strong

Static, show me the random comes

Don’t fear the ocean, don’t fear the frost

Don’t fear the motion that cosmic toss

We are the old ones, we are the lost

Static, show me it comes with the cost

It can do wrong

Estoy despierta haciendo mi maleta pues mañana me voy de viaje; vuelvo al desajuste. Dejar mi casa, ir dejando cachitos aquí y quien-sabe-dónde-madres. A veces se me queda algo incrustado en un árbol, en una carretera, en cómo se veían las luces de un semáforo, en el gesto de algún mesero o de plano se me convierte en un leit motif para el resto del mes o de la vida, no sé; un viaje es también una pinche canción (partecitas, cachitos de una canción) que luego por más que quieras no dejas de tararear.

Static, show me the random comes.

Ne me quitte pas

Será que hoy estoy despierta antes que la ciudad se bañe y se vaya a trabajar, pero hay que decir que ciertos días, uno sólo puede existir en colectivo. Nada de lo que yo siento sola es importante, me reconozco por ahí, jugando en una fiesta de todos: soy la burla y la compasión, el orgullo y la vulgaridad. Soy todos ustedes, todo al mismo tiempo.

Pensaba ayer en la noche si amamos igual que hace un siglo o que hace dos. ¿Somos los mismos humanos? ¿Hemos sentido igual toda la historia?

También para eso sirve escribir novelas, escribir canciones, pintar cuadros y componer música. (No es sólo moneda de cambio para becas o famitas infames, no señor). Ahí registra uno cómo ha compensado su infancia, como se recupera de la certeza de la muerte; cómo se ama, a quién se ama y a quién ya no.

Por eso me gusta esta canción. Es famosa porque cualquier persona que se respete ha dejado de respetarse un momento, se ha hincado y le ha dicho a alguien (presencial o in absentia) “No me dejes”.

No me dejes / hay que olvidar/ todo lo que puedas olvidar/lo que se terminó ya

No me dejes /hay que olvidar las horas/ que a veces matan/ las razones de un corazón alegre

Entons, perdonarán el momento Nouvelle Vague, pero hoy me quiero hincar así:

Visas

El gobierno canadiense no ha querido decir por qué le ha impuesto visas a los mexicanos.

¿Demasiadas solicitudes de asilo político injustificadas? Ajá.

Demasiado cabrón pistoludo. Tanto delincuente suelto y gobernando. Tanto cabrón narcomayorista. You’re no longer welcome you sick people. Vous ne sont pas le bienvenus. O vous êtes bienvenus, siempre y cuando paguen ¿o qué no les sale?

Parece mentira mexicosos, pero antes, cuando el partido partía plaza y mantenía la galletita en piezas grandes, no se la pasaban cortándose la cabeza por migajas.

Parece mentira que haga falta un fuete para mantenerlos civilizados, decía mi mamá.

***

Qué tino tengo.

Tanto viaje y hace por lo menos 10 años que no tocaba suelo canadiense. El minuto en que me programan uno, el gobierno de ese país cambia por completo su política migratoria. Ahora nos piden visa (carísima, por cierto y con más requisitos que la gringa). Chale.

El viaje pasado me enteré de la muerte de Michael Jackson mientras  sobrevolábamos en helicóptero la Ciudad de Los Ángeles. Una escena intimista de película indie gringa, donde la protagonista se pregunta por el sentido de la vida mirando a través de un acrílico transparente, con el pelo revolviéndosele aparatosamente.

Íbamos cuatro personas en la cabina, alguien dijo: mira, esa calle que sube es Mulholland Drive ‘donde viven los muy ricos’. Mulholland Dr., donde Lynch, pensé yo. Los ricos, las mansiones ¿Ya supieron quién se murió hoy? Allá abajo está Bel Air, allá abajo dejó de respirar esta misma mañana el negro-güero.

La mandíbula perdió control durante unos minutos. “Sobrevolemos Bel-Air”, dijo alguien. A ver si logramos ver ambulancias o carros de policía estacionados.

Nada, sólo una alfombra roja sobre Hollywood Blvd., en el Chinese Theater; la premiere de la película Brüno (de Sacha Baron Cohen). ¿Cuántas premieres habrá al mes en Los Ángeles? Una cada tercer día, más o menos. Acostumbradísimos, pues.

Luego en tierra nos enteramos de que la estrella de Michael Jackson estaba justo frente al Chinese Theater, la alfombra roja la estaba tapando. Caminábamos hacia la cena, veníamos madreadísimos y nos metimos en la primera calle donde encontramos restaurantes. Resultó ser Vine Street, justo la cuadra en donde los ofendidísimos fans de MJ se habían ido a refugiar, utilizando como altar temporal (prendían velas y escribían mesajes de adiós en fotografías y pósters) una estrella apócrifa en el pavimiento con el nombre de Michael Jackson, que no designaba al famoso rey del pop sino a un personaje menor de la radio estadounidense, que tuvo el mal tino de llamarse justo así: Michael Jackson.

¿A quién le importa este dj radiofónico? La alfombra roja de Brüno está tapando su estrella en Hollywood Blvd., y esta noche las velas tienen que ser prendidas.

Y uno pasando nomás por allí.

Qué pinche tino tengo.

The ‘aha’ moment

Revelaciones sobre mi carácter han llenado mis semanas. (Esta es la primera etapa de la vida en que me siento despierta, en ocasiones dolorosamente).

Quizás sea eso lo que me tiene así de sensible. Ayer fuimos a ver Gomorra, la peli basada en la novela de Roberto Saviano sobre la mafia napolitana. Las cifras de asesinados por la mafia aparecieron como títulos lapidarios antes de los créditos finales. Me puse tristísima. 3,600 asesinados desde 1980. Hay una película lapidaria y una novela lapidaria al respecto. La cantidad de vidas perdidas lo amerita.

Aquí en mi país se mueren el doble cada año (se habló de 5.500 en 2008 y eso tan solo de los que se tiene documento. Hoy amanecimos con otros 15, maniatados y torturados al lado de una carretera en Michoacán, estado natal, por cierto, de suseñorpresidente). Aún no veo que los novelistas, los guionistas ni los bloguistas hagamos algo. Siento pena, también de mí misma: me he acostumbrado demasiado pronto.

Quizás Yépez con Al otro lado. Quizás muchos otros que no conozco porque soy una inculta desinformada. Ojalá.

A la luz de las recientes elecciones, la cosa es aún más dura. Un pinche pueblo desmemoriado que legítimamente (o mañosamente según dicen algunos) usó la abstención como única arma de resistencia.

Nos dijimos sin decirlo unos a otros: lo único que podemos hacer es no hacer nada.

Muchas preguntas vienen a mi mente: será que no nos importa, será que tenemos miedo de nuestra propia voz, será que vivimos inermes y sedados porque vivir sintiendo los 15 o 20 asesinatos diarios nos volvería locos.

(No se me malinterprete. Si hay que fijar alguna postura política la mía estaba con el abstencionismo y con el anulismo, pero estuve allí de forma tanática, de la única manera que se puede estar cuando se favorece la rabia y no la construcción).

***

Este post se llama “the aha moment” porque mi amigo R. tuvo a bien recordarme la primera película de The Matrix. Luego de un par se sesiones de amistad intensa, de cinco horas urgando sobre nuestros miedos y nuestras victorias desde que nos conocemos, R me dijo: “Aún nos falta mucho, pero cuando hablo contigo siento que veo la realidad así como en código binario. Como cuando Neo se da cuenta de que no tiene que esquivar las balas sino verlas en su justa velocidad. ¿Te acuerdas de esa escena?”

Todos los días me levanto y agradezco los ‘¡Aha! moments’ con mis amigos.

Qué tan responsable

La pregunta de esta semana es desde cuándo es uno responsable de su destino.

Mucho trabajo de memoria terapéutica me ha llevado a recordar mis primeros años de primaria, de los cinco a los siete años, cuando una maestra de inglés me regañó por saber algo diferente a ella y tirárselo a la cara.

Mi soberbia, parece, nunca tuvo límites.

Nunca tuve amigas en esa escuela. Me recuerdo como una niña rarita que llevaba las piernas y los brazos chorreados de mugre, despeinada porque me cagaba el limón en el pelo y me zafaba las trenzas. Recuerdo cómo se me caía el lunch en la mochila (mi mamá me mandaba enfrijoladas!), cómo no parecía tener nunca un lápiz o una pluma que funcionara y cómo pasaba la mitad del tiempo castigada en los recreos por no hacer la tarea. Quizás allí aprendí que un salón de clases vacío es mucho más interesante que un patio lleno de chamacos. Las niñas bonitas solían verme feo por chamagosa, contestona y loca. Me habían metido a una primaria de monjas pero en mi casa me decían que tenía permiso expreso de Benito Juárez para no pararme a rezar. Lo peor es que a mí se me ocurría repetir esta bonita y rojilla idea en clase de catecismo. Chale.

¿No tener amigas era mi responsabilidad? ¿Debí insertarme en su círculo a como diera lugar? 

Fuck that.

Mi única amiga era una vecina preadolescente. Aún  me soprende cómo podíamos llevarnos tan bien si yo tenía 7 y ella 13.

¿Era la soledad, la geográfica cercanía, la coincidencia o el desfase total de ambas?

Y la pregunta de nuevo: ¿pude haber domado mi temperamento, pude haber modificado mi destino (ser más astuta quizás, tirar menos bombas) ? ¿Se puede hacer a los 6, 7, 9, 15 años?

¿Se puede hacer pasando los 30?

Biotronic

No le recomiendo a nadie enfrascarse en horas de un jueguito idiota del Facebook, pero tengo que aceptar que soy adicta al Biotronic. Me estimula exactamente la misma parte de la cabeza que me movía el Tetris hace un par de décadas.

Además acá sabes que tus amigos ya son “hombres del siglo XX” o “cyborgs” mientras tú sigues siendo un triste “militar prusiano”.

Mi clavadez no tiene límites: le veo metáforas de la vida y todo al jueguito.

1. La mejor opción siempre está frente a ti, te hace ojitos y todo, pero no la ves porque estás pensando en ese color que te obsesiona. Quiero hacer tríos verdes, verdes, verdes y allí hay un pinche hilera de cinco azules que ya desacompletaste por baboso y obseso.

2. Cuando sientes que el tiempo te come te portas más torpe que de costumbre.

3. ¿Por qué no puedo ver patrones? ¿Qué pasa que mi mente que no es capaz de prever estas cosas?

4. Igualito que la vida, el biotronic tiene una exasperante combinación de elementos de fortuna  y capacidad para aprovecharla.

5. Igualito que en la vida, la manía que me domina es el deseo de analizarla, mucho antes que de vivirla. Estoy pensando estas cosas en lugar de jugar: ¡por eso sigo siendo un pinche militar prusiano!

Dioses pequeños

Dioses debe haber para todo.

El dios que habla de política en la mesa es un tipo duro, vengador, se limpia la boca con servilleta de tela y huele a Vetiver.

Hay un par de dioses del tráfico. Son gemelos y van sobre  carriles paralelos y en sentido contrario. Son los que tocan el cláxon cuando se pone el siga, los que dejan charcos justo donde está el agujero por el que sales a China o a la colonia Aragón.

El dios del Twitter es un bebé, pero hay días que abraza una sonaja y va sacudiéndose followers, pone un límite, un candadito y hay viernes aburridos que deja que cualquiera diga estupideces.

El dios del blog es un ente así como Rafa Saavedra, una persona interconectada con todos y con todo. Tiene un sentido del humor extraordinario el muy cabrón, pero escribe poco: su atención vive en rizomas. Es el dios que cierra Firefox con un error que nadie sabe en qué consiste.

Los perros en el DF tienen un dios que ya los está enseñando a cruzar las calles (sobre todo Calz. de las Águilas en donde se ha visto una dramática reducción de muerte por llanta) mientras que la familia de gatos del mercado tienen otro dios bigotón que obliga a los compradores de pollo rostizado dejar sobras para que ellos coman.

A mi casa vino a vivir un dios muy paciente que se acuesta en el patio y con el que me río ahora que estoy aprendiendo a tejer con ganchillo. Un macizo, una ventanita, un macizo una ventanita. Pero qué bruta, ya hice dos ventanitas. Y me contesta “está bien, deja que entre más luz”.